Hay un sueño que compartimos como país, aunque pocas veces lo digamos en voz alta: llegar a cierta edad y poder disfrutar la vida. Envejecer en la casa propia, en el barrio donde se criaron los hijos, rodeados de aquello que costó toda una vida construir. Ese sueño no es un privilegio que unos pocos se ganan; es una promesa que un país justo le hace a su gente. Y cumplirla es un deber.
Por eso estoy de acuerdo con apoyar a las personas mayores. Quienes hoy llegan a esa edad son los mismos que durante décadas trabajaron, criaron, pagaron sus impuestos y sostuvieron este país cuando les tocó hacerlo. Aliviarles la carga cuando llega el momento no es asistencia ni caridad: es justicia. Es devolverles la mano. Existe una deuda silenciosa con quienes contribuyeron toda su vida, y honrarla es lo mínimo que les debemos.
Este debate suele reducirse a una disputa entre comunas ricas y comunas pobres, a una pelea por quién se queda con cuánto. Pero el corazón del asunto es más simple y más humano: estamos hablando de personas. Del vecino que vive en su única vivienda y merece quedarse en ella con tranquilidad. Y también de las familias de las comunas que menos tienen, que dependen de los servicios que su municipio les entrega. Defender a unos no significa abandonar a los otros.
Porque Las Condes no elude sus responsabilidades. Creemos en la solidaridad territorial, en ese sistema que toma parte de lo que recaudamos y lo destina a las comunas que más lo necesitan. Vamos a seguir pagando lo que corresponde, sin excusas. Un país no se construye eligiendo entre cuidar a nuestros mayores y comunas más frágiles: se construye haciendo ambas cosas a la vez.
Lo que me preocupa es otra cosa. Año tras año, los municipios terminamos administrando la escasez que el Estado central no resuelve. Las comunas crecen, la población envejece, y con ello aumenta la necesidad de más atención primaria, más seguridad, más infraestructura. Centros de salud pensados para cierta cantidad de personas terminan atendiendo al doble. Cuando la presencia policial retrocede, el municipio debe multiplicar sus propios inspectores. Administramos lo que falta, con los recursos que tenemos, y aun así respondemos.
Por eso pido que esta reforma se discuta con seriedad. No para recaudar más, sino para cumplir mejor el papel que nos toca. La respuesta de un país que envejece y que demanda más no puede ser gastar menos, sino invertir más y mejor: en la dignidad de envejecer en casa, en barrios seguros, en salud al alcance de todos.
Queremos ser parte de la solución. Vamos a seguir defendiendo a nuestros personas mayores, que se ganaron el derecho a disfrutar lo que construyeron; vamos a seguir defendiendo a los vecinos de las comunas que menos tienen; y vamos a seguir haciéndonos cargo del Fondo Común, pagando lo que corresponde.
Pero el Estado también debe hacer su trabajo: entregar garantías y poner límites a la exención, velar por una vejez digna y actuar porque Chile envejece cada día más y somos los Municipios quienes los atendemos.
Apoyar a los adultos mayores es un deber, y hacerlo con justicia es la única manera de cumplir la promesa que les hicimos: que llegar a cierta edad, en este país, signifique poder disfrutar la vida con la dignidad.
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