La entrega mensual de la encuesta LCN se realizó la semana pasada. Se diseñó una batería de preguntas para caracterizar líderes en el marco de un escenario de crisis de legitimidad y de desafección institucional, que son factores que han ido apareciendo muy relevantes en las dos últimas elecciones. Esta columna recorre el análisis de los líderes políticos en el marco de este contexto.
Como hemos insistido, la política chilena empieza a mostrar una estructura más compleja que la tradicional división entre izquierda, centro y derecha. Las evaluaciones de dirigentes, las preferencias valóricas, los niveles de anomia, la relación con las instituciones y las correlaciones entre liderazgos permiten observar algo distinto: existen verdaderos ecosistemas políticos, espacios en los que determinadas figuras encuentran públicos que comparten no solo una orientación ideológica, sino también una manera de entender el progreso, el orden, la igualdad, el mérito y el papel de las instituciones.
Comprender esta multidimensionalidad es crucial porque las cargas históricas del significado de decir, por ejemplo, “centro” suelen generar una confusión, imaginándonos clases medias institucionalistas, moderadas, deudoras de épocas concertacionistas, en esa síntesis histórica de Chile que alguna vez he caracterizado con la fórmula Portales dividido por el Padre Hurtado.
Pero esta mirada sobre el centro, por solo dar este ejemplo, ya no es plenamente así. Es cierto solo entre un tercio o un cuarto de quienes se declaran de centro. El resto está en un lugar muy distinto. Esto es crucial porque las encuestas tienen problemas para ‘llenar’ el significado de lo que miden, eso es parte de su gracia y de sus problemas.
Hay que mejorar el mapa para comprender el territorio.
Por otro lado, la cuestión relevante ya no es únicamente quién obtiene una mejor evaluación, sino qué clase de territorio social existe detrás de cada liderazgo y hasta dónde ese territorio puede expandirse.
La primera constatación es que la sociedad encuestada consolida una modificación importante en términos de valores. Históricamente los valores principales siempre eran igualdad (preferencia de los encuestados de izquierda) y orden (preferencia de los encuestados de derecha). La situación se ha modificado.
Actualmente “igualdad” y “progreso” ocupan un lugar especialmente importante en el sistema de valores, mientras “orden” y “libertad” constituyen un segundo conjunto de orientaciones por debajo. Aun cuando ”igualdad” se mantiene en posición, ha tenido una historia muy móvil en los últimos quince años, moviéndose al alza entre 2011 a 2021 (llegando a 55% como máximo) y luego llegando al tercer lugar el año pasado con su puntaje más bajo de orden del 25%. Hoy desde el cambio de gobierno ha subido diez puntos desde el puntaje del año pasado.
La segunda constatación es todavía más importante. La desafección institucional no equivale necesariamente a anomia. Hay personas que consideran que las instituciones no las protegen, que las élites no valoran su forma de vida o que el futuro del país resulta incierto y, sin embargo, conservan una fuerte adhesión a las reglas, al esfuerzo y a mecanismos convencionales de movilidad.
Esto permite distinguir entre quienes desean sustituir o transformar instituciones y quienes han comenzado a desvincularse normativamente de ellas. Esa diferencia es decisiva para interpretar los liderazgos que aparecen como disruptivos.
Franco Parisi
Franco Parisi es probablemente el caso donde esta distinción resulta más fértil. Su espacio político no se entiende bien si se lo considera simplemente como “centro”. Quienes se sienten atraídos por él muestran una combinación de aspiración económica, valoración del progreso, confianza relativamente importante en el mérito y una relación crítica con el sistema político. No es el electorado que piensa que todo está perdido; es más bien el que considera que podría avanzar si el entramado institucional dejara de obstaculizarlo. De allí la expresión que mejor parece describirlo: desencanto aspiracional.
La singularidad de Parisi consiste en que su desafección no necesita convertirse en una ideología completa. Puede convivir con orientaciones económicas bastante convencionales, con la expectativa de movilidad y con la convicción de que el esfuerzo personal debería producir resultados. Su crítica está dirigida menos contra la posibilidad del progreso que contra quienes administran sus vías de acceso. Es un electorado que puede sentirse excluido sin considerarse derrotado. Esta diferencia explica por qué su discurso puede sobrevivir a episodios de baja valoración personal: la demanda que representa puede ser más resistente que el propio liderazgo.
