La humillación efectuada por Estados Unidos a Chile en 1892 por el asunto del Baltimore no terminó con las reparaciones convenidas en favor de los marinos afectados. Además, ambos países acordaron ese año el establecimiento de un juzgado arbitral (con un representante de cada parte, más un tercero de consenso, y subsidiariamente por Suiza), durante seis meses, “para fallar los reclamos que ciudadanos de cualquiera de los dos países formulasen contra el gobierno del otro, y que hallaran su origen en actos de autoridades civiles o militares”.

Notablemente, dicho juzgado rechazó el único caso demandado contra Estados Unidos; y aceptó seis de las veinticuatro demandas efectuadas contra Chile, significando aquellas el pago de 240 mil dólares (Ver Gonzalo Vial.- Historia de Chile (1891-1973), Volumen II, Triunfo y decadencia de la oligarquía (1891-1920); Edit. Santillana, Santiago, 1983; p. 172).

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Además, como lo ha señalado el historiador estadounidense Fredrick Pike, lo del Baltimore no fue simplemente un episodio desafortunado, ya que con él “Estados Unidos estaba anunciando a América Latina que el Coloso era ahora el director supremo de todos los asuntos hemisféricos. En verdad, la conducta de Washington en el asunto del Baltimore parece haber sido un preanuncio de la nota de 1895 sobre la controversia de límites de Venezuela (con el Reino Unido por su colonia de Guyana) en la que el Secretario de Estado Richard Olney informaba al Ministro del Exterior británico Lord Salisbury, que la voluntad de Estados Unidos era ahora la ley en el hemisferio americano” (Chile and the United States 1880-1962. The emergence of Chile’s Social Crisis and the Challenge to United States Diplomacy; University of Notre Dame, 1963; p. 82).

Y como dicho pronunciamiento provocó una irritación general en América Latina, Estados Unidos buscó disiparla por medio de consultas privadas con los embajadores latinoamericanos en Washington ¡excluyendo sólo al chileno! Y comentando aquella significativa omisión el representante (embajador) chileno en Estados Unidos, Domingo Gana, le comunicó a nuestra cancillería que “el Secretario de Estado manifestó en estos días, confidencialmente a uno de mis colegas, que el único país de América con cuyas simpatías no era seguro contar en estas circunstancias, era el nuestro” (Vial; p. 174).

Otro asunto relevante en que empresas estadounidenses doblegaron al gobierno chileno, luego del asunto del Baltimore, fue respecto de un contrato entre el gobierno de Balmaceda y la sociedad North and South American Construction Co. cuyo objeto “era un vasto tendido de ferrocarriles. Un supuesto incumplimiento yanki derivó en que Balmaceda anulara el contrato (…) Los norteamericanos habían renunciado solemnemente a la protección de su país. Pero, como el Gobierno chileno anulase también un tribunal de árbitros que establecía el convenio, aquellos sintieron renacer su derecho para invocar esa protección”.

Incluso concurrieron ante el juzgado arbitral ya mencionado de 1892: “El Gobierno chileno sostuvo ser incompetente el juzgado arbitral, tesis, sin embargo, rechazada por la mayoría de éste. Pero el fondo del asunto quedó sin fallar; habían expirado los seis meses referidos. Finalmente, el año 1896, se transigió el cobro, pagando nuestro Fisco 150.000 dólares” (Ibid.; p. 172).

Todo lo anterior profundizó la desconfianza y aversión chilena a Estados Unidos. Así, el principal diario del Santiago de la época, El Ferrocarril, concluyó el 25 de marzo de 1892 que “la consideración y respeto de las grandes potencias a las naciones sudamericanas, debemos por nuestra parte buscarla también en una política previsora de confraternidad entre nosotros mismos, desde que por la fuerza misma de las cosas, nuestro interés común está indicándonos que podemos obtener unidos la respetabilidad que no alcanzamos aisladamente”.

Desgraciadamente, la incapacidad y falta de visión de la dirigencia chilena para establecer acuerdos de paz duraderos con Perú y Bolivia -luego del triunfo en la Guerra del Pacífico- no sólo impidieron aquello dejándonos más expuestos a las políticas hegemónicas de Estados Unidos, sino que además fortalecieron a Argentina en desmedro de Chile.

Incluso, durante dicha guerra, en noviembre de 1882, el enviado argentino a Estados Unidos, Luis Domínguez, expresaba en sus palabras de presentación: “Mi Gobierno y mi país tienen grande interés en mantener con los Estados Unidos y su gobierno las más estrechas y amistosas relaciones. Creo que hemos dado a este país la mayor prueba de respeto y admiración tomando por modelo sus instituciones políticas, y valiéndonos de sus propios comentadores para comprenderlas bien y ponerlas en ejercicio (…) Mi Gobierno ha prestado siempre la más deferente atención, en las crisis políticas por que ha pasado, a los consejos imparciales de esta gran República, y estará siempre pronto a concurrir con él para que la paz y la justicia sean la base permanente del bienestar de todas las naciones de América”.

Y comentando estas palabras, el representante chileno en Washington, Joaquín Godoy, señalaba a nuestra cancillería que “como lo han estilado en los últimos tiempos ciertos representantes diplomáticos de algunos Estados de Centro América, el Argentino tributa exorbitantes testimonios de sumisión de parte de su Gobierno y solicita la intervención de este en los asuntos que conciernen a los demás países del continente” (Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, 15-11- 1882).

Y mientras se desarrollaba el conflicto del Baltimore, al mismo tiempo que el ministro de Relaciones Exteriores argentino, Estanislao Zeballos, hacía llegar sus muestras de simpatía y solidaridad hacia Chile, “paralela y secretamente (…) el mismo Zeballos había corrido tras Norteamérica (sic) ofreciéndole los espontáneos pero no desinteresados servicios argentinos en el conflicto con Chile”.

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Así, en diciembre “el embajador argentino ante la Casa Blanca se acercó a Blaine (Secretario de Estado) para decirle que, si estallara la guerra chileno-norteamericana, Argentina podría ayudar con carbón para la flota yanki y, aún, permitir que eventuales ejércitos estadounidenses cruzaran territorio trasandino y nos atacaran… Blaine inquirió el precio. Respuesta del embajador: ‘Pediremos la parte austral de Chile’. La noticia se difundió a los medios diplomáticos de Washington. El ministro chileno la comunicó inmediatamente. Igual hizo el enviado brasileño con su cancillería; esta ‘filtró’ la información hacia el embajador chileno en Río, quien, por supuesto, también la participó rápidamente” (Vial; op. cit.; p. 175).

A su vez, Blaine –en enero de 1892- “le manifestó al ministro brasileño en Washington contar con la ayuda argentina y peruana ‘para introducir (aquí) sus tropas y alimentarlas’. En cambio, Perú recuperaría Tacna y Arica, y Argentina obtendría ´la posesión de toda la Patagonia’. Una vez más, Brasil deslizó esta noticia a la diplomacia chilena” (Ibid.; p. 176). Todo lo anterior llevó a Gonzalo Vial a estimar que “la idea de un ‘cuadrillazo’ de los vecinos con cooperación yanqui fue probablemente, y como ya lo anticipábamos, motivo muy importante para que capitulásemos ante el ultimátum harrisoniano” (Ibid.).

Esta es la quinta parte de una serie de columnas titulada: Estados Unidos nunca ha sido aliado de Chile.