La consecuencia es una inversión del sentido del debate. En lugar de discutir hechos —bombardeos, ocupación territorial o represión política— la conversación se desplaza hacia la idea de que Rusia estaría siendo injustamente atacada por prejuicios culturales.

En los últimos años, una palabra se ha vuelto cada vez más frecuente en el discurso oficial ruso: rusofobia. Según la narrativa del Kremlin, el mundo estaría atravesado por un prejuicio profundo e irracional contra Rusia, su cultura y su pueblo.

Desde esa mirada, las críticas internacionales a Moscú —especialmente a partir de la invasión a Ucrania— no serían la reacción ante decisiones políticas o militares concretas, sino la manifestación de un supuesto odio histórico hacia todo lo ruso.

La idea puede resultar convincente para algunos públicos. Sin embargo, conviene observarla con más detenimiento.

El término rusofobia existe y, en su sentido literal, describe la hostilidad hacia Rusia o hacia los rusos. Como ocurre con cualquier nacionalidad, los prejuicios pueden aparecer y deben ser rechazados. El problema surge cuando ese concepto comienza a ampliarse hasta abarcar prácticamente cualquier crítica dirigida al gobierno ruso.

En los últimos años el término ha sido utilizado con creciente frecuencia por voceros oficiales, diplomáticos y medios estatales rusos para descalificar cuestionamientos políticos provenientes del exterior. De hecho, el lector puede comprobarlo con facilidad, solo basta buscar en internet el término rusofobia en noticias internacionales para encontrar una larga serie de declaraciones de diplomáticos y funcionarios rusos que recurren a esa acusación frente a críticas externas. Lo que originalmente describía un prejuicio cultural pasa así a funcionar como una etiqueta útil para desacreditar críticas.

Diversos estudios sobre propaganda contemporánea han señalado este tipo de dinámica. Un análisis del centro de investigación estadounidense RAND Corporation describió el modelo comunicacional del Kremlin como una estrategia basada en la repetición masiva de narrativas destinadas a confundir el debate público y erosionar la credibilidad de los críticos (RAND Corporation, The Russian “Firehose of Falsehood” Propaganda Model, 2016). Dentro de ese esquema, presentar a Rusia como víctima de una hostilidad generalizada se convierte en un recurso particularmente eficaz.

En los sistemas autoritarios, la victimización suele cumplir una función política bastante clara. Si un gobierno logra convencer a su población de que el país está siendo atacado de manera permanente —no necesariamente con armas, sino mediante prejuicios culturales o conspiraciones internacionales— cualquier crítica externa puede reinterpretarse fácilmente como una forma de persecución.

En ese contexto, la acusación de rusofobia cumple exactamente ese papel. Las críticas a la invasión de Ucrania, las denuncias sobre violaciones de derechos humanos o los análisis sobre la política exterior rusa son presentados no como cuestionamientos políticos legítimos, sino como expresiones de un supuesto odio hacia Rusia.

La consecuencia es una inversión del sentido del debate. En lugar de discutir hechos —bombardeos, ocupación territorial o represión política— la conversación se desplaza hacia la idea de que Rusia estaría siendo injustamente atacada por prejuicios culturales.

Ese desplazamiento no ocurre por casualidad. Forma parte de un ecosistema de comunicación política mucho más amplio.

Investigaciones sobre desinformación digital han documentado cómo el Estado ruso ha desarrollado en los últimos años una compleja red de medios internacionales financiados por el gobierno, campañas coordinadas en redes sociales y narrativas repetitivas destinadas a influir en la conversación pública global.

Un estudio del Oxford Internet Institute sobre propaganda digital señala precisamente a Rusia como uno de los países que más ha desarrollado estructuras organizadas de manipulación informativa en el entorno online (Bradshaw, Samantha & Howard, Philip N., The Global Organization of Social Media Disinformation, Oxford Internet Institute, 2018).

Por su parte, el proyecto europeo EUvsDisinfo, impulsado por el Servicio Europeo de Acción Exterior, ha documentado miles de casos de desinformación vinculados al ecosistema mediático del Kremlin. En muchos de ellos aparece de forma recurrente la narrativa de que Rusia sería víctima de conspiraciones occidentales o de una supuesta “rusofobia” global.

Dentro de ese sistema comunicacional, la etiqueta funciona de manera simple y efectiva. Permite transformar críticas complejas en una narrativa emocional fácil de difundir: Rusia no sería responsable de sus acciones, sino víctima de prejuicios ajenos.

El resultado es una confusión deliberada entre dos cosas que en realidad son muy distintas: la crítica a un gobierno y el rechazo a un pueblo.

Condenar una invasión militar no equivale a odiar a una nación. Cuestionar decisiones del Kremlin no significa rechazar la cultura rusa. Sin embargo, al presentar esas críticas como rusofobia, el discurso oficial intenta trasladar la discusión desde el terreno político hacia el de la identidad.

La historia, la cultura y la sociedad rusa son mucho más amplias que el sistema político que hoy gobierna el país. Precisamente por eso resulta importante no aceptar esa confusión.

Criticar decisiones de un gobierno —especialmente cuando se trata de una guerra de agresión— forma parte del debate político internacional. Convertir esa crítica en una supuesta persecución cultural no es un análisis serio. Es propaganda.

Alejandro Pundyk
Buenos Aires, Argentina

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