Ese espacio tiene, sin embargo, una dificultad. La viabilidad atribuida a Parisi es bastante superior a su valoración general. Muchas personas pueden creer que tiene condiciones para volver a disputar una elección sin necesariamente apreciarlo demasiado. Esto hace de él un actor con una forma peculiar de capital político: es imaginable electoralmente incluso por quienes no lo desean. Pero una candidatura capaz de permanecer en el sistema no es necesariamente una candidatura capaz de construir una mayoría. Su problema futuro es convertir reconocimiento y disconformidad en confianza.
Evelyn Matthei
Evelyn Matthei representa casi el fenómeno inverso. Su principal fortaleza no es poseer un núcleo extremadamente homogéneo, sino ser aceptable para públicos diferentes. Su perfil valórico es menos unilateral: entre quienes la evalúan favorablemente conviven progreso e igualdad, y su ubicación ideológica es bastante más cercana al centro que la de los liderazgos más duros de la derecha. Esto reduce la resistencia que produce y amplía potencialmente su electorado.
Pero esa transversalidad tiene un costo. En el mapa de correlaciones, Matthei aparece prácticamente sola, no pertenece a un nicho ecológico específico (aunque podría crearlo a condición de no operar con las estructuras vigentes). Quienes la valoran no son necesariamente las mismas personas que valoran a Kast, Kaiser, Poduje o Quiroz; tampoco constituyen una familia claramente vinculada con los liderazgos de centroizquierda. Esa soledad puede ser interpretada como un enorme activo para una segunda vuelta, pero también como una debilidad para llegar hasta ella. En política electoral existen dos competencias diferentes: primero hay que ser el candidato de alguien; después hay que intentar ser el candidato de muchos.
La ausencia de un nicho ecológico fuerte significa que Matthei puede disponer de electores potenciales sin contar necesariamente con un bloque que la considere insustituible. Los liderazgos transversalmente aceptables suelen tener ventajas en las elecciones amplias, pero pueden sufrir cuando la nominación depende de militantes, élites partidarias, activistas o votantes fuertemente identificados. Su desafío no parece consistir en moderarse todavía más, sino en transformar una valoración dispersa en una coalición política reconocible.
José Antonio Kast
José Antonio Kast enfrenta exactamente el problema contrario. Su entorno político constituye uno de los ecosistemas más densos de la encuesta. Las personas que valoran su gobierno tienden también a evaluar positivamente a Kaiser, Pinochet, Poduje y Quiroz, mientras manifiestan evaluaciones fuertemente negativas hacia Boric, Vallejo, Jara o Allende. Aquí sí hay una familia política claramente estructurada. Kast no necesita descubrir quiénes son los suyos; necesita determinar cuántos otros pueden incorporarse.
Y aquí aparece uno de los hallazgos más interesantes del análisis. El electorado más favorable a Kast no es especialmente anómico. Por el contrario, presenta una relación relativamente fuerte con el institucionalismo. Valora especialmente el orden, el progreso y la libertad, concede enorme relevancia al mérito y conserva una relación bastante firme con la idea de reglas e instituciones.
Esto obliga a corregir una interpretación frecuente: la derecha disruptiva no necesariamente está compuesta por individuos que quieran vivir sin normas. Puede estar integrada por personas que consideran que el sistema actual es incapaz de producir las normas y el orden que desean. O quizás el tribalismo que han vivido los sectores extremos del arco ideológico los ha llevado a una comunicación disruptiva que no se relaciona con un objetivo disruptivo. Es difícil vislumbrar cómo esta combinación pueda funcionar, pero es lo que se verifica.
La disrupción kastista, por tanto, puede ser profundamente institucional en su finalidad. El conflicto no sería entre instituciones y ausencia de instituciones, sino entre la institucionalidad existente y una demanda por otra institucionalidad, más eficiente, más jerárquica y más coherente con determinados principios de orden y mérito. Esto ayuda a entender por qué determinados discursos de ruptura administrativa o política pueden convivir con públicos personalmente poco anómicos.
