Mientras buena parte del Norte Chico sigue lidiando con el agua en el desierto, este mismo fin de semana el centro-sur del país vuelve a quedar bajo el agua. Desde el Maule hasta Los Lagos hay ríos desbordados, caminos cortados, ráfagas sobre los 100 km/h y miles de chilenos aislados en comunas del Biobío, La Araucanía y Los Ríos. La geografía cambia, pero el patrón es calcado: la infraestructura colapsa y la respuesta del Estado vuelve a llegar tarde o a tropezones.
La escena se repite en cada catástrofe. La ayuda desde Santiago tarda en articularse y los protocolos existen solo en el papel porque nadie los ensayó con la gente que termina aplicándolos bajo presión. Pasó con los terremotos, con la pandemia y con los incendios de los últimos veranos. Ocurre ahora en Freirina y Alto del Carmen, y pasa exactamente al mismo tiempo en los valles y la costa del sur. Apenas se apaga la emergencia, la conversación sobre coordinación entre el gobierno central y los municipios simplemente se olvida, hasta la próxima crisis.
Los municipios reciben instrucciones durante las catástrofes, pero son muchísimo más que eso. Son la única institución del Estado con presencia real en cada barrio, con el conocimiento fino de qué vecino es vulnerable y qué redes locales ya están funcionando. Un delegado presidencial puede mover recursos, pero el equipo municipal es el que sabe qué familia necesita evacuación prioritaria en la quebrada o qué adulto mayor no puede interrumpir su tratamiento en una zona rural aislada. Diseñar la respuesta a espaldas de ese conocimiento es desperdiciar el recurso más efectivo que tenemos.
Pero un municipio solo tampoco puede resolverlo todo. Aquí es donde las asociaciones municipales cambian las reglas del juego. La Asociación de Municipalidades de Chile (AMUCH) y las redes gremiales locales no son solo representativas: son la plataforma que permite escalar estas soluciones territoriales, estandarizar la gestión de riesgo entre comunas vecinas, traspasar buenas prácticas y hacerle frente al nivel central con una sola voz técnica.
La experiencia lo demuestra. Tras el terremoto de 2010, la red de salud del centro sur volvió a ponerse en pie cuando los equipos locales, que ya se conocían, empezaron a articularse por iniciativa propia antes de que llegara cualquier instrucción de la capital. Años después, al reorganizar la atención primaria en La Reina durante la pandemia, vi exactamente lo mismo: lo que sostuvo la atención fue la red territorial construida antes de la crisis.
Lo que nos falta es fácil de nombrar, pero difícil de instalar: una coordinación permanente entre el Ministerio del Interior (SENAPRED), los servicios de salud y las direcciones municipales (tanto de salud como de gestión de riesgo). Y esa alianza necesita el respaldo institucional de las asociaciones de municipios para no quedar a la deriva. Hoy esa relación depende de la voluntad o la sintonía personal de un alcalde o un director de turno. Eso vuelve desigual la respuesta del país: funciona donde alguien construyó puentes por su cuenta y flaquea donde nadie lo hizo.
Nada de esto exige crear leyes nuevas ni inventar burocracia paralela. Exige reconocer a las unidades municipales como contrapartes técnicas permanentes, con reuniones periódicas, simulacros reales y protocolos firmados que aclaren quién decide qué desde la primera hora del desastre.
Chile ya ha pagado muy caro el costo de improvisar en plena crisis, y lo sigue pagando esta misma semana de norte a sur. La pregunta de fondo es si vamos a seguir esperando que el azar ponga a las personas correctas en el lugar correcto, o si vamos a construir una articulación permanente a través del asociativismo municipal. El Gobierno ha puesto la relación con los municipios en el centro de su agenda; el mejor momento para armar esta red era antes de la tormenta. El segundo mejor momento es hoy, antes de que llegue la próxima.
Andrés Chacón
Director Ejecutivo Asociación de Municipalidades de Chile (AMUCH)Dr. Mario Villalobos T.
Director Observatorio de Atención Primaria de la AMUCH
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