La soledad afecta primero —siempre primero— a los más vulnerables. Y en Chile seguimos sin nombrarla como lo que es: una crisis de humanidad.

El Diagnóstico sobre la Situación de Derechos de la Niñez y Adolescencia, entregado hace pocos días, reveló cifras preocupantes. Según el reporte, se registraron 2.518 egresos hospitalarios por lesiones autoinfligidas en niños y adolescentes en 2025; hubo 35 mil casos de violencia sexual contra menores en ese mismo lapso y 41.557 niños están en lista de espera para recibir protección. Al mismo tiempo, se informó que hay 817 en situación de calle.

Al ver estos datos, pienso en un caso ocurrido hace una década: el de Lissette Villa, fallecida a los once años, el 11 de abril de 2016 bajo la custodia del Estado, en el Centro “Galvarino” en Santiago. Había ingresado al sistema a los cinco años, pues su familia no podía cuidarla y luego el propio Estado tampoco pudo. A diez años, las cifras revelan que se ha aprendido muy poco.

Los números nos están diciendo algo más profundo. Nos hablan de nosotros mismos. Lo que el diagnóstico muestra no se trata solo de burocracia ni de una crisis de financiamiento. Es el retrato de una sociedad que ha perdido la capacidad —y el interés— en cuidar.

No sorprende que entre 2016 y 2024 aumentó un 143% la sensación de falta de compañía entre adolescentes, y una buena parte percibe la sensación de exclusión. Estos números no hablan de fallas del sistema sino de un tejido social que se está deshaciendo. La soledad afecta primero —siempre primero— a los más vulnerables. Y en Chile seguimos sin nombrarla como lo que es: una crisis de humanidad.

Durante décadas hemos ido desarmando los espacios que sostenían la vida en común, a veces por descuido o por convicción. La familia está más fragmentada y sin autoridad. La comunidad se diluyó en las pantallas y las parroquias están vacías. Ese tejido no desapareció solo, lo fuimos soltando. Perdimos todo lo que amortiguaba la caída. Hoy, cuando esa red se rompe, los niños caen primero.

Al mismo tiempo, los centros residenciales operan con un 41% de sobreocupación. La infancia, postergada. Lo que falta no es diagnóstico, es decisión política para tratar esto como lo que es, una emergencia. Para decidir que un niño en lista de espera es más urgente que cualquier otra agenda. La soledad de los adolescentes merece una respuesta pública tan seria como la inflación o el desempleo. Reconstruir los espacios de comunidad y de cuidado es una política social que apremia.

Y aquí hay una emergencia concreta que parece importar poco en la escena política, porque los niños de las residencias no votan ni marchan. Entonces la pregunta no es solo qué está fallando. Es otra: ¿cuántas veces más vamos a mirar estas cifras sin sentir que nos involucran? Mientras la infancia —y las condiciones que la hacen posible— no esté en el centro de nuestras prioridades, vamos a seguir llegando tarde.

América Castillo
Investigadora asociada
Instituto Libertad

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