Las recientes lluvias y aluviones que afectaron a distintos sectores de Santiago, especialmente Las Condes y Lo Barnechea, volvieron a mostrar la fuerza de la naturaleza y la vulnerabilidad de las comunidades frente a fenómenos naturales extremos. Viviendas dañadas, familias afectadas y sectores aislados nos recuerdan que la protección del entorno natural y la prevención de riesgos son tareas fundamentales. Chile conoce bien estos desafíos. En un país que convive con incendios forestales, sequías, inundaciones y aluviones, los esfuerzos por prevenir los daños ambientales, reducir el impacto de la actividad humana y recuperar los ecosistemas forman parte de una responsabilidad colectiva.

Pero hay una diferencia fundamental entre enfrentar la fuerza de la naturaleza y ser testigo de cómo la naturaleza es destruida deliberadamente por una guerra. El 6 de noviembre se conmemora el Día Internacional para la Prevención de la Explotación del Medio Ambiente en la Guerra y los Conflictos Armados. Esta fecha nos recuerda que las guerras no solo destruyen ciudades, vidas humanas e infraestructuras. También arrasan bosques, contaminan ríos y mares, envenenan los suelos y ponen en peligro el futuro de generaciones enteras.

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Ucrania: los mecanismos de destrucción de una nación Miércoles 04 Noviembre, 2026 | 12:08

En Ucrania, esta destrucción es una consecuencia directa de la agresión militar rusa, impulsada por las ambiciones imperiales de Moscú. Por la obsesión de imponer su voluntad sobre otro país, no solo sufren millones de personas: también sufren los animales, los bosques, los ríos, los mares y ecosistemas que tardaron siglos en formarse.

Las cifras muestran la dimensión de esta catástrofe. Un estudio científico publicado en julio de 2026 en la revista Frontiers in Environmental Science, bajo el título “Ecocide in Ukraine: An Assessment of Geospatial and Environmental Evidence of War-Related Ecosystem Destruction in Ukraine” («Ecocidio en Ucrania: Una evaluación de la evidencia geoespacial y ambiental de la destrucción de los ecosistemas relacionada con la guerra en Ucrania»), reúne evidencias geoespaciales, imágenes satelitales y datos ambientales para analizar los efectos de la guerra sobre los ecosistemas ucranianos. Entre sus principales hallazgos y estimaciones están los siguientes:

• La destrucción de la represa de Kajovka en junio de 2023 provocó la inundación de aproximadamente 600 km² de territorio y la liberación de cerca de 18 km³ de agua.

• Las pérdidas de servicios ecosistémicos asociadas a la catástrofe de Kajovka se estiman en 8.500 millones de dólares.

• Aproximadamente 3.330 km² de áreas protegidas y 113 km² de bosques resultaron afectados por las consecuencias de la destrucción de la represa.

• Más de 5.000 km² de tierras agrícolas vieron comprometido su acceso al agua para riego tras la destrucción de la infraestructura hidráulica.

La dimensión del daño también queda reflejada en los registros oficiales de Ucrania. Según el Ministerio de Economía y Medio Ambiente de Ucrania, se habían documentado más de 11.000 casos de daños ambientales causados por la agresión rusa. El valor estimado de estas pérdidas alcanzaba los 140.000 millones de dólares.

No se trata de cifras abstractas. Detrás de cada una hay territorios contaminados, fuentes de agua amenazadas, animales muertos, bosques destruidos y comunidades que tendrán que convivir durante años —y en algunos casos décadas— con las consecuencias de la guerra.

La tragedia de Kajovka es uno de los ejemplos más dramáticos. La destrucción de la represa alteró ecosistemas, contaminó aguas y suelos y afectó zonas naturales protegidas. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advirtió que muchas de sus consecuencias podrían ser irreversibles y prolongarse durante décadas, incluso más allá de las fronteras de Ucrania.

La guerra también deja su huella en el mar Negro, en los bosques incendiados por los ataques, en los campos contaminados por explosivos y metales pesados y en las reservas naturales que han quedado expuestas a las operaciones militares.

Otro aspecto especialmente grave es el minado del territorio. Según la plataforma nacional Demine Ukraine, más de 132.000 km² permanecen bajo riesgo de contaminación por minas y otros artefactos explosivos. Esta cifra representa cerca de una cuarta parte del territorio nacional. Las minas y municiones sin explotar no solo amenazan vidas humanas: también contaminan los suelos, ponen en riesgo la fauna y dificultan durante décadas la recuperación de bosques, humedales y tierras agrícolas.

Y hay una paradoja difícil de ignorar. El 27 de octubre de 2026, el Secretario General de la ONU, António Guterres, nombró al diplomático ruso Gleb Desyatnikov Subsecretario General para Asuntos de Acción contra las Minas y Policía. Desyatnikov había sido embajador de Rusia en Jordania desde 2018, incluso durante la invasión a gran escala de Ucrania.

La decisión provocó una fuerte reacción por parte de la diplomacia ucraniana. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Heorhii Tykhyi, resumió la posición de Ucrania con una frase contundente: «Moscú ha minado las Naciones Unidas». Resulta profundamente cuestionable que un representante del Estado responsable de una de las mayores crisis de contaminación explosiva del mundo asuma una responsabilidad internacional vinculada precisamente a la acción contra las minas. Una decisión que plantea serias dudas sobre la credibilidad y la confianza en las instituciones internacionales.

Mientras Chile trabaja para prevenir y mitigar los impactos sobre su patrimonio natural, Ucrania se ve obligada a defender el suyo de una destrucción provocada por la agresión de un Estado que pretende imponer por la fuerza sus ambiciones imperiales.

La naturaleza ucraniana no es responsable de esta guerra, pero está pagando un precio enorme por ella. La destrucción ambiental no termina cuando cesan los bombardeos. Los suelos contaminados, los ecosistemas alterados y las especies afectadas pueden tardar décadas en recuperarse. Por eso, documentar estos daños, exigir responsabilidades y garantizar la restauración ambiental deben ser parte de cualquier esfuerzo por alcanzar una paz justa y duradera. El medio ambiente no tiene fronteras. La destrucción causada por la guerra tampoco debería quedar sin consecuencias.