Hace tres décadas salió del país y armó su vida en Barcelona. Habla sobre identidad, política y las costumbres chilenas de las que todavía no logra desprenderse.

Beatriz Silva salió de Chile hace treinta años. Desde entonces ha vivido entre Barcelona, Londres y San Francisco. Hoy es diputada del Parlament de Catalunya. Pero cuando habla de lo que extraña del país donde nació, no menciona política ni ciudades. Menciona las hallullas.

“Cuando voy a ver a mi madre, para Navidad, como todos los días eso al desayuno: hallullas con paté de ternera”, cuenta, mientras se acomoda en una silla de madera frente a una mesa rodeada de libros.

Su departamento queda en un segundo piso del Eixample, cerca de la Casa Batlló y La Pedrera, en una parte de Barcelona donde conviven librerías independientes, edificios modernistas y cafés llenos de expats hablando en distintos idiomas.

“Creo que las costumbres alimenticias forman parte de tu identidad. Lo que en tu infancia adquieres es muy difícil de cambiar”, dice.

En los libreros hay títulos sobre federalismo, memoria histórica, nacionalismos europeos y política catalana. Más atrás aparece un libro sobre Chile a cincuenta años del golpe. Sobre la mesa también hay un MacBook, un iPhone y flores secas.

“A mi hija le encanta la comida chilena, pero es que no es tan distinto lo que se come aquí de lo que se come en Chile”.

Beatriz Silva
Beatriz Silva | Foto de Ignacio Molina

—Acá no existe la once.

“A mí me gusta tomar once, pero acá la gente cena. Entonces, cuando tienes niños, les das comida por la noche. Nosotros cenamos temprano”.

Afuera pasa una pareja que habla en italiano. Más allá, alguien amarra una bicicleta frente a un café donde se mezclan inglés, francés y alemán.

—¿Acá la gente es más cerrada comparada con Chile?

“Barcelona es una ciudad llena de extranjeros. Entonces, aunque a lo mejor los catalanes sean más cerrados, uno se relaciona con gente de otros sitios. Mi mejor amigo es holandés, vive en Bruselas, y lo conocí aquí”.

—¿Y en Chile ve otra forma de relacionarse?

“Sí. En Chile, incluso en Santiago, que es una ciudad grande, si tú entras a una tienda y preguntas algo, la gente se afana ayudándote. Hay una cosa más cariñosa, más cercana. Esto se nota incluso cuando vas a Madrid. Ahí los camareros son amables. Aquí los camareros, por lo menos en Barcelona, te tiran las cosas. A veces uno no entiende y dice: ‘¿Cómo puede ser que sean tan rudos?’. En cambio, en Chile yo creo que hay más empatía. Vas al sur de Chile y la gente es súper amable. Y acá vas a los pueblos y, al contrario, son más cerrados”.

—¿Qué diferencias sigue notando entre Chile y Barcelona?

“En Chile se trabaja de una manera… eran horarios de trabajo terribles, donde esperaban que tú vivieras solo para trabajar. Y aquí no. Acá hay una idea de que tu tiempo libre, tu tiempo propio, tiene valor, y la gente disfruta de eso, de los fines de semana largos, de los puentes. Se celebra San Juan, se celebra La Mercè, y la gente para y celebra, ¿no? Deja de trabajar. Y eso permite disfrutar”.

La lengua

Silva llegó por primera vez a Barcelona en diciembre de 1995. Venía desde el verano chileno y aterrizó en pleno invierno europeo. Primero vivió cerca del Hospital de Sant Pau. Después se mudó a Ciutat Vella, a un estudio pequeño desde donde caminaba hasta Plaça Catalunya para tomar el Ferrocarril de la Generalitat (la red de trenes suburbanos de Cataluña) hacia Bellaterra y llegar a la Universitat Autònoma.

—¿Cómo lo hizo con la lengua catalana?

“Lo primero que hice fue hacer un curso de catalán, porque yo venía a hacer un doctorado —en Història de l’Art— y era en catalán. Llegué aquí un 13 de diciembre y creo que mi curso de catalán comenzó dos días después. Entonces nunca me pasó no entenderlo porque inmediatamente hice un intensivo y, en unos meses, tenía como el nivel básico”.

