La educación por sí sola no corrige las barreras que enfrentan las mujeres en el mundo del trabajo. Sin una cultura de equidad más moderna, que sea promovida con políticas de cuidados y corresponsabilidad, además de un acceso real a sectores de mayor productividad y empleos compatibles con la vida familiar, el sistema termina produciendo una paradoja: mujeres más formadas, pero también más expuestas al desempleo y la informalidad.

Las mujeres han ganado espacio en la educación superior, pero siguen enfrentando un mercado laboral más estrecho, informal y castigador. La última ENE muestra que el desempleo femenino llegó a 10,5%, mientras que el desempleo combinado de las mujeres alcanzó 20,8%.

Esto significa 475.000 mujeres cesantes, cifra que se eleva a 1.066.000 si sumamos a las que están dispuestas a trabajar, pero que no buscan trabajo de manera activa (desempleo combinado). De las que trabajan, hay más de 1.160.000 que lo hacen en la informalidad, de manera precaria. Evidentemente, lo anterior configura un drama social que no puede pasar desapercibido.

El contraste es fuerte porque las mujeres ya no están ausentes del sistema educativo; según la Subsecretaría de Educación Superior, en 2025 representaron el 53,3% de la matrícula total en educación superior en Chile.

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Adicionalmente, en la matrícula de primer año de pregrado 2025, las mujeres representaron el 52,9% del sistema, y el Mineduc reportó que las mujeres tuvieron una tasa de aprobación anual superior a la de los hombres, junto con mayor titulación.

Pese a estos resultados, es creciente y alarmante el número de mujeres que buscan trabajo y no lo encuentran. Esto refleja a un mercado no les ofrece condiciones reales: horarios compatibles, redes de cuidado, transporte, cercanía territorial, empleos formales, salarios suficientes o simple prejuicio cultural.

En definitiva, las mujeres estudian más, permanecen más y se titulan más que los hombres, pero su avance educativo no se traduce proporcionalmente en mejores oportunidades, lo cual atenta en contra de una formación que faculte su autonomía económica. Así, la expectativa de movilidad social mediante la educación alimenta una frustración que es mayor para el caso de las mujeres.

La brecha laboral femenina ya no está en el acceso a la educación, sino en la transición entre educación, empleo formal, cuidados y desarrollo profesional. Esta realidad podría estar afectando negativamente los incentivos para la natalidad, siendo Chile el tercer país del mundo con menor número de hijos por mujer. La situación es dramática en lo social y económico, sobre todo pensando en el largo plazo, con una población cada vez más envejecida.

La educación por sí sola no corrige las barreras que enfrentan las mujeres en el mundo del trabajo. Sin una cultura de equidad más moderna, que sea promovida con políticas de cuidados y corresponsabilidad, además de un acceso real a sectores de mayor productividad y empleos compatibles con la vida familiar, el sistema termina produciendo una paradoja: mujeres más formadas, pero también más expuestas al desempleo y la informalidad.

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La última ENE recuerda que la promesa educativa se debilita cuando el empleo no llega, llega tarde o llega en condiciones precarias. Mientras el país no invierta ni crezca ni sea capaz de generar empleo, mientras las brechas de desempleo afecten en mayor medida a las mujeres, mientras una de cada cinco mujeres no encuentre trabajo o no lo busca activamente por falta de esperanza en encontrarlo (desempleo combinado), y mientras la informalidad siga golpeándolas con más fuerza, la movilidad social seguirá teniendo género. Considerando el retraso en el inicio de proyectos de inversión que sean reactivadores, esta injusta situación podría profundizarse en los próximos meses.

El desafío no es solo brindar más oportunidades de educación para las mujeres. Nos asiste la obligación de construir un país en donde esa educación se transforme en empleos que faculten la autonomía económica y libertad para decidir sobre trayectorias de vida que beneficien a la sociedad en su conjunto.

La educación abre puertas, pero si el mercado laboral las mantiene entrecerradas para las mujeres, esa promesa seguirá siendo deuda, y esa deuda seguirá alimentando la frustración.

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