Podemos cambiar la historia de los niños y niñas que han sufrido violencia y abandono, entregando el afecto, la estabilidad y la experiencia de sentirse parte de una familia.

El 31 de mayo se conmemora el Día Mundial del Acogimiento Familiar, en un contexto que vuelve a evidenciar la urgente necesidad de contar con más familias de acogida en Chile.

Un estudio de IdeaPaís calificó como “crisis nacional” la situación actual del sistema de protección de niños y niñas en Chile. Sobrecupos, hacinamiento en residencias y largas listas de espera para acceder a programas de reparación, son parte de un diagnóstico tan duro como conocido.

Y sí, concordamos en que el sistema de protección atraviesa una emergencia profunda. Mucho se habla —con razón— de las transformaciones que debe impulsar el Estado para enfrentar esta crisis. Pero poco se habla de la responsabilidad que también tenemos como sociedad y de las acciones concretas que cualquier persona puede realizar.

Porque si hoy la infancia en Chile vive una situación crítica, ¿qué futuro estamos construyendo como país?

Que los niños y niñas crezcan protegidos y que, cuando sus derechos sean vulnerados, puedan recibir la reparación y el cuidado que necesitan, no es solo tarea de las instituciones: es responsabilidad de todos quienes vivimos aquí. Podemos hacer más que solo criticar.

¿Qué puede hacer una persona como tú o como yo?

Una de las formas más concretas es convertirse en familia de acogida y cuidar a algún bebé o niño temporalmente para evitar que sea institucionalizado en una residencia.

Porque incluso las residencias con la mejor infraestructura y los profesionales más capacitados, difícilmente pueden entregar la contención, el afecto y el cuidado personalizado que ofrece una familia. Ninguna institución reemplaza el calor de un hogar.

Si queremos que los adultos del futuro hayan conocido el amor, la protección y el cuidado de vínculos sanos; si queremos niños y niñas que crezcan sintiéndose seguros, acompañados y estimulados con cariño, entonces como país deberíamos promover activamente que más personas se conviertan en familias de acogida.

Porque podemos cambiar la historia de los niños y niñas que han sufrido violencia y abandono, entregando el afecto, la estabilidad y la experiencia de sentirse parte de una familia.

¿Y qué pasa si no puedo acoger a un niño o niña en mi casa en este momento? Hay otras formas de ayudar. Por ejemplo, difundir el programa entre amigos y familiares. Apoyar a quienes sí son familias de acogida cuando necesiten ayuda. Preguntar en el trabajo si algún compañero está acogiendo y promover que reciba facilidades similares a las de cualquier padre o madre. Incluso compartir esta reflexión ya puede ser un aporte.

Los adultos de hoy somos responsables de los adultos del mañana. Y vale la pena preguntarse: ¿qué estoy haciendo yo al respecto?

Francisco Covarrubias
Presidente ejecutivo de Proacogida

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