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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Más de 1 millón de adultos chilenos viven con sus padres, una tendencia que se ha acentuado tras la pandemia. Según un estudio de la Universidad Católica, el 9,2% de mayores de 30 años permanecen en casa paterna. En tanto un estudio de la Universidad de los Andes indica que el 40,9% de jóvenes entre 25 y 30 años también optan por quedarse en el hogar familiar. Aunque hay diversas razones para esta convivencia prolongada, como el apoyo mutuo y la inestabilidad laboral, existen opiniones divididas sobre la edad adecuada para independizarse. Esta dinámica familiar puede generar sentimientos encontrados, desde contención y fortalecimiento de vínculos hasta frustración y estancamiento.

Más de 1 millón de adultos vive actualmente con sus padres, una cifra que aumentó drásticamente tras la pandemia por covid-19 y que prevalece por diversos motivos.

Vivir con los padres después de los 30 años es una realidad cada vez más frecuente en Chile.

De acuerdo a CNN, más de 1 millón de personas mayores de 30 años sigue viviendo en la casa de sus padres. Así lo reveló un estudio del Centro de Encuestas y Estudios Longitudinales de la Universidad Católica.

Más de 1 millón de adultos vive con sus padres

Según el documento, en 2022 el 9,2% de los mayores de 30 años aún residían en la vivienda de sus progenitores, lo que se traduce en más de 1 millón de personas.

El estudio, al que accedió La Tercera, indicaba que 792 mil jóvenes de entre 25 y 30 años (40,9% de dicho grupo etáreo) permanecían viviendo donde sus padres.

Por otro lado, un estudio de la Universidad de los Andes realizado en distintas comunas del país mostró que un 37,2% de los chilenos considera que no existe una edad límite para dejar el hogar de los padres, cifra que en mujeres alcanza el 41,2%.

Pese a esta tendencia, las opiniones siguen siendo diversas: un 30,7% sitúa la edad adecuada para independizarse entre los 25 y 29 años, mientras que un 24,1% cree que este paso debería darse antes, entre los 18 y 24 años.

Flexibilidad en dinámicas familiares

En este contexto, la convivencia prolongada también se vincula a una mayor flexibilidad en las dinámicas familiares, donde permanecer en el hogar es visto, en muchos casos, como una forma de apoyo mutuo.

Hay un factor económico evidente, pero también cambios sociales importantes: estudios más largos, inserción laboral más inestable y una adultez que hoy se vive de formas más diversas, con tiempos y metas distintos a los de antes”, explica María José Jeldres, psicóloga y docente de ADIPA.

Aunque se observa principalmente entre personas de 30 a 40 años, la tendencia también incluye a adultos de mayor edad y es más frecuente en mujeres, muchas veces vinculada a roles de cuidado dentro del hogar.

Pero no todos los casos responden a dependencia: en muchos hogares se configura una lógica de apoyo mutuo, especialmente cuando existen padres mayores o en situación de vulnerabilidad.

Hoy las personas viven más años y las dinámicas familiares se han ido reorganizando, por lo que en varios casos no se trata de dependencia, sino de asumir responsabilidades, como apoyar o cuidar, dentro de una dinámica de sostén mutuo”, señala la especialista.

Impacto ambivalente

Desde el punto de vista psicológico, el impacto de esta convivencia es ambivalente.

Para algunas personas, representa un espacio de contención y apoyo en momentos complejos; para otras, puede vivirse como un retroceso o una señal de fracaso personal, especialmente si se reactivan dinámicas familiares más infantiles o se ve limitada la autonomía.

“Puede tener efectos bien distintos. Para algunas personas es un alivio y un espacio de apoyo; para otras puede generar tensión, o incluso vivirse como un retroceso o un fracaso”, indica la docente.

Aspectos positivos y negativos

En esa línea, pueden aparecer sentimientos de frustración, dependencia o estancamiento.

Esto se suele manifestar en comparaciones con otros, mayor autocrítica, exigirse más de la cuenta y cierta dificultad para sostener decisiones propias, junto con la sensación de estar estancado en la vida”, agrega.

Sin embargo, también existen efectos positivos. La convivencia puede fortalecer vínculos y ofrecer una red de apoyo emocional y práctico relevante.

“Puede tener un impacto positivo, sobre todo en términos de contención y apoyo cotidiano, siempre que no se pierdan espacios de autonomía”, puntualiza.

Redefinición de roles siendo adultos

Uno de los principales desafíos está en la convivencia diaria y en la redefinición de roles al interior del hogar.

Es común que se mantengan dinámicas antiguas, donde los padres conservan un rol directivo y los hijos una posición más pasiva, lo que puede generar tensiones en los límites y en la toma de decisiones.

El desafío es poder transitar hacia una relación más horizontal, colaborativa y menos directiva, entre adultos”, advierte la psicóloga.

Cuando la convivencia está determinada por la necesidad de cuidar a padres mayores o dependientes, la carga emocional puede intensificarse.

En estos casos, es frecuente la aparición de sobrecarga y sentimientos de culpa, especialmente cuando la persona siente que necesita espacios propios o se ve sobrepasada por las responsabilidades.

La situación se vuelve problemática cuando comienza a afectar el desarrollo personal.

“Se vuelve compleja cuando la persona siente que no puede tomar decisiones propias, avanzar en su vida o salir de esa situación, aun cuando quisiera”, explica Jeldres.

Para mantener una convivencia saludable, la especialista enfatiza la importancia de establecer acuerdos claros.

Poder hablar de límites, responsabilidades y decisiones ayuda mucho a evitar conflictos. Y algo clave: no volver a una dinámica de antes, sino construir una convivencia más horizontal y colaborativa”, recomienda.