Estos días he disfrutado de la lectura del libro de Rodrigo Ojeda sobre el expresidente Frei Montalva y el fracaso de la vía chilena al socialismo. Y es, a propósito de esta lectura, que me quedó grabada una de las citas que efectúa. En particular, me refiero a aquella que menciona el análisis del 9 de marzo de 1972, denominado “No se puede vivir en la mentira”. En esta cita, el expresidente señalaba: “La Unidad Popular declara respetar la legalidad y, en el fondo, la usan como pretexto para ir preparando una dictadura totalitaria…Por desgracia, esto es solo el comienzo, porque todo el aparato económico está siendo destruido por una política sucia”.

De hecho, recuerdo al ideólogo del Frente Amplio, el señor Jackson, quien, desde mi perspectiva, es el genio que llevó a una generación que tenía el destino de ser peones en los partidos Comunista o Socialista a pasar desde las protestas estudiantiles al Parlamento y del Parlamento a La Moneda. Cabe destacar que es justamente el señor Jackson quien, en el año 2022, afirmó en una entrevista que su “generación política tenía una escala de valores y principios distinta y con infinitamente menos conflictos de interés que las administraciones anteriores”. Y es con esta afirmación que podemos ver, en el Chile de hoy, cómo el legado de la Unidad Popular se ha ido traspasando de generación en generación.

Tal como decía el expresidente Frei Montalva, hoy vemos cómo estas organizaciones se declaran dentro de nuestro marco democrático, pero es un secreto a voces que jamás han renunciado a la dictadura totalitaria. De hecho, en palabras de la exministra Vallejo, el año 2012, “su tienda, es decir, su partido, nunca habría descartado la posibilidad de la vía armada”. Ahora bien, nobleza obliga, ella matizó que “en ese momento tal camino estaba totalmente descartado”. Pero, en el fondo, podemos nuevamente hacer un símil con lo que ocurrió durante el período de la Unidad Popular, en el sentido de que ellos simplemente están esperando el momento adecuado para llegar a esta dictadura totalitaria, tal cual como nos planteaba el expresidente.

Esta manera de hacer política desde una perspectiva moralmente superior es lo que se ha estado desarrollando desde hace más de una década. Cuestionan acciones de otros, abusan de la falacia ad hominem, es decir, de atacar a las personas por sobre las ideas, por sobre lo que se está debatiendo. Aplican frases inspiradas en la falacia del francotirador, es decir, seleccionan un punto X, ignorando otros factores relevantes e incluso sus propios errores, porque justamente buscan que estas declaraciones y acusaciones generen una reacción emocional nacida del dolor, del resentimiento, de la envidia, mas no acertar en un diálogo que nos acerque a un bienestar forjado dentro de la realidad.

Esta generación moralmente superior, que comenzó a forjarse en democracia, ha sido carente de un trabajo real. De hecho, parafraseando a un gran amigo: “Como crecieron en tiempos fáciles, se forjaron como hombres débiles”. Pero estos hombres débiles dedicaron su tiempo de manera inteligente dentro de la academia, una academia que está totalmente cooptada por una ideología más cercana a la izquierda, cuya profundidad podríamos tratar de identificar y especificar. Pero esta acción dentro de la academia les permitió generar discursos y atacar a opositores dentro de un espejismo que, afortunadamente, duró poco tiempo.

Sin embargo, hasta hoy, se puede apreciar cómo abusaban, en su actuar político y social, de falacias como la del hombre de paja, ya que buscan deformar el argumento de sus rivales para atacarlos más fácilmente. Abusan, en su discursiva, del falso dilema, presentando siempre dos opciones como si fueran las únicas, y dentro de estas opciones siempre está la lucha de clases o el “si no eres de izquierda, eres pinochetista”. Un claro abuso indiscriminado de una fractura que, por su accionar, no se ha podido superar y reconstruir, al punto de que podamos avanzar hacia un nuevo Chile.

