Victor Klemperer se empeñó en una idea de lo más natural dada su actividad universitaria de filólogo y profesor de literatura románica: anotó, escenificó y comentó el caudal de palabras que desde 1933 el nacionalsocialismo manipuló durante su imperio de terror.

La tarea fue de suma importancia y originó el libro LTI. La lengua del Tercer Reich (LTI: Lingua Tertii Imperii), publicado en 1947. Las palabras le llegaban por la radio, los periódicos, la literatura, el cine, el mitin nazi, la propaganda, los chistes, la conversación familiar o casual con las personas con que tenía trato. Y se obligó a persistir aún en las condiciones progresivamente vejatorias y tirantes del régimen, dada su condición de judío, por lo que despedido de la universidad terminó embalando cajas de té en la fábrica Schlüter, bajo constantes amenazas de muerte.

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Esta lengua omnipresente también permeaba a quienes jamás pensaríamos vulnerables a tal seducción, ya que movilizada a través de la hechicera elocuencia de su principal voz gritona y adláteres, ganaba adeptos hasta en las víctimas de su manía homicida.

Una anotación del 9 de noviembre de 1933, referida al plebiscito sobre la “lista única” para el Reichstag, sorprende: “Ya ha conseguido [Goebbels] una victoria enorme sobre los judíos. El domingo se produjo una escena repelente con el matrimonio K., al que tuvimos que invitar a tomar café. (…) el marido (…) el domingo declaró que «con gran dolor del alma», había decidido, al igual que la Asociación Central de Ciudadanos Judíos, votar «sí» en el plebiscito, y su mujer agregó que el sistema de Weimar había resultado inviable y que era preciso «poner los pies en el suelo de los hechos». (…) La señora K. insistió, por su parte, en que era preciso reconocer la personalidad genial del Führer (…) cuyo increíble efecto era innegable y al que nadie podía sustraerse”.

En la novela se verifica una recepción de esta lengua desquiciada en Partenau, de René Hesse, publicada en 1929, en la República de Weimar. Y lo que Klemperer llama el lenguaje de un “desequilibrado”, anunciando la llegada de un líder que expulsará a poblaciones checas y otros pueblos a Siberia, en pos de un espacio reclamado por la superioridad aria, jamás imaginó concretado en la vida real.

Este hablar/escribir nazi tuvo la particularidad de permear el total de la lengua o lo que se hablaba en el conjunto de la población alemana, muchas veces por vía de la obnubilación con el líder, la inadvertencia o aún de la ignorancia. Por tanto, no sólo los nazis, sino todo el mundo habló esta lengua.

Klemperer advierte que el régimen creó pocas palabras, pero que el quid del asunto es el nuevo marco valórico y la repetición machacona de éstas; unas veces verifica el traslado de una de ellas desde grupos o subgrupos al conjunto de la sociedad; otras la inoculación verdaderamente tóxica de una palabra que envenena a un conjunto próximo de significados; eufemismos que velan las operaciones de violencia, como Sonderbehandlung: “tratamiento especial”: asesinato.

En tanto extremo forzamiento, el filólogo anota que no hay ya diferencia entre lenguaje hablado y escrito. Toda palabra es llamado, arenga, acción. El volumen de la voz llega fácilmente a la afonía. Ni menos existe lo privado y lo público: siempre se comparece ante el pueblo alemán: “Tú no eres nada, tu pueblo lo es todo”.

En el plano de la propaganda y la agresión que es permanente, en la universidad se ha colgado el siguiente letrero en el marco de la discusión sobre la nacionalización de las universidades: “Cuando el judío escribe en alemán, miente”. Hay un par de palabras nuevas: “células de empresas” (Betriebszellen), que le han impedido publicar su libro La imagen alemana de Francia, según se lo comunican en la editorial; y en otro intento, en Diesterweg, le rechazan la obra porque ha omitido los puntos de vista racistas.

Para evadir las restricciones del Tratado de Versalles, usan la frase “ejercicios deportivo-militares”, camuflando en la universidad el entrenamiento militar. Ha reaparecido la palabra “campo de concentración” que Klemperer había oído con un tinte colonial en la guerra anglo-bóer: se hablaba de compounds, pero estaba desaparecida hacía rato.

¿Cómo no utilizar las “propiedades” bíblicas, esas actuaciones “mágicas” que dejaban a todos perplejos? El líder debe asimilarse, provenir de esas fuentes, tener esas cualidades: “En la decimotercera hora Hitler vendrá a los trabajadores”, se anunciaba por la radio como preámbulo de la aparición del salvador.

Strafexpedition (expedición de castigo) la oye como medularmente nazi. Aunque la palabra proviene del ejército austrohúngaro en acciones de la Primera Guerra Mundial contra líneas italianas en Trentino, y luego del escuadrismo fascista mussoliniano de los años veinte. A estas acciones casi “privadas”, las sucedieron las operaciones policiales de igual y mayor gravedad que las “espontáneas”.

