En los noventa crecí escuchando que Chile era el jaguar de América Latina. Luego de casi veinte años trabajando en innovación, he visto que siempre llegamos tarde.

Un ejemplo: el 2009 fue el año de la creatividad y la innovación en la Unión Europea; en Chile fue el 2013. ¿Les suena industria 4.0 o la robotización de las plantas? Pasó lo mismo, cuatro o cinco años de rezago en plantearlo, y más aún en implementarlo. Las tendencias son como olas, y uno ve (con frustración) cuándo llegan a cada costa.

Pero tampoco hay que ser autoflagelante porque esos retrasos tenían algo estructural. Adoptarlas exigía tecnologías e inversiones de capital que le quedaban grandes a buena parte de la economía chilena. Y donde alcanzaba, no siempre convenía: con sueldos bajos y capital caro, automatizar rinde menos acá que en Alemania. Eso no ha cambiado.

Pero la ola cambió. Hace unos meses viajé a Estados Unidos a mirar de primera fuente cómo estaban adoptando inteligencia artificial. Estuve en universidades y en empresas de ambas costas, y conversé con expertos mundiales. Iba esperando los cuatro años de diferencia de siempre. Ya no están.

Sí encontré una distinción clave: una cosa es crear y otra es adoptar. Si se trata de construir modelos, como OpenAI, Google o Anthropic, la distancia es insalvable y no tiene sentido intentarlo en Chile. Pero en adopción, esta ola llega a todas partes al mismo tiempo. Según el AI Index 2026 de Stanford, un 2,4% de los avisos de empleo publicados en Chile ya pide habilidades de inteligencia artificial. En Reino Unido es un 1,9%; en Estados Unidos, un 2,6%.

Ahora bien, que la ola llegue al mismo tiempo no significa que todos la aprovechen igual. La tecnología sola no mueve la aguja. Las ganancias de productividad no vienen del software, sino de las inversiones complementarias que hay que hacer alrededor, como rediseñar procesos, cambiar cómo se decide, formar gente. No es gratis ni fácil. Quizás no necesita inversiones millonarias, pero sí astucia y una decisión que no se delega solo al área de tecnología, porque requiere a todas las gerencias remando en la misma dirección.

Por supuesto hay desafíos y tensiones que abordar con criterio. Pero hoy como nunca hay, para empresas de cualquier tamaño y sector, una oportunidad clara y a la mano para levantar una productividad y una competitividad estancadas hace años.

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Durante veinte años tuvimos una excusa cómoda: llegábamos tarde porque el ticket de entrada costaba un dineral que no teníamos. Y en parte era cierto. Pero esta vez el ticket cuesta atención, criterio y voluntad de rediseñar cómo trabajamos.

La IA es un cambio profundo y un momento emocionante. Es la primera ola de innovación que veo llegar a nuestra costa al mismo tiempo que a las demás. Me crié escuchando que íbamos a ser los mejores y llevo veinte años empujando para que ocurra. Nunca habíamos tenido la cancha tan pareja, así que volvamos a proponérnoslo en serio: podemos aspirar a ser los mejores en adopción de IA y cambiar la competitividad de nuestras empresas.

Se nos acabó la excusa. Lo que queda es atreverse a dar el salto.

Francisco Martínez
Socio fundador consultora Brinca.
Director ejecutivo de la Conferencia Impacta IA – Chile.

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