La historia es también un campo de batalla y el anuncio de la Sociedad Histórico-Militar de Rusia de que prepara un “libro de texto veraz” sobre la historia de Ucrania lo demuestra con particular claridad. El volumen, que será elaborado en Moscú, pretende explicar la “unidad del pueblo de la Antigua Rus” y el supuesto surgimiento del “ucranismo”, incluso para los escolares de los territorios ocupados por Rusia. No es una iniciativa académica inocente: es la continuación de una disputa por definir quién tiene derecho a contar la historia de Ucrania.
La entrevista a Ewa Thompson, “Revelando el imperialismo paneslavo ruso”, incluida en Descubriendo Ucrania. Su pueblo, su historia y su cultura, ofrece un marco especialmente útil para entender esta operación. Thompson, profesora emérita de Estudios Eslavos en Rice University y autora de Imperial Knowledge: Russian Literature and Colonialism, analiza cómo Rusia ha construido durante siglos una narrativa histórica y cultural destinada a justificar su expansión.
El mito de la unidad
Uno de los puntos centrales de Thompson es la necesidad de desconfiar de la idea de que los pueblos eslavos forman naturalmente una comunidad política. Que rusos, ucranianos, polacos, checos o serbios compartan una familia lingüística no significa que compartan la misma cultura ni la misma historia y que sus experiencias políticas fueron distintas y, en muchos casos, antagónicas.
Esta diferencia resulta particularmente importante en el caso de Ucrania y Bielorrusia. Mientras Moscovia permaneció durante siglos bajo el dominio mongol, buena parte de los territorios ucranianos y bielorrusos se integraron en el mundo lituano y posteriormente en la Mancomunidad Polaco-Lituana entrando en contacto con otras tradiciones políticas y jurídicas, incluida una concepción distinta de la organización estatal y de las libertades individuales.
La historia posterior tampoco fue uniforme. El este de Ucrania quedó progresivamente bajo dominio ruso desde la segunda mitad del siglo XVII, mientras que los territorios occidentales no estuvieron bajo control de Moscú hasta la Segunda Guerra Mundial. La diversidad histórica, por tanto, no es una anomalía reciente sino que forma parte de la propia formación de Ucrania.
El paneslavismo ruso transforma esa diversidad en una amenaza. La familia lingüística se convierte en destino político y la historia compartida en argumento para negar la soberanía. La Rus de Kyiv pasa así a ser presentada como una especie de Rusia primitiva, mientras que la identidad ucraniana aparece como una desviación posterior o una construcción artificial. El término “ucranismo”, utilizado de esta manera, deja de describir una identidad y se convierte en una acusación.
Imperio, recursos y cultura
Thompson también llama la atención sobre una dimensión que suele quedar relegada en las explicaciones culturales del imperialismo: la economía. La expansión rusa hacia Siberia y otros territorios estuvo relacionada con la explotación de recursos y las riquezas obtenidas contribuyeron a financiar el desarrollo de la metrópoli imperial, del mismo modo que el colonialismo europeo occidental permitió la acumulación de recursos y capital.
El problema, sostiene Thompson, es que esta dimensión económica del colonialismo ruso ha sido menos estudiada. La literatura rusa desempeñó, además, un papel central en la construcción de una narrativa que normalizaba la presencia imperial pues los escritores rusos presentaban como naturales territorios y experiencias que habían sido incorporados mediante la conquista, mientras las historias locales quedaban desplazadas e incluso borradas.
Durante el período soviético, la situación adquirió una nueva apariencia. El discurso comunista prometía superar las diferencias nacionales, pero con el tiempo, siguiendo a Thompson, ese internacionalismo terminó transformándose en chovinismo ruso. La cultura producida en el centro imperial, desde el ballet y la ópera hasta la literatura y la ciencia, podía presentarse como universal, mientras la riqueza de los territorios subordinados contribuía a sostenerla por medio del expolio.
El nuevo manual de historia anunciado en Moscú encaja en esa tradición. La palabra “verdad” no es aquí neutral. Si el relato comienza con la unidad de la Antigua Rus y termina identificando el “ucranismo” como una construcción artificial y falsa, el resultado ya está determinado: la historia de Ucrania es interpretada desde la perspectiva de la potencia que pretende dominarla.
¿Por qué fue tan difícil verlo?
