En un electorado sin anclas firmes, cualquier candidato con un mensaje que resuene en el momento justo puede dar la sorpresa.

El próximo domingo 12 de abril, más de 27 millones de peruanos acudirán a las urnas para elegir presidente. Ningún candidato supera el 15% de las preferencias según la encuesta nacional Datum. La favorita es Keiko Fujimori, con 14,5%. Detrás de ella, Carlos Álvarez con 10,9% y Rafael López Aliaga con 9,9%. Un bloque de cinco candidatos más se disputa porcentajes de un solo dígito con diferencias estadísticamente insignificantes.

Son 35 candidaturas presidenciales habilitadas. A eso se suma que los peruanos votarán simultáneamente por senadores y diputados tras el retorno a la bicameralidad después de más de tres décadas, y por representantes al Parlamento Andino. El resultado es la papeleta más grande de la historia electoral peruana.

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Sin apresurarnos a profundizar en este escenario de fragmentación, conviene refrescar la memoria. Era abril de 2021 cuando Perú vivió sus últimas elecciones presidenciales.

A diez días de la primera vuelta, Pedro Castillo registraba apenas 3,7% de votos emitidos en las encuestas, ubicándose justo detrás de un bloque de cinco candidatos empatados técnicamente por el segundo lugar.

En la práctica, un desconocido profesor rural de izquierda radical que no figuraba en el debate político nacional. Dos semanas después, encabezaba la primera vuelta. Tres meses más tarde, era presidente de la República.

Lo que revelan las encuestas peruanas es una volatilidad electoral profunda. Es una señal de desconexión entre la ciudadanía y su clase política. Cuando el electorado no encuentra en ningún candidato un proyecto que lo convoque con convicción, el voto se vuelve tentativo, exploratorio, difícil de predecir. No porque los peruanos sean indiferentes a su destino, sino porque han visto demasiadas promesas incumplidas.

Esa desconfianza acumulada fue la que en 2021 abrió el espacio para que Pedro Castillo, prácticamente desconocido semanas antes, terminara encabezando la primera vuelta. En un electorado sin anclas firmes, cualquier candidato con un mensaje que resuene en el momento justo puede dar la sorpresa.

Obviamente, sería un error leer este escenario como una crítica a Perú. Es, ante todo, un espejo útil de algo que le acontece a un vecino.

Nos recuerda el valor de construir democracias donde los ciudadanos voten con convicción y no con resignación. Donde los proyectos de gobierno se cimenten en ideas que construyan un mejor país de manera viable y no voluntarista, y donde la ciudadanía sea parte activa y no espectadora de esa discusión.

En Chile vivimos nuestra propia polarización, con tensiones reales y debates irresueltos. Pero tenemos instituciones que funcionan, una clase política que tiende a respetar las reglas del juego, y una cultura cívica que, a pesar de todo, sigue apostando por los canales democráticos. Eso es lo que hay que cuidar.

Por eso, más que cualquier análisis, lo que corresponde este domingo es desearle suerte a Perú, y decirlo con sinceridad.

Un Perú estable le hace bien a sus ciudadanos y a toda la región. Un Perú con un gobierno que complete su mandato, que dialogue con su ciudadanía y que reconstruya la confianza perdida, es un vecino mejor para todos.

Ojalá el 12 de abril marque el inicio de ese ciclo. Después de ocho presidentes que no terminaron su mandato, los peruanos se lo merecen.

Fernanda Garretón
Coordinadora Internacional de IdeaPaís

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