El antagonismo entre Chile y Estados Unidos llegó a su máxima gravedad con ocasión del desenlace de nuestra guerra civil de 1891. Estados Unidos había manifestado claramente sus simpatías por Balmaceda, resultado de lo cual decenas de altas autoridades del gobierno depuesto se asilaron en la legación (embajada) estadounidense.
La concesión de este asilo generó duros intercambios de notas entre el embajador Patrick Egan y el canciller del nuevo gobierno, el destacado radical Manuel Antonio Matta; con acusaciones mutuas de que la policía hostigaba a los visitantes y empleados de la Legación (Egan); y que en su interior se fraguaban complots balmacedistas y que los asilados insultaban a la policía (Matta).
Además recibió asilados el crucero Baltimore que estaba en Valparaíso luego de surcar el mar chileno desde abril de 1891, “integrando la flotilla del almirante W. P. Mc Cann, cuya misión era proteger los intereses norteamericanos en nuestro país, pendiente la guerra civil” (Gonzalo Vial.- Historia de Chile. 1891-1973. Volumen II, Triunfo y decadencia de la oligarquía (1891-1920); Edit. Santillana, Santiago, 1982; p. 54).
A ello se agregó que el 16 de octubre se les dio permiso a 117 tripulantes del barco para bajar a tierra por veinticuatro horas. Ellos “se dispersaron por el ‘barrio bravo’ de Valparaíso” (…) bebieron en incontables tabernas (…) a cada instante, inevitablemente, se rozaban con otros marineros, también licenciados, muchos entre ellos chilenos, y con el bajo pueblo del sector. El alcohol, la malevolencia contra los norteamericanos, y el natural pendenciero de todos aquellos hombres, formaban el combustible” (Ibid.; p. 54-5).
La chispa se produjo cuando dos marineros estadounidenses (Charles W. Riggin y John Talbot) se enfrascaron en una pelea con un marinero chileno, terminando perseguidos por una poblada. Posteriormente, Riggin fue herido por una navaja por un marinero y luego ultimado por un balazo de la policía. Todo esto generó una monumental gresca “con participación de unas mil personas” (Ibid.; p. 56). Hubo numerosos detenidos y “una treintena (de marineros yanquis) debió guardar cama (en el Baltimore) por diversas heridas y contusiones”. Y uno de ellos (William Turnbull) terminaría también muerto luego de haber recibido “dieciséis o dieciocho cuchilladas en la espalda y en las nalgas” (Ibid.). Su agresor, identificado por la justicia chilena, Carlos Gómez, señaló que lo hizo para defender a un amigo maltratado por Turnbull, y que “la cantidad de heridas le causó sorpresa; no recordaba haber inferido tantas” (Ibid.; p. 57).
Las investigaciones de los tribunales chilenos sobre el caso fueron lentas y parciales; y peores fueron las efectuadas por un consejo de oficiales del Baltimore que lo calificó como producto de “un deliberado complot antinorteamericano, con participación o responsabilidad gubernativa a través de la policía porteña” (Ibid.; p. 58).
De este modo, el presidente de Estados Unidos, Benjamín Harrison, efectuó el 6 de diciembre ante el Congreso un muy duro ataque a Chile, señalando que “la caída del gobierno de Balmaceda trajo una condición de cosas que, desgraciadamente, es demasiado común en la historia de los Estados de Centro y Sudamérica”; e hizo suya la versión de los oficiales del Baltimore respecto de la gresca y de la muerte de los dos marineros estadounidenses. Y concluyó amenazadoramente que si Chile no daba una “plena y pronta reparación” llevaría de nuevo el caso al Congreso “para que se tomen las medidas que fueren menester” (Ibid.; p. 67).
Ante ello, el canciller Matta preparó una nota diplomática furibunda (“atrocidad diplomática” se le llamó) que fue ocultada y sustituida por el representante del nuevo gobierno en Estados Unidos, Pedro Montt. Pero que de todas formas fue entregado a la prensa por el mismo Matta cuando el Congreso chileno debatió el 11 de diciembre la intervención de Harrison. Con ello las relaciones entre ambos países quedaron virtualmente rotas, a tal punto que Egan ni siquiera asistió a las ceremonias de entronización del nuevo presidente de Chile, Jorge Montt, el 25 de diciembre.
