Cada octubre, cuando Chile conmemora la Reforma Protestante, reaparece una paradoja: una comunidad profundamente arraigada en nuestra historia continúa siendo descrita mediante viejas caricaturas. Una de ellas sostiene que las iglesias evangélicas latinoamericanas serían esencialmente una exportación política estadounidense.
La versión extrema apareció incluso en marzo de 2025 en las redes de la DW Español: allí se afirmó que los evangélicos habían aparecido en América Latina en los años setenta, “traídos por la CIA”, una afirmación absolutamente insostenible desde el punto de vista histórico.
¿Dónde quedan los cientos de líderes protestantes que trabajaron por la libertad religiosa durante el siglo XIX? Que Estados Unidos desarrollara estrategias anticomunistas y redes de diplomacia religiosa durante la Guerra Fría es históricamente documentable; que el evangelicalismo latinoamericano haya sido creado o introducido por la CIA es otra afirmación muy distinta y contrafactual.
Chile constituye una demostración particularmente clara. El avivamiento pentecostal de Valparaíso comenzó en 1909 y dio origen en 1910 a un pentecostalismo crecientemente autónomo, casi cuatro décadas antes de la creación de la CIA en 1947. Naturalmente existieron influencias transnacionales —Willis C. Hoover era estadounidense— y el historiador Javier Castro Arcos ha documentado rigurosamente redes evangélicas estadounidenses y formas de diplomacia religiosa operando en Chile durante la Guerra Fría.
Pero precisamente distinguir ambas cosas es fundamental: una cosa es estudiar influencias, redes e intereses internacionales y otra reducir la experiencia religiosa de generaciones de chilenos a una operación extranjera. Los trabajos de Juan Sepúlveda y otros especialistas muestran, por el contrario, un temprano proceso de generación autónoma del pentecostalismo chileno.
Detrás de esa simplificación puede reaparecer un prejuicio mucho más antiguo. El sociólogo Miguel Ángel Mansilla lo denominó en 2007 “canutofobia”, concepto retomado recientemente por el ya mencionado Dr. Castro Arcos para analizar la persistente caricatura del evangélico en el debate público chileno.
Mansilla mostró cómo el rechazo histórico al “canuto” estuvo asociado no solamente a diferencias religiosas, sino también a estereotipos de pobreza, ignorancia, fanatismo y marginalidad. Algunas representaciones contemporáneas parecen reproducir parte de esa mirada. En 2018, por ejemplo, una columna de opinión publicada por DW hablaba de democracias “en la tenaza” de iglesias neopentecostales y describía a personas necesitadas como “reclutadas” por pastores. Es legítimo —y necesario— examinar críticamente el poder político de iglesias y líderes religiosos; distinto es representar a sus fieles como una masa esencialmente manipulable, incapaz de abrazar una convicción religiosa por razones propias.
Al parecer, los criterios de la investigación periodística de algunos medios que parecían ser reputados, no solo se relajaron, sino que les resulta más rentable en likes y seguidores hacer uso de teorías conspirativas, en este caso, en la idea del “agente protestante de ultraderecha” En otras palabras, una nueva caricatura contra los evangélicos.
Brasil ofrece un ejemplo reciente de por qué debemos ser cuidadosos con estas caricaturas. En la primera vuelta presidencial del 4 de octubre de 2026, importantes sectores evangélicos respaldaron a Flávio Bolsonaro, pero el mundo evangélico estuvo lejos de comportarse como un bloque homogéneo: hubo pastores conservadores que rompieron públicamente con el bolsonarismo, denominaciones que apoyaron otras candidaturas y organizaciones que optaron por la neutralidad.
Pese a esa diversidad, durante el último año han continuado circulando explicaciones que reducen la presencia pública evangélica a una suerte de manipulación política, replicando la teoría de conspiración propagada por la DW de la relación CIA-Iglesias Evangélicas.
Algo semejante muestra la historia chilena. Mansilla ha documentado pentecostales vinculados durante el siglo XX al mundo obrero, sindical, radical y socialista. No se trata de reemplazar el estereotipo del “evangélico de derecha” por el del “evangélico de izquierda”, sino de reconocer que estamos ante ciudadanos y comunidades con trayectorias políticas propias y diversas.
En el mes de la Reforma conviene, entonces, volver nuestra mirada hacia esa historia real. Durante más de un siglo, iglesias evangélicas y pentecostales chilenas han construido comunidades en poblaciones y sectores rurales, acompañado a familias vulnerables, trabajado en cárceles y frente a las adicciones, y creado redes de solidaridad y pertenencia precisamente entre sectores que muchas veces permanecieron en los márgenes. Christian Lalive d’Epinay ya observó tempranamente este profundo arraigo popular del pentecostalismo chileno.
Nada de esto coloca a las iglesias fuera de la crítica pública: sus instituciones y dirigentes deben someterse al mismo escrutinio que cualquier actor social. Pero una cosa es criticar y otra caricaturizar. Explicar la fe de millones de latinoamericanos como el producto de una agencia extranjera no solo desconoce la evidencia histórica; termina negándoles su propia agencia. Los evangélicos no son huéspedes ni una importación reciente en la historia de Chile. Son parte de ella, y aun es más, es parte de la historia de muchos ciudadanos de los sectores más vulnerables del país, que se hayan representados por su fe en la arena pública.
Enviando corrección, espere un momento...
