Señor director:

La entrada en vigencia de la ley que prohíbe el uso de celulares en la sala de clases abre una oportunidad que va más allá de la mera regulación.

En una sociedad atravesada por pantallas, la escuela cumple también una función contracultural: ofrecer momentos de atención sostenida, reflexión y diálogo.

Resguardar ese espacio no significa negar la tecnología, sino asegurar las condiciones mínimas para que el aprendizaje pueda ocurrir.

Durante la etapa escolar, funciones ejecutivas como la atención, el control inhibitorio y la regulación emocional aún están en desarrollo. El celular, por su diseño altamente estimulante, compite directamente con estos procesos.

El problema no es que los estudiantes aprendan más lento, sino que muchas veces dejan de aprender. Restringir su uso permite, además, liberar tiempo docente para enseñar y fortalecer el vínculo pedagógico, clave para el aprendizaje y la convivencia escolar.

Con todo, sería un error leer esta medida desde la tecnofobia. Las tecnologías no son el enemigo y el desafío es proteger el espacio educativo sin satanizarlas.

Regular su uso debe ir acompañado de formación en uso responsable, educación digital y apoyo a los colegios para enseñar habilidades como la autorregulación y el pensamiento crítico frente a las redes sociales.

Limitar sin educar es una oportunidad incompleta.

Antonia Echenique Walker
Coordinadora de Formación
Fundación Kiri