El problema de Kast aparece fuera de ese núcleo. Una familia política cohesionada puede garantizar supervivencia, capacidad de movilización y centralidad dentro de un sector, pero también puede generar fronteras muy rígidas. Las correlaciones negativas con el universo de izquierda son extraordinariamente intensas. Si el juicio sobre su gobierno continúa deteriorándose, la cohesión del núcleo puede no ser suficiente para recuperar capacidad expansiva. Su desafío no es crear identidad: es evitar que una identidad muy sólida se transforme en techo.
Boric, Vallejo y Jara
Gabriel Boric ocupa la posición simétrica y en las antípodas de Kast. Su importancia futura no puede ser medida solamente por su evaluación presente porque posee algo que ningún otro dirigente de ese espacio tiene en igual grado: la experiencia presidencial. Un expresidente dispone de redes, reconocimiento, memoria política, experiencia de campaña y capacidad para intervenir en la selección de sucesores. Aunque otra figura sea más popular en un momento determinado, Boric puede continuar funcionando como punto de referencia de toda una generación política.
Esto resulta particularmente visible cuando se examina la densidad de las correlaciones entre Boric, Vallejo y Jara. No son simplemente tres dirigentes de izquierda. Son expresiones de una misma ecología electoral. Las personas que valoran a uno tienden extraordinariamente a valorar a los otros; comparten una fuerte orientación hacia la igualdad y una visión considerablemente crítica de las explicaciones puramente meritocráticas de la riqueza. Este universo posee una identidad política mucho más definida que el de Matthei y más comparable, en densidad, con el ecosistema de Kast.
Pero esa misma densidad crea un problema sucesorio. Cuando distintos dirigentes comparten casi exactamente el mismo territorio electoral, cada nuevo liderazgo debe demostrar por qué debería representar al conjunto. El problema de Vallejo y Jara no consiste exclusivamente en conquistar nuevos electores, sino en justificar por qué ellas —y no Boric u otra figura de la misma familia— deberían heredar la representación de ese espacio.
Camila Vallejo presenta probablemente el núcleo más intenso de esta familia. Produce evaluaciones muy altas entre quienes la favorecen y muy negativas entre quienes la rechazan. Su figura parece especialmente apta para movilizar identidad, militancia y adhesión emocional. Su dificultad está en la expansión. La intensidad de un núcleo constituye una enorme ventaja para una primaria, una campaña ideológica o un proceso de movilización, pero puede convertirse en un problema cuando la elección exige disminuir el rechazo de quienes se encuentran fuera del grupo.
Jeannette Jara posee una estructura muy semejante. Comparte casi exactamente el universo valórico y político de Vallejo, con una fuerte prioridad por la igualdad y una visión crítica de las instituciones existentes. Sin embargo, su reconocimiento como figura presidencial futura es menor. Eso significa que su desafío es doble: debe diferenciarse dentro de la misma familia y, simultáneamente, demostrar viabilidad fuera de ella. En términos ecológicos, Jara todavía no ha construido un nicho distinto; habita principalmente uno ya ocupado.
La relación de Boric, Vallejo y Jara con la institucionalidad merece también una precisión. Sus públicos aparecen menos institucionalistas que los núcleos de la derecha dura, pero eso no implica que sean especialmente anómicos. La distancia respecto de las instituciones puede expresar una crítica normativa: la convicción de que las reglas actuales reproducen desigualdades o impiden transformaciones. Nuevamente, disrupción y anomia no son sinónimos. Una persona puede querer alterar radicalmente una institución porque precisamente tiene una idea intensa de cómo debería funcionar.
Poduje, Arrau y Quiroz
Iván Poduje se ubica en el otro gran ecosistema ideológico. Su base favorable es claramente derechista, fuertemente asociada a la riqueza en una lectura meritocrática y orientada a orden, progreso y libertad. Pero, como ocurre con Kast, resulta significativamente institucionalista y poco anómica. Esto es importante porque su estilo público puede sugerir una ruptura mucho más profunda que la que subjetivamente experimenta su electorado.
Poduje no parece representar principalmente a personas que abandonaron las reglas, sino a personas que consideran que las reglas y autoridades existentes carecen de eficacia. Si su estilo choca con la legalidad, como le ha pasado, tiene un riesgo en sus afines.
