Alberto Hurtado fue una figura decisiva en la historia de Chile. Su aporte a la conciencia social del país contribuyó a forjar un modo particular de ser Iglesia, profundamente comprometido con la realidad humana y social. En su tiempo llamó a los jóvenes, especialmente universitarios, a mirar de frente los problemas de su época, interpretarlos a la luz del Evangelio y sumarse en su transformación.
Asumió también la tarea de acoger el naciente magisterio social de la Iglesia, expresado en la encíclica Rerum Novarum de León XIII, publicada en medio de las profundas tensiones de la revolución industrial.
Aquella encíclica buscó responder a la “cuestión obrera” y denunciar las injusticias que afectaban a millones de trabajadores. Hurtado comprendió que la fe no podía permanecer al margen de esos desafíos y dedicó su vida a traducirla en obras concretas. Fue un hombre inquieto, profundamente atento a las preguntas y los signos de los tiempos.
En uno de sus libros formuló una pregunta que marcó la reflexión creyente y social del país: ¿Es Chile un país católico? Más que una cuestión estadística o confesional, buscaba remover las conciencias frente a una realidad marcada por profundas desigualdades. Desde la perspectiva del Evangelio contempló la pobreza, la precariedad y la exclusión que afectaban a niños, familias, obreros, mujeres trabajadoras y personas mayores. En cada rostro reconoció el rostro de Cristo y puso a su servicio, todos sus talentos y capacidades.
De esa convicción nacieron obras que siguen siendo un referente para el país: el Hogar de Cristo, la Acción Sindical Chilena (ASICH), la revista Mensaje, sus escritos, su acompañamiento espiritual y su trabajo con jóvenes universitarios. Su Santidad no fue una evasión de las problemáticas del mundo, sino una forma radical de comprometerse con él.
Desde estas perspectivas históricas, resulta interesante imaginar cómo recibiría hoy el Padre Hurtado la primera encíclica del Papa León XIV. Con qué entusiasmo recorrería sus páginas, en qué conceptos centraría su atención y, sobre todo, qué iniciativas emprendería después, fiel a su condición de ser un contemplativo en la acción.
Así como acogió las enseñanzas de Rerum Novarum para responder a los dilemas de la sociedad industrial, probablemente recibiría hoy Magnifica Humanitas como una brújula para discernir los desafíos de la inteligencia artificial y del poder tecnológico. Su atención se dirigiría especialmente a lo que León XIV titula el “paradigma tecnocrático y el poder digital”, donde la lógica de la eficiencia corre el riesgo de convertirse en la única medida del valor humano; y las personas siendo reducidas a datos o recursos optimizables.
Hurtado encontraría en Magnifica Humanitas una invitación para discernir nuevos caminos y proteger la dignidad del trabajador. Como señala León XIV, “el trabajo no es un simple instrumento, sino que expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida” (MH, 149).
Cuestionaría junto con el Papa “los nuevos modos de trabajar, reconociendo que no necesariamente son mejores, porque mientras la IA promete impulsar la productividad haciéndose cargo de tareas ordinarias, a menudo los trabajadores se ven obligados a adaptarse a la velocidad y a las exigencias de las máquinas, en lugar de que estas últimas estén diseñadas para ayudar a quienes trabajan” (MH 150).
Con estas propuestas de San Alberto Hurtado y Magnifica Humanitas queda abierta una nueva pregunta “Hurtadiana”: ¿Qué haría Cristo en la era digital?
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