—¿Qué fue lo más difícil entonces?

“Lo que me resultó difícil fue que yo venía del verano y llegué al invierno, a la oscuridad. Ya estaba todo el mundo eufórico en diciembre y acá estaba todo oscuro. Entonces la Navidad era como una cosa poco alegre. Me acuerdo de que me costó esas primeras semanas, hasta que en enero, cuando ya comenzó la universidad y conocí gente, comencé a salir”.

—¿Qué otra cosa le llamó la atención?

“En Chile siempre todo estaba abierto: las tiendas y todo. Y acá, ahora abren más, pero antes era como en otras partes de España, que los domingos y las fiestas estaba todo cerrado. Yo no sabía que todo iba a estar cerrado el 24, 25 o el 26 de diciembre porque era San Esteban. Entonces me quedé sin comida, no tenía ni dónde comprar pan”.

Enviada especial

Beatriz Silva estudió Periodismo y Estética en la Universidad Católica de Chile. Antes trabajó en El Mercurio y Televisión Nacional de Chile. Casi tres años después de llegar a Cataluña, se fue a Londres como corresponsal de El Mercurio. Ahí se quedó hasta 2002.

— ¿Qué le tocó cubrir allá?

“Fui a cubrir el arresto de Pinochet y tal. Pero en ese tiempo yo estaba con quien después fue mi marido. Él vivía en Florencia y se fue a hacer un posdoctorado a la London Business School. Entonces confluimos en Londres y nos quedamos ahí durante un tiempo. Pensábamos quedarnos, pero él decidió que quería volver a Barcelona y yo volví con él”.

—¿Qué le hacía querer quedarse en Londres?

“Encontraba que la ciudad era súper cosmopolita, diversa, que había multiculturalidad. En el fondo, era la diversidad y tú te sentías parte de la ciudad porque dentro de esa diversidad tú tenías un espacio. En cambio, acá no. Era mi percepción y yo creo que lo sigue siendo un poco”.

—¿Y después vino San Francisco? ¿Qué hacía allá?

“Estuve colaborando con algunos medios, pero no hice tanto porque en ese tiempo mi hija acababa de nacer, era pequeñita, y yo la cuidaba”.

—¿Criar hijos lejos de Chile qué tuvo de difícil?

“Para tener hijos es más fácil vivir en un país que tiene un estado de bienestar, que te proporciona educación y salud gratuita, de calidad, y que también tiene guardería pública a la que puedes acceder. O sea, desde ese punto de vista creo que es mucho más fácil. Ahora, nunca es fácil vivir fuera de tu país, porque en tu país tienes la red familiar y de amigos, que con la crianza te ayudan, y cuando estás fuera no lo tienes”.

—¿Hay algo de la crianza catalana distinto a la chilena?

“Yo le hablaba en castellano y su padre en catalán. Ella es bilingüe totalmente”.

—¿Y usted se siente parte de Cataluña?

“Donde más he estado es aquí. Creo que es donde he estado más arraigada. Ya soy parte de esta sociedad. Imagínate: soy diputada del Parlament de Catalunya, se supone que soy considerada catalana”.

Una chilena en el Parlament

Silva llegó al Parlament en uno de los momentos más tensos del procés independentista catalán. Afuera había protestas. Dentro del hemiciclo convivían independentistas, sectores contrarios a la independencia y un clima político marcado por el conflicto tras el referéndum de 2017 y la salida de Carles Puigdemont a Bélgica.

—¿Cómo termina una periodista chilena convertida en diputada en el Parlament de Catalunya?

“En la época del procés me impliqué más en el tema político porque, claro, yo era federalista. Proponíamos una solución federal al conflicto que se había generado, no una ruptura, sino una mayor integración. En el fondo, reproducir en España lo que hay en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se crea la Unión Europea: quitar las fronteras para evitar que vuelvan a existir enfrentamientos nacionales. Diluirnos todos en avanzar hacia esa solución. Y creo que eso hizo que, como yo estaba involucrada políticamente en el conflicto que había aquí, me ofrecieran ser parte de una lista electoral”.

—¿Cómo fue llegar al Parlament en ese momento?

