Hay gestos que parecen pequeños, pero que dicen mucho más sobre la salud de una democracia que cien discursos encendidos. En tiempos donde la política parece empeñada en convertir cada diferencia en una guerra y cada adversario en un enemigo, la decisión del alcalde de Santiago, Mario Desbordes, de respaldar la iniciativa vecinal que dio el nombre de Michelle Bachelet Jeria a un centro comunitario merece una reflexión más profunda.

No se trata simplemente de una ceremonia ni de una placa conmemorativa. Se trata de una señal política de enorme valor en una época dominada por los extremos.

Desbordes pudo optar por el camino fácil. Pudo refugiarse en las diferencias ideológicas que históricamente han separado a las derechas de la izquierdas. Pudo ceder a las presiones de quienes entienden la política como una confrontación permanente donde cualquier reconocimiento al adversario es interpretado como una acto de entrega de terreno al enemigo.

Sin embargo, hizo algo mucho más difícil: actuar con sentido republicano. Reconoció que la voluntad de una comunidad está por encima de la ortodoxia ideológica y comprendió que el liderazgo exige mirar más allá de las propias voluntades.

Precisamente por eso su decisión merece ser valorada.

Porque Michelle Bachelet representa mucho más que una trayectoria política o dos períodos presidenciales. Para millones de chilenos encarna una figura que, más allá de las legítimas críticas y diferencias que puedan existir respecto de sus gobiernos, ha sido capaz de generar confianza transversal y estabilidad institucional en momentos complejos de nuestra historia reciente.

Bachelet pertenece a una generación de dirigentes que comprendió que gobernar no consiste en hablar únicamente para los propios, sino también en ofrecer garantías a quienes piensan distinto. Esa es una virtud cada vez más escasa. Pertenece a una generación cada vez mas escasa de personas que pensamos en que al frente, por muy equivocado que este, tenemos un ser humano, con familia y que merece respeto, no un rufián que debe ser doblegado. En su gobierno se ganó más con sonrisas y negociaciones firmes que a los golpes.

La gobernabilidad democrática no se construye cuando una mitad del país intenta aplastar a la otra. Se construye cuando existen liderazgos capaces de dar certezas, de tender puentes y de generar espacios donde las diferencias convivan dentro de reglas comunes.

Por eso resulta preocupante que hoy algunos sectores políticos parezcan sentirse incómodos frente a cualquier expresión de reconocimiento mutuo. Como si la identidad de un proyecto político dependiera de la capacidad de negar todo mérito al adversario o pasar años culpándolo de todo, incluso de aquello que no son capaces de resolver.

Los extremos siempre necesitan enemigos. Se alimentan de ellos. Necesitan caricaturas, trincheras y enfrentamientos permanentes porque fuera del conflicto les cuesta sobrevivir.

La democracia, en cambio, funciona exactamente al revés. La democracia requiere adversarios, no enemigos. Requiere debate, no odio. Requiere convicciones firmes, pero también la disposición a reconocer que quienes piensan distinto pueden tener legitimidad, méritos y aportes valiosos para el país.

Cuando una sociedad pierde esa capacidad, comienza a deteriorarse la convivencia democrática. El adversario deja de ser alguien con quien se discrepa y pasa a convertirse en alguien a quien se busca cancelar, excluir o deslegitimar y muchas veces eliminar.

Y ese camino nunca termina bien. Basta con mirar los lamentables ejemplos en nuestra historia nacional de cuando se nos olvidó -como sociedad- que el contendor político es humano y se rebaja al nivel de poder matar, torturar y desaparecer en virtud de lo que algunos llaman patria.

Nunca debemos olvidar que las sociedades prosperan cuando sus líderes son capaces de construir acuerdos amplios y fracasan cuando los sectores más radicalizados logran imponer la lógica del enfrentamiento permanente.

Chile necesita recuperar esa cultura de entendimiento. No porque debamos renunciar a nuestras convicciones. No porque las diferencias desaparezcan. Al contrario. Las diferencias seguirán existiendo y deben seguir existiendo. Son parte natural de una democracia libre.

Por eso el gesto de Mario Desbordes tiene un significado que supera ampliamente el nombre de un centro comunitario. Nos recuerda que la política no consiste en administrar rencores, sino que, muy por el contrario, en la construcción de acuerdos, en gobernar para la mayoría con respeto a todos.

Y también porque reivindica una figura como Michelle Bachelet que, con luces y sombras como cualquier líder democrático, supo representar para muchos chilenos la posibilidad de acuerdos amplios y de una gobernabilidad que entregaba certezas incluso a quienes no compartían todas sus ideas.

Quizás ahí radica la principal lección de este episodio.

Los dirigentes verdaderamente grandes no son aquellos que logran que sus seguidores odien más intensamente al adversario. Son aquellos que son capaces de defender sus convicciones sin perder el sentido de humanidad, la capacidad de diálogo y el respeto por quienes piensan diferente.

Chile necesita más dirigentes así. Menos voceros de los extremos y más constructores de puentes. Menos especialistas en la indignación permanente y más liderazgos capaces de ofrecer estabilidad, entendimiento y esperanza.

Porque, al final, las democracias no se destruyen cuando existen diferencias. Se destruyen cuando dejamos de reconocer que, pese a esas diferencias, seguimos formando parte de una misma comunidad nacional.

Y gestos como el protagonizado por Mario Desbordes, al reconocer la trayectoria de Michelle Bachelet, nos recuerdan precisamente eso: que la política puede seguir siendo el arte de encontrarnos, y no la costumbre de destruirnos. No olvidemos que la democracia es ese espacio que existe entre lo que pienso y lo que piensa otro. Bien por Desbordes, bien por Bachelet y bien por la democracia.