Una de las partes más interesantes de la entrevista es la explicación de por qué el imperialismo ruso permaneció durante tanto tiempo fuera del centro de la discusión académica occidental.
Thompson señala ante esto una paradoja: la Unión Soviética apoyó numerosos movimientos anticoloniales de Asia y África y proporcionó dinero, armas y becas a intelectuales procedentes de esos territorios. Para muchos de ellos, Moscú aparecía como una potencia que ayudaba a liberar a los pueblos del colonialismo occidental. En ese contexto resultaba incómodo formular una pregunta sencilla: ¿qué ocurría con los pueblos y naciones sometidos dentro de la propia Unión Soviética?
La experiencia chechena, entre otras, mostraba que el imperio no había desaparecido. Sin embargo, la imagen de la URSS como fuerza anticolonial sobrevivió a su propio colapso y contribuyó a que el colonialismo ruso fuera tratado durante décadas como una categoría secundaria.
Esa persistencia también ayuda a explicar algunas lecturas occidentales de la invasión moscovita actual. Cuando Rusia presenta su invasión como una defensa de una comunidad histórica compartida, el argumento encuentra terreno fértil en una tradición intelectual que durante mucho tiempo observó el espacio postsoviético desde Moscú y lo entendió en clave rusa.
¿Puede Rusia cambiar?
Thompson es pesimista sobre la posibilidad de una transformación espontánea del imperialismo ruso. Su comparación con Alemania apunta a una cuestión incómoda: una sociedad puede abandonar un proyecto expansionista sólo cuando la derrota militar y la ocupación obligan a revisar sus fundamentos, pero no existe ninguna garantía de que lo haga voluntariamente.
Su distinción entre nacionalismo agresivo y nacionalismo defensivo resulta especialmente relevante para comprender a la Ucrania moderna. El primero busca ampliar el territorio y los recursos del Estado a costa de sus vecinos mientras que el segundo pretende preservar una comunidad política y cultural frente a una amenaza externa.
En ese sentido, Thompson observa que la guerra ha reforzado la identidad ucraniana y, al mismo tiempo, ha producido cambios que parecían difíciles de imaginar antes de 2022. Uno de ellos es la reconciliación entre Ucrania y Polonia, dos países cuya relación histórica estuvo marcada por conflictos, pero que hoy han construido una cooperación basada en el reconocimiento mutuo de sus fronteras y eso no es algo menor.
Europa ante el fracaso de su propia política
La crítica de Thompson no se limita a Rusia. También cuestiona la política europea, especialmente la alemana, por haber asumido durante muchos años que la interdependencia económica podía modificar el comportamiento ruso.
La dependencia europea del gas y el petróleo rusos, junto con la idea de que Moscú había abandonado sus ambiciones expansionistas, terminó demostrando sus límites. Para Thompson, el problema no fue solamente un error de cálculo económico, sino una comprensión insuficiente de la naturaleza del régimen ruso.
La consecuencia, propone ella, debería ser una revisión del liderazgo europeo. Si los principales países del continente fueron incapaces de interpretar correctamente las señales procedentes de Rusia, quizá sea necesario escuchar más a las sociedades que históricamente estuvieron en la periferia del imperio.
Una disputa por la memoria
El futuro “libro de texto veraz” anunciado por Moscú revela que la guerra no se libra únicamente en el campo de batalla. También se disputa en las escuelas, los museos, las universidades y los libros de historia.
Ese es, finalmente, el aporte central de la entrevista de Ewa Thompson. Entender el imperialismo ruso exige dejar de mirar la historia de Europa Oriental exclusivamente desde Moscú. Ucrania no necesita que otra potencia le conceda una historia propia: necesita que se reconozca su derecho a contarla.
La memoria, en este contexto, no es un complemento de la política, es parte de la soberanía y cuando un Estado intenta imponer su propia versión de la historia en los territorios de otro país, escribir un manual escolar se convierte en otra forma de ocupación.
Este artículo resume el capítulo/entrevista “Revelando el imperialismo paneslavo ruso”, de Ewa Thompson, incluido en el libro Descubriendo Ucrania: Su pueblo, su historia y su cultura (Editorial Poliedro, 2022), compilado y editado por Olena Palko y Manuel Férez Gil. Forma parte de una serie de publicaciones que recorren, capítulo a capítulo, los distintos aportes de la obra con el objetivo de acercar sus contenidos a un público más amplio.
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