Su principal atributo es la intensidad. La diferencia entre su evaluación general y la valoración que alcanza dentro de su núcleo favorable es muy grande. Eso significa que dispone de un segmento políticamente entusiasta, pero también enfrenta una resistencia exterior considerable. Su trayectoria potencial depende de si consigue transformar una identidad de confrontación en una promesa de eficacia reconocible por electores menos ideologizados. Si no lo hace, puede convertirse en una figura muy poderosa dentro de un espacio y poco competitiva fuera de él.
Martín Arrau pertenece claramente a esa misma familia, pero ocupa una posición diferente. Su electorado favorable comparte prácticamente el mismo entramado valórico: mérito, orden, progreso y libertad, acompañado de una relación relativamente sólida con las instituciones. Sin embargo, la intensidad del vínculo personal es menor que en Poduje o Kaiser. Arrau aparece más como un cuadro coherente de una corriente política que como el centro gravitacional de esa corriente.
Esto no significa irrelevancia. En períodos de reorganización política, las figuras con alta coherencia ideológica pueden adquirir centralidad rápidamente si logran apropiarse de un tema, un conflicto o una competencia que los demás no controlan. Pero, con los datos disponibles, Arrau parece depender todavía de un ecosistema cuya identidad ya está definida por figuras más reconocibles. Para transformarse en presidenciable necesitaría dejar de ser solamente compatible con ese público y convertirse en su representante preferente.
Jorge Quiroz ofrece quizá el caso más extremo de esa tensión. Su valoración general es baja, pero quienes lo evalúan favorablemente conforman un grupo extraordinariamente consistente. Su electorado potencial es intensamente orientado a ver la riqueza como meritocrática, marcadamente situado en la derecha, poco atraído por la igualdad como valor prioritario y relativamente institucionalista. Además, sus evaluaciones se encuentran fuertemente asociadas con Poduje y Kast. Es difícil imaginar un nicho más claramente definido.
Pero una definición excesivamente precisa del nicho puede convertirse en un límite. Quiroz parece poseer coherencia sin amplitud. Su desafío es demostrar que determinados atributos que hoy funcionan dentro de una derecha muy específica —competencia económica, rigor, orden o capacidad técnica— pueden convertirse en atributos de valencia general y ser apreciados por personas que no pertenecen a esa identidad. De lo contrario, continuará siendo importante como representante de una doctrina o de un sector sin alcanzar necesariamente condiciones mayoritarias.
Cuatro formas de construcción de liderazgo
En conjunto, las figuras analizadas permiten distinguir al menos cuatro formas de construcción de liderazgo. Boric, Vallejo y Jara comparten un ecosistema igualitario, cohesionado y crítico de la institucionalidad existente. Kast, Poduje, Arrau y Quiroz habitan un ecosistema meritocrático, orientado hacia orden, progreso y libertad, que resulta paradójicamente más institucionalista de lo que su estética disruptiva podría sugerir. Matthei representa la transversalidad con baja densidad identitaria. Parisi encarna el desencanto aspiracional de quienes todavía creen en el progreso, pero desconfían de sus administradores políticos.
Esta estructura muestra por qué resulta insuficiente preguntar quién tiene hoy la nota más alta. El futuro político depende de la combinación entre valencia personal, intensidad del núcleo, tamaño del rechazo, densidad ecológica, capacidad de nominación y posibilidad de expansión. Algunos líderes tienen muchos electores potenciales pero poca comunidad política; otros poseen comunidades intensas que dificultan la incorporación de nuevos votantes. Algunos tienen nicho sin mayoría; otros tienen mayoría imaginable sin nicho.
Quizá el hallazgo más relevante sea que la política chilena actual no está organizada simplemente por el eje institucionalidad versus disrupción. Hay institucionalistas que apoyan proyectos disruptivos y críticos de las instituciones que siguen respetando las reglas democráticas. Hay aspiracionales desafectos, igualitarios críticos, meritocráticos institucionalistas y transversalidades sin comunidad.
Comprender esa diversidad es probablemente más importante que determinar quién encabeza circunstancialmente un ranking, porque las elecciones futuras dependerán de quién consiga convertir uno de estos ecosistemas en una coalición suficientemente amplia como para gobernar.

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