La contundente derrota de Donald Trump en las elecciones legislativas estadounidenses ha devuelto al mundo democrático un optimismo que parecía extraviado. Después de años de avances de las derechas extremas, de debilitamiento de las instituciones y de sucesivas victorias de dirigentes autoritarios, las urnas estadounidenses han recordado una verdad fundamental: la democracia conserva una formidable capacidad para defenderse y recuperar el terreno perdido.

El triunfo demócrata, que le entrega el control de ambas cámaras del Congreso, representa un severo golpe al liderazgo de Trump y a un Partido Republicano que terminó subordinando buena parte de su identidad histórica a las ambiciones de un solo hombre. La votación demuestra que las instituciones democráticas, aun sometidas a grandes presiones, pueden recuperar su fuerza cuando encuentran respaldo en una ciudadanía dispuesta a defenderlas.

Lee también...
La ciudadanía cobra en la urna Jueves 05 Noviembre, 2026 | 10:49

Es apresurado anunciar el final del trumpismo. Sus raíces sociales y culturales siguen presentes y su influencia sobre el Partido Republicano continúa siendo considerable. Sin embargo, la derrota pone en cuestión la eficacia política de un liderazgo que parecía invencible. Las consecuencias de este resultado se extienden mucho más allá de Estados Unidos.

Durante los últimos años, Trump se convirtió en el principal referente internacional de las derechas radicales. Su retorno a la Casa Blanca en 2025 fue recibido por esos movimientos como la confirmación de que la historia avanzaba inexorablemente a su favor. Su nacionalismo excluyente, su desprecio por el multilateralismo y su hostilidad hacia las instituciones progresistas encontraron seguidores entusiastas en Europa y América Latina. La influencia estadounidense proporcionó a esas fuerzas respaldo político, legitimidad internacional y la expectativa de participar en una transformación duradera del orden mundial.

Aquella seguridad ha recibido un duro golpe. Trump sigue gobernando, aunque desde una posición considerablemente debilitada. Sus aliados internacionales deberán revisar la conveniencia de asociar su futuro político a un dirigente cuya capacidad para conducir a su propio partido hacia la victoria ha quedado seriamente cuestionada.

En Europa (una pieza importante para el orden mundial), esta nueva situación abre posibilidades particularmente alentadoras. Las fuerzas democráticas del continente, desde la socialdemocracia hasta el liberalismo y aun las corrientes conservadoras comprometidas con el Estado de derecho, han enfrentado una ofensiva persistente de los nacionalismos radicales.

La influencia de Trump fortaleció a dirigentes y movimientos que cuestionan la integración europea, desprecian las instituciones comunitarias y promueven concepciones autoritarias del poder. La democracia y la integración europea tienen ante sí la oportunidad de reconstruir confianzas, enfrentar los problemas sociales que alimentan el extremismo y recuperar la vocación mayoritaria de sus fuerzas moderadas y progresistas. El resultado norteamericano no garantiza ese desenlace, aunque proporciona un estímulo que sería bueno considerar.

En América Latina las repercusiones pueden ser igualmente significativas. Las derechas extremas que han buscado inspiración y respaldo en Trump deberán actuar con mayor prudencia. La Casa Blanca continuará siendo un centro de poder, aunque su capacidad para intervenir políticamente en el continente encontrará nuevos obstáculos institucionales.

Esta circunstancia ofrece también una oportunidad a las izquierdas democráticas latinoamericanas. Durante demasiado tiempo, una parte importante de ellas ha oscilado entre la atracción fatal de proyectos revolucionarios agotados, los populismos personalistas y una insuficiente elaboración de propuestas capaces de responder a los problemas contemporáneos. La resistencia al proyecto internacional de Trump puede convertirse en un estímulo para recuperar una izquierda reformista, con vocación de gobierno, comprometida con las instituciones democráticas, la justicia social, el crecimiento económico y la integración regional.

Hay, además, una enseñanza histórica que conviene rescatar. Durante décadas, algunas corrientes de la izquierda latinoamericana han sostenido una visión excesivamente uniforme de Estados Unidos, identificado como un poder imperial cuya orientación permanecería inalterada cualquiera fuera el gobierno de turno. No fue lo mismo la presidencia de Richard Nixon que la de Jimmy Carter. La política de derechos humanos promovida por este último introdujo un cambio significativo respecto del respaldo a las dictaduras militares del continente. Tampoco fueron equivalentes las presidencias de Barack Obama y Donald Trump. Sus concepciones de la democracia, las relaciones internacionales, el comercio y la cooperación multilateral expresan diferencias profundas.

El Partido Republicano y el Partido Demócrata representan tradiciones políticas distintas, con disputas internas, intereses compartidos y contradicciones propias. Sus diferencias importan, tanto para los ciudadanos estadounidenses como para el resto del mundo. Reducirlas a expresiones intercambiables de un mismo poder imperialista impide comprender la política norteamericana y conduce a estrategias internacionales equivocadas y que conducen al victimismo impotente.

Para Chile, el nuevo escenario representa una oportunidad que el gobierno de José Antonio Kast debería considerar con particular atención. La afinidad ideológica que ha mostrado con Trump no puede confundirse con los intereses permanentes del Estado chileno. Nuestro país mantiene relaciones diplomáticas, económicas y estratégicas con Estados Unidos que trascienden las preferencias de los gobiernos y deben preservarse sobre la base del respeto mutuo.

El Tratado de Libre Comercio constituye uno de los pilares de esa relación. Vigente desde 2004, permitió ampliar los intercambios y consolidar el acceso de las exportaciones chilenas al mercado estadounidense. La política arancelaria de Trump ha introducido una alteración unilateral que afecta directamente a nuestro país. La sobretasa del 12,5% aplicada a una parte de las exportaciones chilenas constituye una medida frente a la cual corresponde mantener una posición firme.

El gobierno de Kast tiene ahora mejores condiciones políticas para insistir en la defensa del tratado, exigir la revisión de los aranceles y respaldar una relación comercial fundada en compromisos recíprocos. Chile debe mantener una política exterior autónoma, abierta a la cooperación con Estados Unidos y con las demás potencias, respetuosa del derecho internacional y guiada por sus propios intereses. Sería una decisión conveniente para el país y una señal saludable de madurez institucional.

El alcance de estas elecciones permite, finalmente, una reflexión más amplia. Durante años se ha instalado la idea de que las democracias liberales atraviesan una decadencia irreversible, incapaces de resistir la ofensiva de los autoritarismos contemporáneos. Las elecciones estadounidenses demuestran que esa conclusión carece de fundamento histórico suficiente. La democracia dispone de mecanismos de rectificación que sus adversarios desprecian y que las dictaduras sencillamente desconocen.

Con todo, después de años en que las noticias parecían favorecer invariablemente a quienes anunciaban el ocaso de la democracia liberal, la derrota de Trump ofrece una razón poderosa para recuperar la confianza. Las derechas extremas han descubierto que sus avances pueden revertirse. Las fuerzas democráticas han comprobado que todavía pueden conquistar mayorías amplias.

Hay motivos para mirar el futuro con renovado optimismo. El curso de la historia sigue abierto y los ciudadanos (los ciudadanos norteamericanos en este caso) conservan la capacidad de cambiarlo.

Nuestra sección de OPINIÓN es un espacio abierto, por lo que el contenido vertido en esta columna es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial de BioBioChile