Además, el 26 el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania le informó al embajador chileno Gonzalo Bulnes que “la Legación alemana en Washington creía que la guerra entre Estados Unidos y Chile era inminente” (Fredrick B. Pike.- Chile and the United States. 1880-1962; University of Notre Dame Press, 1963; p. 78). Y el ministro (embajador) en Londres, Agustín Ross, informó a la Cancillería que “el 4 de enero un alto funcionario del Foreign Office le reveló que de acuerdo a una información confidencial recibida de Washington, a menos que Chile se disculpara rápidamente, Estados Unidos le declararía la guerra y se apoderaría de territorios salitreros como indemnización” (Ibid.).
De este modo, no bastó para mejorar las relaciones la sustitución del canciller Matta por Luis Pereira el 31 de diciembre, ni una nota conciliatoria enviada por Pedro Montt al gobierno estadounidense el 8 de enero de 1892. Aunque el nuevo gobierno empeoró las cosas al pedirle al gobierno de Harrison reservadamente, el 20 de enero, que retirara como su ministro en Chile a Patrick Egan, ¡por considerarlo persona no grata! Y Harrison reaccionó con un ultimátum público al gobierno chileno el 21 de enero.
En él señalaba que el ataque a los marinos del Baltimore era “un ataque contra el uniforme de la Escuadra de los Estados Unidos, originado y motivado en sentimientos de hostilidad hacia el gobierno de los Estados Unidos y no en ningún acto de los marineros (…) El gobierno de los Estados Unidos está obligado a pedir (…) las satisfacciones indispensables y alguna reparación adecuada a los agravios inferidos”.
Y respecto de la nota de Matta, señalaba que pese a que no había sido comunicada formalmente había llegado a ser de conocimiento público, por lo que “el gobierno chileno queda entonces notificado de que a menos que dicha nota sea retirada inmediatamente y se pida excusas por ella, tan pública como la ofensa, las relaciones diplomáticas quedan terminadas” (Mario Barros.- Historia diplomática de Chile 1541-1938; Edit. Andrés Bello, Santiago, 1990; p. 530).
Junto con lo anterior, sin esperar la respuesta chilena, Harrison envió un mensaje al Congreso el 25 de enero que ponía las materias que abordaba “ante la atención del Congreso, para la acción que se estime adecuada” (Vial; p. 169). Era claramente una amenaza de guerra, más aún cuando “el alerta fue dado a la flota americana (sic), y lo recibieron todos sus almirantes” (Ibid.). Para evitar la guerra, el gobierno chileno cedió en toda la línea disculpándose públicamente y aceptando que judicialmente “la Corte Suprema de Estados Unidos o cualquier otro órgano arbitral preferido por Harrison resolviera el asunto” (Pike; p. 80).
Estados Unidos aceptó las disculpas públicas y logró una indemnización de 75 mil dólares a los familiares de las víctimas “según el daño sufrido, recibiendo los afectados por cabeza, desde 300 a 10.000 dólares (estos últimos a la familia de cada marino muerto)” (Vial; p. 171).
Aunque lo más turbio de todo fue que las equívocas actuaciones del secretario de Estado James G. Blaine (¡el mismo que durante la Guerra del Pacífico!) permiten presumir que el gobierno estadounidense ¡prefería ya extremar las cosas a que Chile continuara moderándose! Así, cuando Pedro Montt fue con muchas dudas a manifestarle el 20 de enero a Blaine que se pediría el retiro de Patrick Egan, el secretario de Estado –según Montt- no sólo no mostró molestia alguna, ¡sino que además lo incentivó al respecto y le ayudó a redactar la nota respectiva! (Ver Vial; p. 168)…
Esta es la cuarta parte de una serie de columnas titulada: Estados Unidos nunca ha sido aliado de Chile.
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