Venimos del mismo país, estudiamos en las mismas universidades, tenemos los mismos problemas que el común de nuestros compatriotas, nuestras familias han pasado por las mismas dificultades y alegrías que todo chileno de esfuerzo. ¿Por qué cuando decimos que somos “evangélicos” nos tratan como forasteros?

Los evangélicos chilenos también somos chilenos. Parece obvio, pero estamos en tiempos donde necesario explicar lo evidente. Estamos presenciando una polémica que revela mucho de lo que somos como chilenos. Recientemente, el presidente electo nombró como ministra de la Mujer a Judith Marín. Ella es profesora de filosofía y castellano graduada de la USACH y militante del Partido Social Cristiano (PSC).

No pasaron 24 horas de su nombramiento y ya enfrenta críticas muy duras y discriminatorias. Vemos repetirse las palabras “fundamentalista”, “fanática” o “canuta” dichas con molestia, como si fuera despreciable ser evangélico. No me sorprende, porque yo como evangélico también he sido tildado de esa manera, como si ser evangélico en Chile fuera un pecado.

Los evangélicos somos muy diversos, pero a pesar de que nos separan varias diferencias muy normales entre los evangélicos, también tenemos varias coincidencias. Hay muchos que somos primera generación de profesionales universitarios de nuestras familias, que hemos experimentado la injusta experiencia de ser juzgados simplemente por lo que creemos.

Este tipo de trato es mucho más injustificable al considerar que somos nacidos en esta misma y hermosa nación en la que nuestros padres y abuelos trabajaron con mucho esfuerzo. Porque ellos también son chilenos, gente sacrificada que quería ver a sus hijos tener una vida mejor que la que ellos tuvieron.

Nosotros pudimos cumplir los sueños de esos chilenos trabajadores, entramos a la universidad y obtuvimos nuestros títulos, y podemos decir con alegría que podemos aspirar a un futuro mejor.

Pero cuando se sabe que somos evangélicos es como si se olvidaran de todo lo demás. Es verdad, no todos los evangélicos han dado ejemplo de su fe. ¿Pero en qué religión no pasa eso? Cada persona debe ser evaluada por su propio mérito. Lo que es más increíble todavía es que en el ámbito político quieren deslegitimar a algunos chilenos por el simple hecho de declararse evangélicos.

Venimos del mismo país, estudiamos en las mismas universidades, tenemos los mismos problemas que el común de nuestros compatriotas, nuestras familias han pasado por las mismas dificultades y alegrías que todo chileno de esfuerzo. ¿Por qué cuando decimos que somos “evangélicos” nos tratan como forasteros?

Esta especie de “canutofobia”, como dijo el historiador Javier Castro en una reciente columna en Radio Bío Bío, me hace pensar que tenemos la inmensa tarea como chilenos de buscar entendernos mejor.

Estamos tiempos en que los ideologismos abstractos tratan de separarnos, dividirnos y hacer que nos enfrentemos como enemigos. Ese ideologismo nos ha llevado a una polarización dañina para el tejido social y el único remedio es que volvamos a encontrarnos los unos con los otros como hijos de un mismo suelo. En Chile hay católicos, judíos, evangélicos, agnósticos, ateos y muchas otras tendencias en materia religiosa, pero todos somos chilenos.

Nuestro país es tolerante y plural, y en él los protestantes abrieron caminos de integración social y política desde el siglo XIX con grandes referentes que lucharon por la libertad de culto. Luego en el siglo XX aparecieron los movimientos autóctonos de Chile que llegaron hasta los rincones más lejanos de la patria y se anclaron en poblaciones a veces de mucho riesgo para entregar un mensaje de restauración a familias dañadas por la pobreza, el alcoholismo, las drogas y la violencia intrafamiliar.

De ese largo camino de lucha por la libertad religiosa, el pluralismo y la restauración familiar y social venimos muchos evangélicos que deseamos contribuir a nuestro país.

Los evangélicos chilenos somos variados y como chilenos que somos, queremos trabajar para los chilenos. Cada día somos más los que nos capacitamos para servir a nuestro país en distintas esferas de la vida. Lo hacemos desde la política y lo único que pedimos es un espacio para ejercer el derecho que se le da a todo chileno: la oportunidad de probar que realmente estamos buscando servir a Chile. Ese es mi compromiso y el de muchos más.