Abogar por la igualdad, la justicia y la solidaridad exige una conducta ética y coherente. Privilegios, corrupción o dobles estándares afectan la credibilidad de valores que constituyen la identidad de la izquierda.

Compartiendo un café matinal con un viejo amigo, le escuché decir con cierta desazón: “Siempre he sido de izquierda, pero durante el segundo gobierno de Bachelet, comencé a dudar acerca de mi pertenencia. Después, el gobierno de Boric me remató. ¿Qué le pasó a la izquierda?” Luego, nos quedamos conversando acerca de la crisis multifacética y profunda que tiene a la izquierda tan alicaída y sin rumbo.

Durante los siglos XIX y XX, para muchos, la izquierda representó una esperanza de transformación, igualdad y justicia social. Sus ideas inspiraron movimientos obreros, impulsaron reformas democráticas, gestaron luchas por los derechos cívicos y sociales que marcaron la historia contemporánea.

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Pese a su diversidad, en la izquierda convergían puntos de encuentro: la solidaridad era uno de ellos, tal vez el más importante. Luego, la participación popular, junto a una ética basada en la igualdad, la justicia y los valores humanos. Quienes se identificaban con esas ideas recibían el ejemplo de gente humilde y fraterna: el zapatero autodidacta, el jornalero y dirigente sindical, el tipógrafo de manos entintadas, la normalista que era maestra y madrastra, el empleado de traje lustroso, el periodista, el esquilador, el minero y muchos otros de zuelas gastadas y manos callosas. La izquierda era trabajador y pueblo a la vez, ávida de cultura, de historia patria y de la ajena, la de puño y frente alzada en dignidad.

El desgaste

Como hojarascas de otoño, muchas teorías son barridas por los vientos del tiempo. Sucede cuando la realidad viene a desmoronar su vigencia. En las últimas décadas, un vendaval ha comenzado a remecer a la izquierda, provocando una avalancha de lodo que la aplasta más que sus resultados electorales.

El problema parece entonces estar en otro sitio que en las urnas. Se trata de una pérdida de influencia que refleja una derrota cultural, de una incapacidad para ofrecer alternativas frente a los desafíos del mundo, de una orfandad de rumbo y de sentido que se extiende como niebla en invierno, y que deja algunos sueños al desnudo, errando entre la decepción y la nostalgia.

Con mi amigo coincidimos en que los gobiernos ya mencionados tienen su dosis de culpa en esta suerte de desesperanza de una parte de la ciudadanía.

La incomprensión

Mientras la globalización, la revolución digital y la inteligencia artificial han transformado profundamente las sociedades, la izquierda se ha mantenido con los anteojos de la era industrial. Hoy, conceptos como lucha de clases, proletariado, internacionalismo o revolución pueden mantener una cierta importancia académica, pero son insuficientes para comprender la economía digital, el trabajo remoto, el cambio climático, la automatización, la importancia del conocimiento y la innovación, así como la nueva relación tiempo y espacio instaurada en este milenio.

Lo vimos en la última campaña electoral: la ciudadanía percibe que ciertos sectores de izquierda siguen proponiendo respuestas propias del siglo XIX para problemas del siglo XXI. De allí una parte del desbande de sus seguidores.

Los partidos de izquierda muestran dificultades para construir un relato coherente de futuro. Incapaces de interpretar la complejidad de los cambios económicos, tecnológicos y sociales que caracterizan el siglo, el fracaso de los socialismos europeos y de sus versiones criollas —revolución cubana, nicaragüense o bolivariana— significó la demolición de sus modelos. La reductora visión marxista de la historia, con “leyes” que, inexorablemente, conducían a la humanidad hacia una etapa superior, se topó con una realidad compleja que la desmiente.

El viraje

A lo anterior, habría que agregar que otro sector de la izquierda ha evolucionado hacia posturas identitarias, con propuestas vinculadas al género, la diversidad sexual, las minorías étnicas o los grupos discriminados. El proyecto constitucional fracasado de 2022 fue un testimonio de aquello.

Esta corriente, compuesta esencialmente por universitarios, funcionarios y profesionales, parece haber extraviado la conexión con los sectores populares que constituyen la base electoral de la izquierda. El ascenso de movimientos populistas, nacionalistas o conservadores en diversas partes del mundo, refleja esta desconexión, porque, para muchos trabajadores y sectores medios, la izquierda no interpreta sus preocupaciones cotidianas, como el empleo, la seguridad, la vivienda, la inmigración…

Sobre esta crisis que sobrepasa fronteras, Régis Debray, un intelectual a quien no podría sospechársele de derechista, afirmaba en una reciente entrevista que la izquierda había perdido su vínculo con el pueblo y con las cuestiones materiales de la sociedad.

“Su atención está en causas culturales, simbólicas e identitarias. Al volcar su sensibilidad hacia la discriminación y exclusión, la izquierda pierde contacto con los sectores populares tradicionales, los que dejan de sentirse representados por discursos cada vez más asociados a las élites universitarias y urbanas”. Y agregaba: “Los ciudadanos necesitan marcos comunes de identidad y solidaridad para sostener proyectos democráticos estables”.

El desconcierto

A este respecto, el recientemente fallecido intelectual Edgar Morin observaba: “La izquierda no ha fracasado únicamente porque perdió poder o apoyo popular; lo ha hecho porque perdió la capacidad de comprender la complejidad del mundo y de proponer una esperanza colectiva razonable”.

Más crítico aún se muestra el filósofo francés Michel Onfray, quien considera que ciertos sectores progresistas han “sustituido el debate racional por la condena moral de quienes piensan distinto”. Según él, en lugar de convencer, muchas veces se busca descalificar. Esto habría contribuido a aumentar la polarización y a dificultar el diálogo democrático.

Los analistas coinciden en que el fracaso de la izquierda se produce por la ausencia de relatos capaces de dar sentido a lo colectivo y cuando no logra interpretar las preocupaciones reales de la sociedad ni ofrecer horizontes creíbles de futuro.

Tampoco es un detalle que las élites progresistas se muevan en espacios académicos y mediáticos alejados de la vida real de las mayorías. Esto genera un lenguaje cada vez menos comprensible, una suerte de dialecto “karamanístico” que produce distancia entre quienes elaboran los discursos y los que deberían sentirse representados por estos.

La ética y la esperanza

Cabe destacar que los dos gobiernos de izquierda dejaron una gran lección: se pierde autoridad moral cuando los principios no van aparejados con la práctica. Abogar por la igualdad, la justicia y la solidaridad exige una conducta ética y coherente. Privilegios, corrupción o dobles estándares afectan la credibilidad de valores que constituyen la identidad de la izquierda.

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En resumen, ya sea porque la izquierda haya abandonado al pueblo —hasta en su concepto mismo—, volcándose hacia minorías identitarias; o porque una élite cultural sin credibilidad moral se apoderó de sus designios y símbolos; o bien porque se quedó sin capacidad de comprender la complejidad del mundo y de lo humano, de imaginar el futuro y construir un proyecto de sociedad, por todo eso y mucho más, su fracaso es palpable, visible y certero.

Esta crisis, a la que hacía alusión mi amigo del café, podría convertirse en terminal si la izquierda no inicia urgentemente una reflexión profunda que ponga en evidencia estas y otras cuestiones para renovar su propuesta y, sobre todo, para ser capaz de diseñar un relato provisto de ética que conlleve la esperanza perdida.