En política, el organigrama dice una cosa y la realidad, últimamente, parece contar un chiste distinto. Chile tiene un Presidente, un Ministro del Interior encargado de la conducción política, un Canciller encargado de las relaciones exteriores, un Ministro de Defensa encargado de la defensa y un Ministro de Hacienda encargado de las cuentas fiscales. En teoría.

Porque después de cinco meses de gobierno la pregunta ya no parece exagerada: ¿quién manda realmente en La Moneda?

Partamos por Hacienda.

Jorge Quiroz ha acumulado un poder que comienza a exceder largamente la calculadora. Primero fueron sus diferencias con Vivienda. Iván Poduje incluso tuvo que recordar públicamente que tenía “un solo jefe”. Curiosa aclaración. Cuando un ministro necesita explicar quién es su jefe, probablemente es porque alguien más está haciendo méritos para el cargo.

Después vino algo bastante más serio.

Quiroz impulsó la reserva de constitucionalidad que terminó llevando parte de la megarreforma al Tribunal Constitucional. ¿Quién no estaba enterado? Nada menos que Claudio Alvarado, ministro del Interior y encargado de la conducción política del Gobierno.

Alvarado reconoció públicamente que desconocía el requerimiento. Y Quiroz respondió que no era su responsabilidad “informar a cada persona”. Claro. El pequeño detalle es que esa “persona” era el ministro del Interior.

Pero si alguien pensaba que el problema terminaba ahí, aparece Defensa.

Por segunda vez Fernando Barros entra en materias delicadas de la relación con Estados Unidos. Primero cuestionó la confiabilidad de la relación bilateral por los aranceles; ahora intervino frente a declaraciones estadounidenses relacionadas con la doctrina Monroe y la Corte Penal Internacional.

El propio canciller Francisco Pérez Mackenna ha debido recordar algo bastante elemental: “Las negociaciones las lleva Cancillería”. Traducido al castellano: ministro Barros, gracias, pero su escritorio queda en otro ministerio.

Una vez es una opinión. Dos veces comienza a parecer mudanza. Entonces tenemos a Hacienda haciendo política, Interior enterándose después y Defensa practicando de canciller.

Mientras tanto, Deportes aportó su propia cuota al espectáculo: Natalia Duco terminó fuera del gabinete después de la controversia por el uso de un vehículo fiscal para asistir a una actividad que terminó incluyendo asado y karaoke – supongo que el chaman no leyó eso en la luna y por eso no le avisó que los vehículos fiscales no son para carretear-.

A estas alturas uno ya no sabe si estamos frente a un gabinete o a ese momento de una reunión familiar en que todos hablan al mismo tiempo y nadie recuerda quién había organizado el almuerzo.

El problema, sin embargo, es bastante serio. Porque cuando Hacienda invade la conducción política, Defensa entra en política exterior y el ministro del Interior desconoce decisiones relevantes del propio gobierno, no estamos hablando simplemente de “problemas de comunicación”. Estamos hablando de falta de autoridad.

Y ahí aparece inevitablemente José Kast.

Los chilenos eligieron un Presidente. No eligieron a Quiroz para ser presidente económico, a Barros para ser canciller suplente ni a Alvarado para enterarse por la prensa de lo que ocurre dentro de su propio gabinete. Kast llegó prometiendo orden, autoridad y mando.

Bueno, Presidente: llegó la hora de ejercerlos. Porque mirando el espectáculo de estos días, uno empieza a sospechar que en La Moneda existe una novedosa forma de gobierno: cada ministro gobierna lo que bien se le ocurre.

Quiroz gobierna la billetera y un poco más. Barros, además de Defensa, se entusiasma con Relaciones Exteriores. El canciller debe recordar que todavía existe Cancillería. Y el ministro del Interior, que se supone coordina a todos, se entera después.

Solo falta que el ministro de Agricultura anuncie la política monetaria y que el presidente del Banco Central pregunte por WhatsApp qué pasó.

Lo más curioso es que José Kast llegó a la Presidencia prometiendo recuperar el principio de autoridad. El hombre que iba a poner orden en Chile parece tener primero que averiguar quién está dando las órdenes dentro de su propio Gobierno.

Quizás la próxima reunión de gabinete debería comenzar de una manera muy sencilla: repartir una hoja a cada ministro explicándole cuál es su ministerio, cuáles son sus atribuciones y, de paso, quien es el Presidente de la República.
Porque a este ritmo el problema de Kast ya no es que sus ministros se equivoquen.

El problema es que cada uno parece haberse convencido de que puede ser un poquito Presidente. Y cuando en un gobierno aparecen cinco presidentes informales, normalmente significa que el formal está mandando bastante poco. Kast prometió poner orden en Chile. Por ahora, podría partir por La Moneda.