El emprendimiento y la empleabilidad son, en el fondo, vehículos de movilidad social. Pero para que funcionen, necesitan que desaparezcan las barreras que hoy los frenan.

Chile es un país de emprendedores. Millones de personas emprenden a diario, y es especialmente llamativo que cerca de dos millones lo hacen desde la microempresa, la mayoría por necesidad. Pero detrás de esa cifra hay un desafío urgente: más de la mitad de esos emprendimientos permanece atrapado en la informalidad, y muchos se concentran en los sectores más vulnerables del país.

La informalidad es uno de los principales cuellos de botella para el desarrollo productivo en Chile. No tiene una sola causa ni un diagnóstico transversal, pero sí sabemos que persiste una reticencia entre las comunidades, que muchas veces proviene de confusiones y temores, y que esto genera brechas importantes para la superación de la pobreza.

Un ejemplo concreto: tras el levantamiento que realizamos en las zonas afectadas por los incendios de enero en el Biobío, en conjunto con la Multigremial Nacional, constatamos que el principal foco del apoyo estatal estuvo en el emprendimiento formal. Sin embargo, de los más de 700 emprendimientos afectados, solo 15% estaba formalizado, lo que dejó al 85% desprotegido.

Estos datos revelan varias realidades: el mito de que la formalización hace perder beneficios se invierte por completo en contextos de catástrofe; el Estado llega a una fracción mínima de los emprendimientos afectados en estas situaciones; y el rol complementario del sector privado resulta indispensable.

Otra causa de la informalidad en contextos de vulnerabilidad es la burocracia. Este fenómeno golpea especialmente a quienes emprenden por subsistencia, porque la burocracia es sinónimo de tiempo y tecnicismo, y aquí estamos hablando justamente de personas que no pueden darse ese lujo, como mujeres que emprenden por necesidad para mantener a sus familias, y que simultáneamente están a cargo del hogar. En el mismo análisis de Bío Bío, 63% de los emprendimientos afectados correspondía a jefas de hogar, concentradas principalmente en gastronomía, manufactura y comercio.

En un contexto nacional con más de 8% de desempleo —y un 10% en el caso de las mujeres—, el emprendimiento se vuelve una vía real de empleabilidad. Pero esto sólo es posible si se apoya y fortalece desde la base. Ante este escenario, el trabajo colaborativo entre los sectores público y privado no es una opción: es una condición. Y hay al menos cuatro desafíos concretos en los que debemos avanzar.

El primero es el acceso a información. Tanto desde los propios emprendedores —que necesitan comprender el contexto productivo en que operan, y los requisitos, implicancias y oportunidades de formalizarse— como desde las instituciones locales, que deben profundizar el catastro y la sistematización del emprendimiento en sus territorios, para construir ecosistemas productivos locales sólidos.

El segundo es la formación y modernización. Si bien todos los actores relevantes del mundo emprendedor utilizan redes sociales, el uso de herramientas más sofisticadas sigue siendo básico. La inteligencia artificial, por ejemplo, puede ofrecer posibilidades enormes para optimizar procesos y escalar negocios en sectores vulnerables, pero su adopción estratégica aún está lejos de ser una realidad en estos contextos.

El tercero es la generación de redes. La cohesión entre actores del ámbito productivo es determinante: para las empresas que necesitan crecer y contratar, para las personas que necesitan trabajar, y para las gobernaciones y municipios que requieren economías locales activas para desarrollar sus territorios.

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Y a nivel basal está la educación. A mayor brecha educacional, menor preparación, mayor tasa de desempleo, y mayor índice de vulnerabilidad. En este sentido, la alfabetización en la educación primaria es urgente, donde un alto porcentaje de estudiantes no entienden lo que leen cuando llegan a sexto básico, pero también la educación media y técnico profesional, en un contexto donde más del 40% de los chilenos tiene problemas con la lectura y aritmética básica. Mejorar la educación primaria, media y técnico-profesional no es solo una deuda social: es una condición de base para el aumento del emprendimiento formal y del empleo.

El emprendimiento y la empleabilidad son, en el fondo, vehículos de movilidad social. Pero para que funcionen, necesitan que desaparezcan las barreras que hoy los frenan. Eso requiere acción conjunta: organizaciones, instituciones, empresas y comunidades. Si lo logramos, quizás en algunos años esos dos millones de microemprendimientos se habrán convertido en pequeñas, medianas y grandes empresas que generen empleo en sus barrios y comunas, y el 8% de desempleo de hoy será solo un punto de partida superado.

Felipe Markmann
Director de Estrategia de Desafío Levantemos Chile

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