Cada tres años, Chile repite el mismo rito: se publican los resultados PISA y durante una semana el país se rasga las vestiduras. Esta vez el guion fue más sombrío que de costumbre: 403 puntos en matemática, el peor desempeño desde que rendimos la prueba, con seis de cada diez jóvenes de quince años incapaces de resolver un problema simple. Vinieron, de forma puntual, la alarma y la promesa de otro plan. Quiero proponer algo distinto: que ese ritual mide mal el problema, porque se aferra a una pregunta que la época ya volvió obsoleta.

La escuela moderna nació con una promesa nítida: entregar lo que fuera de ella nadie tenía, el conocimiento. Durante dos siglos esa promesa fue verdadera y fundó su autoridad. Hoy dejó de serlo. Cualquier estudiante con un teléfono accede a más información, mejor y más rápido de lo que ninguna clase puede ofrecer; y con la inteligencia artificial ya no solo accede: obtiene el texto, el problema resuelto, la síntesis hecha. La función más antigua de la escuela se volvió, de un día para otro, reemplazable.

Conviene mirar una brújula que ya teníamos y conocemos bien desde la pedagogía. Hace casi treinta años, el informe Delors propuso cuatro pilares: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser. Quiero proponer una tesis: la tecnología no derriba esos pilares, los desequilibra. La máquina se apropió de los dos primeros (acumular información, ejecutar tareas), que dejaron de ser el terreno donde la escuela tiene algo propio que ofrecer. Si insiste en competir ahí, pierde dos veces: la competencia y el sentido a los ojos de quien la habita.

Porque si la máquina resuelve conocer y hacer, el peso de lo escolar se corre hacia lo que ninguna máquina puede tocar: aprender a ser y aprender a vivir juntos, lo específicamente humano. Ahí coinciden dos tradiciones que se miran con recelo: para Delors se trata de florecer y convivir; para Freire, de volverse sujeto capaz de transformar el mundo propio junto a otros. Una armoniza, la otra confronta, pero nombran lo mismo: convertirse en persona y aprender a estar con otros no se externaliza a un algoritmo. La escuela chilena tiene de ambas, y eso no es un defecto, sino su riqueza.

El problema es que el reflejo del sistema es el equivocado. En vez de moverse hacia lo suyo, se atrinchera en el terreno que ya perdió: más detección de plagio, más vigilancia, más ansiedad por el puntaje. PISA es el síntoma perfecto de esa trampa: el juicio social por los resultados empuja a redoblar la apuesta sobre el conocer justo cuando habría que aflojarla. Y hay una pista incómoda: la caída no es solo chilena. En una década, la OCDE se desplomó veintiocho puntos en lectura y veintidós en matemática. Cuando el mundo desarrollado entero retrocede en la misma prueba, no es un fracaso de enseñanza, sino el agotamiento de una forma de entender qué vale la pena aprender.

Ese agotamiento ya es medible, aunque no en los puntajes. El primer semestre de este año, el 40,7% de los estudiantes tuvo ausentismo crónico; en Valparaíso, mi región, la cifra trepó al 45,4%, el mayor aumento del país tras tres años de mejora. Dos de cada tres de quienes ya faltaban el año pasado siguen faltando. No es abandono clásico (la desvinculación formal está en su mínimo histórico), sino algo más silencioso: no se borran del registro, pero dejan de estar. Presentes y ausentes a la vez, el cuerpo matriculado y el sentido en otra parte. Es el voto con los pies contra una escuela que se empeña en ganarle a la máquina en la única cancha donde la máquina ya ganó.

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Y sin embargo, en esos mismos resultados hay una brasa que casi nadie miró. El 69% de los estudiantes chilenos declaró querer contribuir a cuidar el medioambiente a través de su trabajo (siete puntos sobre el promedio OCDE), y un 83% cree que la acción colectiva puede enfrentar la crisis ambiental. Traen, de fábrica, los dos pilares que la máquina no puede darles: el sentido de para qué y la convicción de que se hace con otros. Lo que les falta es cauce: en la competencia técnica para actuar sobre ese mundo. La motivación sobra, el andamiaje falta. Es la fotografía de una escuela que aún no aprende a recoger lo que sus estudiantes ya le ofrecen.

Reencantar, entonces, no puede ser una consigna amable: tiene una factura a la vista. Devolverle a la escuela lo que la máquina no puede robarnos, ser alguien y vivir con otros, exige soltar la obsesión por el puntaje, dejar de responder a la IA con más control y soplar las brasas que ya existen en lugar de apagarlas con planillas. No sé si el sistema está dispuesto a pagar esa cuenta. Pero quienes sostienen el vínculo cada mañana, profesores, equipos, asistentes, saben hace tiempo que ahí, y no en la tabla de la OCDE, se juega el sentido. La esperanza, si ha de ser honesta, empieza por nombrar lo que hay que dejar atrás.

Romina Maragaño Schmidt
Profesora de Educación Diferencial.
Magíster en Liderazgo y Gestión de Organizaciones Escolares.

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