Cómo una idea cultural se transforma en herramienta política para homogeneizar, subordinar y proyectar influencia más allá de las fronteras.

En los últimos años, el concepto de Russkiy Mir, o “mundo ruso”, empezó a aparecer con más frecuencia en discursos políticos, medios estatales y debates internacionales. La idea, en apariencia, es simple: existiría una comunidad cultural amplia, unida por la lengua, la historia y ciertas tradiciones compartidas, que trasciende las fronteras de la Federación Rusa.

Dicho así, no suena particularmente problemático. De hecho, hay paralelos claros. Se habla del “mundo latino” para referirse a países que comparten raíces lingüísticas y culturales, o del “mundo germánico” como una comunidad histórica vinculada por idioma y tradiciones.

Pero hay una diferencia clave: esos espacios no funcionan como estructuras de poder centralizadas. No hay un Estado que se arrogue el derecho de representarlos políticamente ni de actuar en su nombre. Se aglutinan por afinidad, no se imponen por jerarquía. Ahí es donde el caso ruso se vuelve distinto.

El concepto de Russkiy Mir tiene antecedentes históricos que se remontan a la idea de una comunidad cultural vinculada a la antigua Rus de Kyiv, una noción difusa que, con el tiempo, fue retomada en distintos momentos del pensamiento ruso. Durante el siglo XIX, corrientes eslavófilas ya hablaban de una identidad particular, diferenciada de Europa, con una supuesta misión histórica propia. Pero en ese momento, ese planteo se movía en el plano cultural e intelectual.

El giro se produce mucho más tarde. Tras la caída de la Unión Soviética, en los años noventa, el concepto es retomado y reformulado por círculos intelectuales y estratégicos rusos que buscaban reconstruir una identidad común en un espacio fragmentado. Como explica un análisis publicado en Russia in Global Affairs, el “mundo ruso” empezó a pensarse como una red global de personas unidas por la lengua y la cultura, más allá de las nuevas fronteras estatales.

Hasta ese momento, la idea podía leerse como un intento de recomposición cultural. Pero a partir de los años 2000, y especialmente bajo el liderazgo de Vladimir Putin, el concepto deja de ser descriptivo para volverse operativo.

Es el propio Vladimir Putin quien, en 2021, afirma que “rusos y ucranianos son un solo pueblo”. No es una frase aislada ni retórica: es la expresión más clara de una lógica donde la identidad se utiliza para cuestionar la soberanía. Si todos forman parte de un mismo “mundo”, las fronteras pierden sentido. Y si las fronteras pierden sentido, la intervención puede presentarse como algo más que una decisión política.

En ese mismo marco, el lenguaje también deja de ser neutral. La decisión de evitar el término “guerra” y reemplazarlo por “operación militar especial” no es solo una cuestión semántica: es parte de la misma construcción narrativa. Si no hay dos sujetos políticos plenamente diferenciados, si no hay, en definitiva, dos pueblos, entonces tampoco hay una guerra en sentido clásico, sino una acción sobre un espacio que se percibe como propio.

El problema es que esa idea choca de frente con la realidad.

La Federación Rusa está lejos de ser una unidad homogénea. Es un entramado complejo, formado por más de 190 grupos étnicos, con múltiples lenguas, tradiciones y trayectorias históricas. Desde el Volga hasta el Cáucaso, desde Siberia hasta el Lejano Oriente, conviven pueblos con identidades profundamente distintas entre sí. Reducir todo eso a un “mundo ruso” no es simplificar: es borrar diferencias.

Y esa simplificación tiene historia. Mucho antes de la Rusia contemporánea, el poder se consolidó en Moscovia, núcleo político del que luego derivaría el Estado ruso, expandiéndose territorialmente e incorporando, no siempre de manera voluntaria, a otros pueblos. Ese proceso no fue una integración equilibrada, sino una subordinación progresiva, donde una cultura dominante se impuso como referencia.

En ese contexto, lo ruso dejó de ser una identidad entre otras para convertirse en la identidad. Ahí aparece uno de los puntos centrales: el llamado “mundo ruso” no describe una comunidad diversa, sino que proyecta una homogeneidad que nunca existió. Lo que hace es reorganizar esa diversidad bajo un mismo relato, donde las diferencias quedan subordinadas a un centro.

Ese mecanismo no se limita al plano político. También se apoya en una tradición cultural que, a lo largo del tiempo, fue construyendo la idea de una singularidad rusa. Parte de la literatura y del pensamiento político desarrollaron la noción de una identidad con una profundidad espiritual propia y distinta a la de otras culturas.

Autores como Fiódor Dostoievski o Aleksandr Solzhenitsyn no pueden reducirse a esa lectura, pero sí forman parte de una tradición que fue reinterpretada para sostener una visión donde lo propio ocupa el centro.

El problema no está en la identidad, sino en cómo se utiliza. Cuando una cultura se presenta como norma, lo distinto empieza a verse como inferior, incompleto o desviado. Y en ese punto, la narrativa deja de ser descriptiva para volverse normativa.

Esto no es solo una cuestión teórica. Tiene consecuencias concretas.

Como documentan investigaciones sobre desinformación y estrategia comunicacional, el concepto de Russkiy Mir ha sido utilizado como marco para justificar acciones políticas y militares bajo la idea de proteger comunidades culturalmente vinculadas.

Incluso en espacios de análisis en español, como la serie Ecos de guerra, donde se analiza cómo estas construcciones discursivas no buscan describir la realidad, sino reorganizarla para hacerla funcional a una lógica de poder. El punto no es convencer completamente, sino instalar marcos desde los cuales los hechos se reinterpretan.

En ese contexto, la idea de un “mundo ruso” cumple una función clara: permite desplazar el debate. Lo que debería discutirse en términos políticos, soberanía, fronteras, decisiones estatales, se traslada al plano identitario. Y cuando eso ocurre, las reglas cambian, discutir intereses permite negociar, pero discutir identidades tiende a rigidizar posiciones.

En este punto conviene hacer una precisión importante. Desarmar el mito del “mundo ruso” no implica negar la existencia de vínculos culturales, lingüísticos o históricos entre Moscovia —y luego el Estado ruso— y otros pueblos. Esos vínculos existen y forman parte de una historia compartida, muchas veces compleja.

Lo que sí implica es rechazar la forma en que esos vínculos son reinterpretados para construir una identidad homogénea y, a partir de ella, justificar relaciones de poder. Porque una cosa es compartir raíces. Otra muy distinta es usar esas raíces para establecer jerarquías.

Ahí es donde el Russkiy Mir deja de ser una idea cultural y pasa a convertirse en una herramienta política. No describe una comunidad, la ordena. No refleja una realidad, la reconfigura desde un centro que se asume como natural y, por lo tanto, con derecho a definir a los demás.

Y cuando esa lógica se instala, las consecuencias dejan de ser teóricas. Las fronteras se relativizan, las identidades se subordinan y las decisiones de poder encuentran una justificación previa en el relato.

En ese punto, entender cómo funciona esta narrativa permite leer el conflicto sin intermediarios, de distinguir entre lo que se presenta como comunidad y lo que en realidad opera como estructura de poder.

Alejandro Pundyk
Lic. en Administración, Universidad de Buenos Aires.
Descendiente de ucranianos.
Activista por Ucrania y traductor al español del libro Ecos de guerra.

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