Cada 18 de agosto, Chile conmemora el Día de la Solidaridad, instituido en 1994 en memoria de San Alberto Hurtado. Esta fecha nos invita a reconocer una cualidad profundamente arraigada en nuestro país, que se hace especialmente visible durante las emergencias.
Cuando una catástrofe golpea alguna zona de Chile, miles de personas se movilizan para aportar dinero, alimentos, abrigo, tiempo o trabajo. Esa respuesta espontánea es valiosa. Pero el verdadero desafío consiste en lograr que la solidaridad no sea únicamente una emoción provocada por la emergencia.
En la tradición judía existe un concepto llamado tzedaká. La palabra proviene de la misma raíz hebrea de tzedek, que significa justicia. La tzedaká no entiende la ayuda como un gesto extraordinario de generosidad ni como una concesión de quien tiene hacia quien carece. La concibe como una responsabilidad. Si una persona atraviesa una situación de necesidad, ayudarla no es solamente un acto bondadoso: es una manera de restablecer una justicia que ha sido dañada.
Esta diferencia cambia profundamente la relación entre quien entrega y quien recibe. En la caridad mal entendida existe el riesgo de mirar al otro como objeto de nuestra generosidad. La tzedaká, en cambio, nos sitúa frente a una persona cuya dignidad es igual a la nuestra. No ayudamos para sentirnos mejores, sino porque comprendemos que ninguna sociedad puede considerarse justa mientras algunos de sus integrantes quedan abandonados a su suerte.
Maimónides, uno de los grandes pensadores de la tradición judía, describió distintos niveles de tzedaká. Entre sus formas más elevadas situó aquella que permite a una persona recuperar su autonomía y dejar de depender de la ayuda ajena. No basta, por tanto, con aliviar una necesidad inmediata. El propósito más profundo es contribuir a que quien ha sufrido pueda ponerse nuevamente de pie, tomar decisiones y reconstruir su vida con libertad.
Otro concepto central de la tradición judía es tikún olam, expresión que puede traducirse como “reparar el mundo”. En su uso contemporáneo, alude a la responsabilidad que tenemos de actuar frente a aquello que está quebrado en la sociedad. No supone que una persona pueda solucionar todos los problemas ni que esté en sus manos completar una tarea tan inmensa. Significa reconocer que cada uno puede reparar el fragmento del mundo que tiene a su alcance.
La tzedaká y el tikún olam se complementan. La primera nos conduce hacia la persona que necesita apoyo; el segundo nos recuerda que su sufrimiento no está separado del mundo que compartimos. Uno responde a la urgencia concreta. El otro nos impulsa a preguntarnos qué debemos hacer para reconstruir y prevenir, para que la ayuda no termine cuando se apagan las cámaras o desaparece la emergencia de las noticias.
Como judíos chilenos, estas enseñanzas han acompañado nuestra manera de comprender la pertenencia al país. Cada vez que alguna zona de Chile ha sido golpeada por una catástrofe, nuestra comunidad ha procurado hacerse presente, muchas veces de forma silenciosa y en coordinación con quienes conocen las necesidades del territorio. No hemos sentido que estuviéramos ayudando a personas ajenas, sino acompañando a compatriotas cuya pérdida también nos concierne.
Esa diferencia es fundamental. La solidaridad no consiste en que unos, desde una posición segura, acudan al rescate de otros. Consiste en reconocer que formamos parte de una misma realidad y que la vulnerabilidad de cualquier persona podría ser la nuestra. En un país marcado por terremotos, incendios, inundaciones y otras emergencias, nadie puede asegurar que siempre estará del lado de quien entrega ayuda. En distintos momentos de la vida podemos ser quienes sostienen o quienes necesitan ser sostenidos.
Quizá por eso los gestos más valiosos no siempre son los más visibles. Una herramienta que permite volver a trabajar, un estanque que asegura el acceso al agua, un colchón, una comida caliente o una conversación respetuosa pueden parecer respuestas pequeñas frente a la magnitud de una catástrofe. Pero cada una devuelve algo que se había perdido: seguridad, autonomía, confianza o la certeza de seguir formando parte de una comunidad.
El Día de la Solidaridad no debiera servir únicamente para celebrar nuestra capacidad de reaccionar cuando Chile enfrenta una tragedia. También puede invitarnos a pensar qué lazos construimos antes de que ocurra una emergencia y cuánto tiempo estamos dispuestos a permanecer después de ella. La reconstrucción material requiere recursos; la reconstrucción humana necesita, además, presencia, escucha y continuidad. Porque reconstruir una casa puede requerir materiales y trabajo. Reconstruir una vida requiere, además, saber que no estamos solos.
Enviando corrección, espere un momento...
