El incendio había dejado libros chamuscados, cubiertas ennegrecidas y páginas que ya no llegarían a sus lectores. Tras un ataque ruso contra un almacén editorial en Járkiv, algunos de los ejemplares recuperados fueron llevados posteriormente a un festival literario en Leópolis. Eran los llamados «libros que sobrevivieron», restos materiales de una guerra que también ha golpeado imprentas, depósitos, bibliotecas y librerías.

La imagen plantea una pregunta que va más allá de la destrucción de objetos: ¿qué se pierde cuando arden libros?

En Ucrania, la pregunta tiene una profundidad histórica particular. La literatura ha ayudado durante siglos a conservar lenguas y memorias, pero también a discutir formas de pertenencia e imaginar comunidades. Ha sido, a la vez, perseguida, censurada y destruida. Esa relación entre literatura e historia ocupa el centro de La historia ucraniana a través de la literatura, la conversación con la crítica literaria Tamara Hundorova incluida en Descubriendo Ucrania: su pueblo, su historia y su cultura.

Su propuesta no consiste simplemente en recorrer una lista de grandes autores. Leer la historia de Ucrania a través de sus escritores, como propone Hundorova, significa seguir las diferentes —y a veces contradictorias— maneras en que distintas generaciones discutieron qué era Ucrania, qué lengua podía expresarla y qué lugar ocupaba entre diferentes mundos culturales.

Inventar una tradición

Hundorova sitúa las raíces de la tradición escrita ucraniana en el período de la Rus de Kyiv, aunque el nacimiento de la literatura moderna corresponde a una época muy posterior. Entre ambas existe una larga historia de transformaciones políticas, culturales y lingüísticas.

El punto de inflexión llega con Ivan Kotliarevsky y su Eneida. La elección era, en apariencia, provocadora: tomar el gran poema latino de Virgilio y convertirlo en una parodia protagonizada por cosacos. Pero el gesto decisivo estaba en la lengua. Kotliarevsky escribió en la lengua vernácula ucraniana y convirtió un relato clásico en una celebración irreverente de la vida cotidiana, las costumbres y el habla de su entorno.

La importancia de Eneida iba más allá de su ingenio. Mostraba que aquella lengua podía convertirse en materia literaria y expresar sátira, imaginación y una visión propia del mundo. La literatura moderna ucraniana comenzaba así, significativamente, con una transformación: Virgilio volvía a aparecer en escena, pero sus héroes hablaban de otra manera.

Ese proceso alcanzó una dimensión incomparable con Tarás Shevchenko. Para un lector poco familiarizado con Ucrania, su lugar en el canon puede compararse con el de un fundador de la imaginación nacional moderna. Su colección Kobzar, publicada por primera vez en 1840, se convirtió en mucho más que un libro de poemas.

Shevchenko escribió sobre los cosacos, la servidumbre, la pérdida de la libertad y la experiencia de vivir bajo dominación imperial. Pero su importancia no puede reducirse a la política. Dio a la lengua ucraniana una potencia poética que contribuyó decisivamente a consolidarla como lengua de alta cultura. Con el tiempo, Kobzar se convirtió también en un objeto de memoria colectiva: generaciones de lectores encontraron en esos poemas una forma de nombrar experiencias históricas compartidas.

La historia literaria que reconstruye Hundorova muestra así que una tradición no aparece de una vez ni avanza siguiendo una línea recta. Se construye mediante obras, autores y lectores que vuelven constantemente a decidir qué merece ser recordado.

Discutir Ucrania

Construir una tradición no resolvió la pregunta sobre qué era Ucrania. En realidad, abrió nuevas discusiones. La cultura que recorre Hundorova se formó en contacto permanente con otros mundos. Sus escritores participaron en debates europeos, dialogaron con tradiciones polacas y rusas y respondieron a las condiciones políticas de los imperios bajo los cuales vivieron. Hubo prohibiciones y presiones de asimilación, pero también intercambios, préstamos y tensiones internas.

La cuestión, por tanto, no era únicamente cómo conservar una identidad, sino qué identidad se quería construir.

Lesya Ukrainka ayuda a entender esa complejidad. Poeta, dramaturga e intelectual, su obra rompe con la imagen de una cultura limitada al paisaje rural o al folclore. Situó la literatura ucraniana en conversación con temas clásicos, europeos y universales. Sus personajes podían moverse entre la Antigüedad, el cristianismo temprano y los grandes conflictos morales de la modernidad.

