Desde las universidades tenemos la responsabilidad de continuar promoviendo investigación de excelencia, conectada con las necesidades del país, comprometida con el desarrollo sostenible y orientada al bienestar de la sociedad.

En los últimos días, se ha reabierto en el debate público una discusión relevante respecto del propósito de la investigación científica y el rol que cumple el financiamiento estatal en el desarrollo del conocimiento.

Como sociedad, es legítimo preguntarnos cómo evaluamos el impacto de la inversión pública en ciencia, tecnología, innovación y creación. Sin embargo, reducir esa discusión únicamente a la cantidad de empleos directos que una investigación genera en el corto plazo constituye una simplificación que reduce la profundidad del debate.

La investigación científica y el quehacer académico no pueden entenderse exclusivamente bajo indicadores de rentabilidad inmediata. Su aporte es mucho más amplio, estructural y estratégico. La ciencia contribuye, ciertamente, al desarrollo económico, a la productividad y a la generación de empleo; pero también fortalece capacidades nacionales, forma capital humano avanzado, impulsa innovación, construye soberanía tecnológica y permite enfrentar desafíos complejos que impactan directamente la calidad de vida de las personas.

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Muchas de las tecnologías que hoy sostienen nuestra vida cotidiana surgieron de investigaciones cuyo impacto no era evidente al momento de su financiamiento. En múltiples casos, fueron procesos de largo plazo impulsados por universidades y centros de investigación que apostaron por generar conocimiento antes de que existiera claridad respecto de sus aplicaciones concretas.

Por ello, los países que lideran el desarrollo global no debilitan sus sistemas científicos ni subordinan completamente la investigación a la lógica de la inmediatez. Por el contrario, invierten sostenidamente en conocimiento, comprendiendo que la ciencia constituye una política estratégica y un componente esencial de su competitividad, autonomía y capacidad de anticiparse a los desafíos del futuro.

Chile enfrenta hoy un escenario particularmente exigente. Cada año, cientos de proyectos altamente competitivos postulan a fondos limitados, reflejando la enorme creatividad, talento y capacidades existentes en el país. Esa realidad debería conducirnos a discutir cómo fortalecemos los mecanismos de financiamiento, articulando investigación, innovación y transferencia tecnológica con el sector productivo y las políticas públicas.

Las políticas de financiamiento y desarrollo científico son siempre susceptibles de perfeccionamiento, pero cualquier rediseño requiere una discusión rigurosa con perspectiva de Estado, reconociendo que reducir el impulso a la ciencia significaría hipotecar capacidades para el futuro del país.

Las investigaciones en las diferentes áreas del conocimiento cumplen funciones complementarias y necesarias para el progreso de un país. Pretender jerarquizar el valor del conocimiento únicamente bajo criterios económicos inmediatos simplifica la complejidad de los procesos de desarrollo y el rol que el desarrollo científico ha desempeñado en la construcción democrática, cultural y tecnológica de nuestras sociedades.

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Desde las universidades tenemos la responsabilidad de continuar promoviendo investigación de excelencia, conectada con las necesidades del país, comprometida con el desarrollo sostenible y orientada al bienestar de la sociedad.

Asimismo, resulta fundamental sostener una convicción central: el conocimiento no constituye un gasto prescindible ni un privilegio académico, sino una inversión estratégica para el desarrollo, la soberanía y el futuro de Chile.

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