“Llegué en un momento muy conflictivo. Había una tensión enorme porque se había suspendido la autonomía a raíz de las llamadas leyes de desconexión, que se aprobaron y después abrieron todo el proceso judicial. Entonces, la elección de este Parlament permitía recuperar la autonomía. Fue cuando Puigdemont se fugó y pasó todo eso”.

—¿Se sentía esa tensión adentro del Parlament?

“Había una tensión enorme entre los que eran independentistas y los que no. Yo soy súper de izquierda, incluso un poquito más a la izquierda que la formación de la que soy diputada, el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC). Entonces tampoco encontraba en los otros grupos parlamentarios no independentistas gente cercana a lo que yo creía. O sea, Ciutadans, el Partido Popular, estaban en una postura políticamente muy distinta. Entonces era una sensación de estar un poco sola, rodeada de gente que estaba súper agresiva”.

—¿Cómo recuerda ese ambiente político?

“Realmente esa primera legislatura, en la que Ciudadanos sacó 36 diputados, llevó una política muy bronca al Parlament, de enfrentamiento, de decir las cosas con malas palabras, a veces un poco grosero. Y los independentistas estaban súper enconados en lo suyo. Claro, no era el mejor momento para ser política, ¿sabes? Entonces fue difícil”.

—En Cataluña muchas personas de izquierda apoyan la independencia. En su caso no ha sido así.

“Eso no es tan así. El espacio político que está más a la izquierda tampoco es independentista. Y de hecho, los nacionalistas que tienen más votos son los que votaban a la antigua Convergència i Unió, que luego se volvió independentista, que son nacionalistas de derecha, partidarios de bajar impuestos y de lo que la derecha propone en todas partes”.

—¿Cómo define entonces su posición?

“Imagínate, ¿por qué voy a ser independentista de aquí? Porque yo no soy nacionalista. Tampoco soy nacionalista con respecto a Chile. Creo que las fronteras son una entelequia creada por el ser humano que solo genera problemas. Dividen a personas que tienen cosas en común y que podrían trabajar juntas. Y los grandes problemas de la humanidad —la desigualdad, el hambre, el cambio climático— solo tienen una solución global”.

“Una tragedia”

Beatriz Silva toma su iPhone y revisa una entrevista del streamer español Xokas. En el video, el creador de contenido habla sobre Latinoamérica desde una lógica colonial y sostiene que España llevó progreso y civilización al continente.

Silva vuelve a escuchar una parte del video y después dice: “Esto de considerar que la cultura occidental como el progreso de la humanidad es una visión errada, y tampoco creo que aquí la mayoría de la gente lo comparta. O sea, creo que en Latinoamérica hubo grandes imperios, no solo a nivel material, sino también a nivel ideológico. Las ideas que desarrollaron, desde el punto de vista filosófico, de su visión de la vida y de la naturaleza, son súper ricas. Y esto es un valor”.

—¿Qué le provoca escuchar algo así?

“Hay gente que piensa que los indígenas en Chile no tenían ningún valor y que los españoles llegaron y lo que se hizo fue mejor. Yo creo que en Chile también hay una parte de la población que no valora los pueblos originarios, el aporte que hicieron, el aporte del pueblo mapuche, de los incas”.

Silva sigue la política chilena desde Barcelona. Comenta las recientes declaraciones de José Antonio Kast sobre “metáforas” e “hipérboles”, utilizadas por el mandatario para explicar frases polémicas dichas durante la campaña y en los primeros meses de gobierno.

“A mí me parece que es una tragedia lo que ha pasado. O sea, yo hice campaña por Gabriel Boric, por Jeannette Jara. Siempre haré campaña por las opciones democráticas. Creo que hubo una tragedia en que Chile esté gobernado por la extrema derecha”, dice Silva.

—¿Qué es lo que más le preocupa?

“Desde el punto de vista ético y moral, que haya ganado las elecciones una persona que es negacionista y que reivindica el legado de la dictadura, no solo en lo económico, sino también en lo político, en el tema de derechos humanos… Creo que hasta ahora habíamos conseguido que la derecha, antes de Kast, aceptara que estas eran cosas inaceptables y que no se podían volver a repetir. Y toda esa línea roja ahora se ha saltado. Creo que es una tragedia”.