La afirmación de una literatura ucraniana no implicaba, por tanto, encerrarse en lo local. Podía significar exactamente lo contrario: utilizar una tradición propia para entrar en conversaciones más amplias. Ivan Franko y Olha Kobylianska, desde trayectorias diferentes, también participaron en esa expansión, abordando transformaciones sociales y nuevas preguntas sobre la sociedad y el lugar de las mujeres.

La lengua ocupó inevitablemente un lugar central. En un territorio atravesado por imperios y marcado por una historia multilingüe, escribir en una determinada lengua podía ser una decisión cultural y política. Pero tampoco aquí existía una respuesta única. La literatura ucraniana surgió en espacios donde convivían varios idiomas y donde las propias identidades de los autores podían ser complejas.

Más que resolver esas contradicciones, la literatura las puso sobre la página.

Recuperar lo perdido

El siglo XX convirtió muchas de esas tensiones en tragedia. Revolución, guerra, construcción del régimen soviético y represión alteraron radicalmente el mundo cultural ucraniano.

Uno de los símbolos más poderosos de ese período es el llamado Renacimiento fusilado, nombre con el que se recuerda a una generación de escritores, artistas e intelectuales que protagonizó una extraordinaria renovación cultural en las décadas de 1920 y 1930 y que fue posteriormente destruida por la represión estalinista. Muchos fueron arrestados, enviados a campos o ejecutados.

No se trata sólo de una metáfora sobre una cultura silenciada. Escritores concretos desaparecieron del espacio público, sus obras fueron prohibidas o marginadas y la historia literaria quedó marcada por ausencias difíciles de reparar. No todo sobrevivió.

Por eso, tras la independencia, recuperar nombres prohibidos y reeditar obras olvidadas fue también reconstruir una memoria fragmentada. Pero aquella recuperación no consistía simplemente en devolver los textos al lugar que habrían ocupado antes de la represión. Planteaba nuevas preguntas: por qué habían sido silenciados, cómo debían ser leídos y qué imagen de Ucrania cambiaba cuando esas voces regresaban.

La guerra actual ha introducido otra ruptura. Desde 2014 y, especialmente, desde la invasión a gran escala de 2022, la ocupación, el desplazamiento, la muerte y la vida cotidiana bajo las alarmas aéreas han entrado inevitablemente en la escritura. Al mismo tiempo, textos anteriores sobre imperio, violencia o pérdida adquieren resonancias nuevas cuando se leen desde la experiencia presente.

La historia literaria no cambia porque cambien las palabras impresas, sino porque cambia el mundo desde el que volvemos a leerlas.

Los libros que quedan

Por eso resulta difícil regresar a la imagen inicial sin verla de otra manera.

Los libros quemados en Járkiv representan una pérdida concreta para autores, editoriales y lectores. Una cultura necesita imprentas, bibliotecas, librerías y depósitos; necesita instituciones que permitan que un texto circule y encuentre a quien lo lea. En una guerra, nada de eso está garantizado.

Pero la conversación con Tamara Hundorova añade una perspectiva más larga. La literatura ucraniana ha atravesado interrupciones profundas. Una lengua vernácula se convirtió en instrumento de creación literaria; escritores ampliaron las fronteras culturales de Ucrania; una generación fue destruida por la represión y otras tuvieron que recuperar después sus nombres y sus obras.

Los «libros que sobrevivieron» dicen, así, algo más que una fotografía de la pérdida. La supervivencia nunca significa salir indemne. La tradición literaria ucraniana ha conocido pérdidas irreparables, pero también ha continuado porque nuevas generaciones han vuelto a leerla, discutirla y encontrar en ella significados diferentes.

Los ejemplares recuperados de un incendio conservan las marcas del fuego. Otros millones se han perdido para siempre.

Pero la conversación que propone Hundorova ayuda a entender por qué siguen importando. Para comprender Ucrania también hay que seguir las muchas maneras en que sus escritores imaginaron qué podía ser ese país: no una esencia fija que hubiera permanecido idéntica durante siglos, sino una pregunta discutida una y otra vez desde la literatura.

Y quizá esa sea la mejor forma de regresar a los libros de Járkiv. En medio de una guerra que puede destruirlos físicamente, todavía conservan una capacidad que ninguna estantería garantiza por sí sola: permitir que cada generación vuelva a discutir, desde sus propias circunstancias, la historia que heredó.

Este artículo resume el capítulo/entrevista “La historia ucraniana a través de la literatura”, de Tamara Hundorova, incluido en el libro Descubriendo Ucrania: Su pueblo, su historia y su cultura (Editorial Poliedro, 2022), compilado y editado por Olena Palko y Manuel Férez Gil. Forma parte de una serie de publicaciones que recorren, capítulo a capítulo, los distintos aportes de la obra con el objetivo de acercar sus contenidos a un público más amplio