Chile debe leer las señales del Perú no solo como vecino, sino como actor estratégico, capaz de proyectar cooperación y estabilidad en la región.

En un escenario aún abierto, la irrupción de figuras como Carlos Álvarez refleja tensiones en la representación política, mientras la configuración del próximo Congreso y Senado será determinante para la gobernabilidad y estabilidad del país.

El próximo domingo 12 de abril, Perú celebrará elecciones generales para elegir presidente de la República, dos vicepresidentes, 130 congresistas, 60 senadores y 5 representantes al Parlamento Andino, en un proceso marcado por una prolongada crisis de representación y debilitamiento institucional. De no alcanzarse mayoría absoluta, la segunda vuelta se realizará el 7 de junio, y el nuevo gobierno asumirá el 28 de julio de 2026.

Conviene recordar que Perú operó bajo un sistema bicameral -con Senado y Cámara de Diputados- hasta 1992.

El escenario electoral comienza a perfilarse, aunque con alta volatilidad. Keiko Fujimori (13%), candidata presidencial en 2011, 2016 y 2021, lidera las preferencias sin una ventaja decisiva, seguida por Carlos Álvarez (9%) -comediante, imitador y figura televisiva ampliamente reconocida, hoy convertido en candidato outsider- quien desplaza a Rafael López Aliaga (8%), exalcalde de Lima. Más que una simple competencia, se configura una elección abierta, fragmentada y altamente sensible a movimientos de última hora.

Pero esta elección no se explica únicamente en términos de oferta política. El elector peruano, quien decide su voto en la fila antes de ingresar a la sala donde lo ejecutará, acude a las urnas con un estado de ánimo definido: hastío, incomodidad, enojo y desconfianza frente a la política tradicional. El voto obligatorio, en este contexto, deja de ser solo una decisión programática y pasa a constituirse también en una forma de expresión emocional, incluso de protesta.

Es precisamente ahí donde la figura de Carlos Álvarez cobraría sentido. Su crecimiento no respondería tanto a una adhesión ideológica estructurada, sino a su capacidad de conectar con ese malestar. Más que “aceptación” en términos clásicos, lo que recogería sería una mezcla de identificación y expectativa. Quien opta por una figura como Álvarez no solo rechaza lo conocido, sino que proyecta en él algún grado de esperanza y, sobre todo, de representación.

Y es ahí donde aparece una clave más profunda: el problema del Perú no radica únicamente en sus representantes, sino en su capacidad de representación. Es decir, no es solo quién gobierna, sino cuántos se sienten realmente interpretados por quienes gobiernan.

Álvarez encarnaría, en cierta medida, al “peruano de a pie”: cercano, directo, con una mirada crítica -muchas veces cargada de ironía- frente al poder. En el lenguaje coloquial peruano, conecta con un perfil “canchero, con calle”, término que alude a una forma muy local de enfrentar la realidad: con sorna, humor, picardía y una actitud irreverente frente a la autoridad y las élites.

A sus 62 años, sin antecedentes de haber ejercido cargos públicos de elección o designación, ha construido su trayectoria pública como imitador político y conductor televisivo, destacando por su sátira hacia figuras del poder. Su propuesta se centraría en seguridad, orden y rechazo al establishment, planteando “mano dura” frente al crimen organizado, junto con una agenda anticorrupción, modernización del Estado y mejoras sociales focalizadas.

Entre sus imitaciones más recordadas estuvo la de la expresidenta Michelle Bachelet, a quien se encontró en Lima. Según contó él mismo, Bachelet lo reconoció como “el de la parodia”, aceptó con humor un cuadro con su caricatura y le pidió que la “imitara más bonita”.

El rol del Parlamento

Este fenómeno se entrelaza con un elemento estructural determinante: el rol del Congreso. En los últimos años, el sistema político peruano ha evolucionado hacia una dinámica en la cual el Legislativo no solo fiscaliza, sino que condiciona -e incluso define- la continuidad presidencial. La figura de la vacancia por incapacidad moral permanente se ha convertido en un instrumento recurrente de presión política.

En este marco, la elección de abril, donde participarán 35 candidatos presidenciales, no solo definirá autoridades, sino que pondrá a prueba la capacidad del sistema político peruano para reconstruir gobernabilidad.

La clave estará en cómo queden configuradas las fuerzas políticas tanto en el Congreso como en el nuevo Senado, ya que de ese equilibrio dependerá la viabilidad del próximo gobierno, en un escenario que anticipa un Ejecutivo sin mayorías claras y obligado a convivir con un Legislativo con fuerte capacidad de presión.

Historia reciente de inestabilidad

Desde 2018, el Perú ha atravesado una secuencia de inestabilidad:

Pedro Pablo Kuczynski renunció ante un proceso de vacancia impulsado por el Congreso. Martín Vizcarra -primer vicepresidente- asumió, disolvió constitucionalmente el Congreso en 2019 y fue vacado en 2020 bajo incapacidad moral permanente. Manuel Merino ocupó la presidencia por cinco días. Francisco Sagasti condujo una transición breve. Pedro Castillo fue destituido en 2022 tras intentar disolver inconstitucionalmente el Congreso, siendo removido por vacancia de incapacidad moral permanente. Dina Boluarte asumió como vicepresidenta en diciembre de 2022 y fue destituida por el Congreso el 10 de octubre de 2025 bajo la misma figura. José Jeri, actual congresista en ejercicio asumió la presidencia, pero fue censurado el 17 de febrero de 2026 tras cuestionamientos parlamentarios, abriendo paso al parlamentario José María Balcázar, actual presidente de transición hasta julio de 2026.

Comprender al Perú en su lógica interna -leerlo en su propio código político, en sus tiempos y formas- resulta fundamental. No se trata de reaccionar desde percepciones apresuradas, sino de interpretar adecuadamente su dinámica.

Perú no suele dar portazos: más bien deja la puerta entreabierta. Y es en ese espacio donde Chile debe desplegar una política exterior capaz de sostener, profundizar y proyectar la relación bilateral, especialmente considerando que esta inestabilidad política convive con importantes fortalezas macroeconómicas y proyecciones de crecimiento en sectores como la minería y el agro.

Así las cosas, para Chile, este proceso tiene una relevancia estratégica que va más allá de la coyuntura electoral, pues si a un vecino le va a bien, al barrio le va bien.

Por tanto, Chile debe leer las señales del Perú no solo como vecino, sino como actor estratégico, capaz de proyectar cooperación y estabilidad en la región.