Otro desplazamiento interesante es que un hecho, por mínimo o desvinculado que parezca, es atraído en su significación hacia la memoria del Estado, lugar de inscripción visible para todos, que a su vez genera veneración y marca el compás de la vida en torno a lo verdaderamente importante; así, todo es abusivamente histórico: el congreso del partido, la inauguración de una carretera, las cosechas en el campo, un auto de carreras, y desde luego los discursos del Führer.

Fanatique, fanatisme (francés): tiene un sentido crítico para la ilustración francesa. Su raíz es fanum, santuario, templo; el fanático es una persona raptada por lo religioso, en estado de éxtasis. El fanático ha eliminado el pensamiento, y, por tanto, se yergue en antagonista del racionalismo ilustrado. Klemperer descubre un giro o ampliación del término en el propio Rousseau (en Emilio), por vía de la pasión adjuntada al fanatismo, que “eleva el corazón del hombre, que le hace despreciar la muerte, que le da un impulso prodigioso y que sólo debe ser dirigida de mejor manera para extraerle las más sublimes virtudes”. Lo fanático, vía el nazismo, pasa a ser una virtud a la que se apela.

En alemán Klemperer dice que no hay un término equivalente: están Eifern (mostrar celo, exaltarse), palabra “más inofensiva”; Besessenheit (posesión) refiere un estado patológico, “digno de compasión, más que una actuación peligrosa para la comunidad”; Schwärmer (entusiasta), tampoco calza. Hallándola intraducible al alemán, “lleva una fuerte carga negativa y define una característica amenazadora y repelente”. Antes de la apropiación nazi de la palabra, fanático se reputaba como un desvalor, así en Mi lucha, en que Hitler habla de manera despreciativa de los “fanáticos de la objetividad”. Pero ya en el poder, fanatismo denotaba un campo virtuoso: valiente, entregado, constante, por tanto, el tono despectivo desapareció en la lengua del Tercer Reich: se tiene una “fe fanática en la victoria final”.

En la era hitleriana existían cajas de imprenta y un tipo anguloso en las máquinas de escribir para las SS. Se trataba de la runa germánica de la victoria. Zackib: dentado, picudo, anguloso, era una expresión de los soldados en la Primera Guerra Mundial. Klemperer añade que en las casetas de los transformadores había una advertencia: “¡Cuidado, alta tensión!”, y que la s era angulosa, la imagen del rayo eléctrico. Supone que las siglas SS podían ser una encarnación de ese rayo. Por otra parte, los nombres del Antiguo Testamento están prohibidos: ningún recién nacido se puede llamar Lea o Sara, el funcionario del Registro Civil los rechazará. Y dando cuenta hasta el detalle persecutorio, la unidad de medida de frecuencia, el hertz (hercio), no podía ser señalado con ese nombre judío.

Ante la proliferación de abreviaciones, que el mismo régimen había propagado como estrategia de ocultamiento, un artículo en Das Reich (periódico de Goebbels) del 8 de agosto de 1943, titulado “Inclinación y obsesión por la brevedad”, adjudica a los bolcheviques las “monstruosidades lingüísticas” de la abreviación. Goebbels mismo había inventado la abreviación HibAktion: “todos a las fábricas”: Hinein in die Betriebe.

El deporte que más contribuyó lingüísticamente con el nazismo fue, en su momento, el boxeo. Pero a éste, desde mediados de los años 30, lo sucedió el automovilismo. Las gafas del piloto, el buzo, la sonrisa confiada, la vista obsesiva en algo más allá a lo que se dirige con plena confianza y arrojo, el auto al límite del rugido y a toda velocidad de un Auto Union, capturaron la imaginación popular inundada por fotografías de prensa.

Ahí aparece el idolatrado SS Bernd Rosemeyer, muerto luego en pruebas de velocidad. Y al bólido, anota Klemperer, lo sucede el tanque y su conductor. Son los héroes que desprecian la muerte. Rápidamente los nazis ponen en circulación masiva la palabra kampferisch: combativo, que iba más allá de guerrero y aludía a una disposición del ánimo y fuerza de voluntad sin freno. El héroe genuino, para Klemperer, en cambio, es el disidente, el atormentado en el campo de concentración, la población empujada al apocalipsis. Y desde luego la mujer aria casada con judío (su caso), quien debía soportar maltratos, escupitajos, golpes, en la soledad más absoluta. Ahí hay héroes o heroínas verdaderas.

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Este ha sido un libro faltante entre nosotros, a izquierda y derecha, para ver con más detención y propiedad de qué se está hablando.

Como el fragmento de hueso de dinosaurio que se encuentran cada tanto, esta imagen de mundo contenido en las palabras y en un lenguaje también prehistórico, se ha desenterrado estos días en Sajonia Anhalt, Alemania. Se encontró casi el 44% del animal.

Pero hoy no sólo la sociedad se enfrenta a un lenguaje pasado que no ha pasado del todo, sino a nuevas formas de un lenguaje científico-tecnológico al que hay que estar muy atentos, ya que todos lo estamos silabeando. Este lenguaje es todavía más totalitario que los lenguajes que hemos conocido. A ratos pareciera que estamos reducidos a un mero murmuro, mientras el habla “verdadera”, actuante y significativa, se practica en otros lugares o laboratorios.