En este punto debo ser claro: sanar las fracturas no es fácil, pero hemos tenido períodos en nuestra historia tanto o más graves que el 73, como, por ejemplo, el que ocurrió en 1891, en la Guerra Civil del período de Balmaceda. En este caso, el gobierno del presidente Jorge Montt promovió y promulgó leyes de amnistía aprobadas por el Congreso Nacional, la primera el 25 de diciembre de 1891, que perdonaba delitos políticos, y luego fue complementada por amnistías sucesivas en 1893 y 1894.

Es importante señalar que, en nuestro país, frente a los hechos del 73 y años siguientes, por medio del Decreto Ley Nº 2.191, dictado el 18 de abril de 1978, se concedió una amnistía a las personas y por los delitos que este decreto señalaba, pero que careció de efecto práctico debido a que los magistrados determinaron que estos delitos eran violaciones graves que constituían crímenes que atentan contra el derecho de gentes (ius cogens). Señalando que eran normas universales anteriores y superiores al Estado de Chile. Decisión que, si bien podemos estudiar doctrinalmente, fue el punto de fuga que ha permitido perpetuar la división y separación histórica, a diferencia de otros procesos nacionales.

Volviendo a la generación de la moralidad, como bien dije, esta se ha tomado la academia, mientras el sector opositor se desplegaba en el mundo económico. En este tiempo comenzaron a generar y a crear personalidades para ser consideradas autoridades de la moral. Y, de esta manera, como buenos jugadores de ajedrez, comenzaron a ocupar la falacia de la apelación a la autoridad. Es decir, buscaban dar por verdadero un punto solo porque esa persona lo había mencionado.

Este modus operandi se extendió a la popularidad, afirmando que algo era cierto porque muchas personas lo creían o porque personas ligadas al arte o a la cultura que ellos establecen, tal es el caso de muchos actores y músicos, con quienes intentan volver verdad un hecho o idea simplemente por la fama o popularidad que esa persona ha construido en su oficio o profesión, sin mediar el real impacto o aporte.

Las prácticas conocidas de estos jóvenes, en la discursiva de su relato, se basan en cortinas de humo y en falacias de pendiente resbaladiza, pues recurrentemente afirman, sin prueba alguna, que un hecho nos llevaría inevitablemente a consecuencias terribles. Pero dentro de todos sus discursos moralmente superiores, siempre podemos identificar una falsa causa, porque buscan hacernos confundir una correlación con una causalidad.

Nos quieren hacer creer que cuando dos variables cambian juntas, eso significa que una provoca necesariamente el cambio de la otra, estableciendo un nexo en el cual una variable sería la causa directa de la ocurrencia de la otra. Lo más preocupante es que quienes recurren a estas prácticas conocen la diferencia y, aun así, buscan aprovecharse de la falta de formación de muchas personas.

En el fondo, quienes dijeron llegar a cambiar y mejorar la política son, finalmente, quienes más abusan de las carencias que provienen de nuestras familias más vulnerables, de nuestra falta de preparación, de nuestra carencia de formación escolar en áreas que fomenten el pensamiento crítico, como la filosofía, la economía, las finanzas, nuestras raíces patrias y cívicas.

Esta columna es un llamado a la reflexión a toda la gente del socialismo democrático, a todas las personas de la Democracia Cristiana que siguieron al expresidente Frei Montalva, no así a los seguidores de Radomiro Tomic, que claramente se sentirían más cómodos con la idea frenteamplista y comunista, como así lo estuvieron con Salvador Allende y la Unidad Popular.

Porque aquí estamos buscando que nuestro país evolucione, crezca, que nuestra ciudadanía se fortalezca y que no debamos esperar tiempos difíciles para formar hombres fuertes. Debemos encaminarnos hacia las acciones de la virtud, aquellas que nos permitan, en un tiempo no muy lejano, por medio del crecimiento, el respeto mutuo y el sueño de la libertad plena, ser una sociedad que, con un horizonte común, avance hacia un buen futuro sin que nadie nos detenga.