Como era de esperarse, la humillación estadounidense de Chile con el ultimátum respecto del caso Baltimore, acentuó enormemente la desconfianza y aversión hacia el país del norte.

Así, Chile no asistió a la gran exposición de Chicago de 1893, destinada a conmemorar el cuarto centenario de la llegada de Colón a América. A su vez -quien había sido ministro de Guerra y Marina al producirse la capitulación chilena-, el conservador Ventura Blanco, decía en 1894 que “esos hombres (los estadounidenses) son peligrosísimos. Es necesario tratarlos con reserva, esquivando el cuerpo siempre que sea posible. Aún me arden las mejillas cuando recuerdo el desgraciado incidente del Baltimore” (Gonzalo Vial.- Historia de Chile (1891-1973), Volumen II; Triunfo y decadencia de la oligarquía (1891-1920); Edit. Santillana, Santiago, 1983; p. 175).

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Por otro lado, el ministro (embajador) inglés, John Gordon Kennedy, quedó enormemente sorprendido cuando en 1896 oyó del prudente presidente chileno, Jorge Montt, que la Doctrina Monroe significaba “una eventual sujeción de todo el continente americano a los Estados Unidos”, y que por ende varios países (incluyendo, desde luego, a Chile) se hallaban “plenamente alertas a la necesidad de resistir cualquier avance (estadounidense), aparentemente amistoso”; y que ese gobierno era “sin escrúpulos y corrupto”. “Habló (Montt) con lenguaje tan desusadamente ardiente que me atrevo a informar sobre sus observaciones a V. S.” (el canciller británico), escribió Kennedy” (Ibid.; pp. 174-5).

Y notablemente, “el año 1898, durante la guerra entre Estados Unidos y España, las simpatías nacionales fueron ostensiblemente para la Madre Patria, no obstante hallarse en juego la independencia cubana” (Ibid.; p. 173). Es más, “el mismo Partido Radical, que en 1866 quería ir a libertar a Cuba para acabar con las últimas cadenas españolas en el continente, lanzó en 1898 un manifiesto público expresando su admiración por el combate de Santiago de Cuba (…) y condenando la política expansionista norteamericana en el Caribe” (Mario Barros Van Buren.- Historia Diplomática de Chile 1541-1938; Edit. Andrés Bello, Santiago, 1990; p. 532).

Y las simpatías hacia España fueron constatadas por el ingeniero belga residente en Chile, Gustave Verniory, incluso antes del abierto involucramiento de Estados Unidos: “Cosa curiosa, aunque parece que los chilenos debieran desear el triunfo de los patriotas cubanos que –como ellos lo hicieron a principios del siglo- desean sacudirse del yugo de España, sus simpatías están con los españoles. Esto se debe probablemente a que aquí se detesta a los norteamericanos, que sostienen casi abiertamente a los rebeldes” (Diez años en Araucanía 1889-1899; Edit. Pehuén, Santiago, 2001; p. 455).

Y terminando la guerra, el diario El Ferrocarril señalaba: “La guerra hispano-americana (…) ha puesto en conflicto dos razas, la anglosajona y la latina”; y que producto de la victoria de Estados Unidos éstos “se convirtieron en nación colonizadora, dueña de un formidable espíritu de expansión, que naturalmente se encaminará a la absorción o conquista de América Latina (…) y que vale la pena que los hombres de Estado y más aún, los pueblos de Hispanoamérica, se preocupen de este asunto y se preparen a un conflicto que más o menos tarde, puede suscitarse”.

Y concluyó: “En suma, mirando los acontecimientos en su conjunto, se puede decir que la conquista ya empezó, habiendo sido el primer acto la adquisición de Florida y Luisiana, la guerra de México el segundo, luego la anexión de las Islas Sandwich y últimamente la guerra hispano-americana… ¿Cuáles serán los obstáculos que podremos oponerle?” (Hernán Ramírez Necochea.- Historia del Imperialismo en Chile; Edit. Austral, Santiago, 1970; p. 182).

Con su triunfo, Estados Unidos terminó con los últimos vestigios imperiales españoles en América y Asia, apoderándose de Puerto Rico, Filipinas y Guam; y estableciendo un protectorado en Cuba hasta 1933. Y poco después –en 1903- forzó militarmente a Colombia para lograr la “independencia” de Panamá, estableciendo el dominio directo de una franja de su territorio (por 100 años) para construir el Canal de Panamá. Ello provocó una gran inquietud en Chile y en otros países latinoamericanos como Argentina, Brasil y México.

Por ello el ministro (embajador) de Chile en Washington, el destacado político conservador Joaquín Walker Martínez, realizó –por instrucciones de la Cancillería- consultas con diplomáticos latinoamericanos sobre el tema, informando a comienzos de 1904 que “los que estamos aquí presenciando de cerca los sucesos (…) no podemos mirar en el reconocimiento de Panamá un acto de deferencia hacia un territorio que quiere independizarse, sino la sanción de un derecho acordado a los Estados Unidos para tomar en América cuanto convenga a sus intereses y propósitos” (Ibid.; p.183).

Asimismo, el 11 de enero, comentando el mensaje del presidente de Estados Unidos, Teodoro Roosevelt, al Congreso para justificar sus acciones contra Colombia, señaló que “desembozadamente afirma el derecho de los Estados Unidos para usar y abusar de su fuerza sobre los demás Estados del Continente, siempre que se invoquen los intereses de la civilización, bandera bien fácil, por cierto, de enarbolar en todo momento” (Ibid.; p. 184).

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Y el 25 de enero informó que si bien esto era combatido por algunos sectores de la opinión pública, “la explicación clara de lo que pasa está, para mí, en que el sentimiento de expansión patria es tan fuerte en estos momentos en Estados Unidos que se sobrepone a los intereses de partido”; y que “el imperialismo fascinador ejerce indudablemente sus atracciones sobre las tres cuartas partes de los ciudadanos americanos” (Ibid.).

A su vez, la mayoría de los principales diarios nacionales reaccionaron en contra de Estados Unidos. Así, El Diario Popular urgió a Chile a simpatizar con “la hermana república de Colombia cuyo único crimen ha sido tratar de defender lo que le pertenece” (Fredrick Pike.- Chile and the United States 1880-1962. The emergence of Chile’s Social Crisis and the Challenge to United States Diplomacy; University of Notre Dame, 1965; p. 138); El Imparcial concluyó que toda América Latina estaba ahora a merced de Estados Unidos que mañana “absorberá América Central y luego humillará a Chile, Argentina y Brasil” (Ibid.); y El Diario Ilustrado aconsejó a América Latina a tomar cuidadosa nota de las acciones de Estados Unidos en Panamá “porque son conductas de este tipo que todos nosotros podemos esperar cuando Estados Unidos decida extender sus intereses hacia nosotros” (Ibid.). Incluso, El Imparcial y La Ley advirtieron que “la amenaza de Estados Unidos era ahora tan grave que América Latina debía unirse para resistirla” (Ibid.).

Esta es la sexta parte de una serie de columnas titulada: Estados Unidos nunca ha sido aliado de Chile.