“Voy pa’ Tirúa, hermano… somos todos hermanos” , le dice el transportista que intentaba pasar.

La ráfaga hiriente del encapuchado llegó de inmediato: “No. Yo no soy hermano tuyo. Yo soy peñi. Tú no erí’ peñi, se nota altiro”.

Todo quedó registrado en un video tomado de forma valiente por un civil que hizo más de lo que el gobierno debería estar haciendo.

Un comando, tipo paramilitar, saltó a la calle, cual célula armada colombiana. De esas que dirigió el difunto Carlos Castaño, líder de las Autodefensas Unidas de Colombia, tan extintos como él, pero que por décadas sembró el terror en esa nación sudamericana, con ataques armados contra el Ejército, la guerrilla de las FARC, secuestros de políticos, empresarios, civiles y otro blanco que sirviera a sus intereses para controlar la selva y el narcotráfico.

Lo que sucede hoy en la Araucanía, me trajo a la memoria mi camino a Guatapé, en las afueras de Medellín, tierra de Pablo Escobar.

Transitar por esos lugares era tan icónico como atemorizante.

“Antes, acá bloqueaban los caminos los paramilitares y la guerrilla”, decía uno de los guías, mientras el grupo de la misión periodística internacional miraba, desde la micro, hacia el verde selvático que envuelve la riqueza de un país tan bendecido como sufrido. Ese verde le servía al verdeolivo paramilitar y al de la guerrillera en sus fines insurgentes.

Un año antes (2012) estuve en Bogotá. Las revisiones por debajo de los vehículos, para detectar explosivos, estaban tan normalizadas como los controles de identidad en carretera.

Irónico es que, casi una década después, con la firma de la paz en Colombia, las acciones bélicas y otras derivadas de la guerrilla y el paramilitarismo, se hayan reducido drásticamente, a juzgar por los reportes periodísticos que llegan del lugar.

Ironía es, también, que en la Araucanía de Chile, también se hayan reducido, y casi anulado los controles de las fuerzas del orden para frenar a esos grupos que dicen odiar a Carabineros y militares, pero visten como estos últimos y armados casi hasta los dientes, para decirle a sus hermanos -que no lo son- que no pueden pasar por sus carreteras y hasta disparen en contra de inocentes que se atrevan a desobedecerlos, como el joven Moisés Eduardo Orellana Pavez, de 21 años, quien murió de un disparo en la cabeza luego que su vehículo fuera atacado por una ráfaga de balas en Cañete, en septiembre pasado.

La masa no se indignó por su muerte, como lo hicieron, y con justa razón, por Camilo Catrillanca y el accionar policial para plantar pruebas, la denominada ocupación de tierras y otras situaciones que, hoy por hoy, están haciendo pagar caro a inocentes pobladores que han visto arder en llamas sus cabañas o los vehículos en los que se transportan y trabajan en una tierra de nadie o casi de nadie. Por ahora, parece estar a merced de los armados en nombre de la causa mapuche pero con fines netamente delictuales como el lucrativo robo de madera, la que han usurpado por la vía de la intimidación, el fuego y las balas.

Resulta indignante, igual que la inoperancia de un gobierno que está dejando crecer el accionar de esos grupos armados de verdeolivo, armas largas y moral corta.

No están dañando al enemigo de cuello blanco. Están manchando de sangre los autos y casas de lugareños que no tienen la culpa de la vista gorda de las autoridades o del abanderamiento hipócrita de una causa que no es la suya.

Respetar y honrar a los mapuches no los debería llevar a convertirse en paramilitares; a mentir y camuflar sus fines tan ruines como lo eran los de las autodefensas colombianas.

La Moneda está dejando crecer un monstruo. La motivación puede ser muy distinta a la que por décadas los gobiernos en Colombia no pudieron o no quisieron detener, pero la violencia puede llegar a ser la misma si se quedan de brazos cruzados, mientras emiten el discurso trillado para evitarse las críticas progresistas y las de la Defensora de la Niñez, quien hace sonoros descargos, pero siempre según el lado del brazo que ataque o atente contra uno o más ciudadanos.

Recuerden que esa zona, involuntariamente hace de camuflaje a un grupo en crecimiento, tanto en número como en acciones intimidantes, con suministros de inoperancia gubernamental por temor al qué dirán desde la oposición, esa que no sufrirá las amenazas en carretera, porque es muy revolucionaria de palabra, pero muy de ruta derecha a sus propiedades, allá donde nadie se las incendia o donde los verdeolivos de la Araucanía no atacan.