La economía chilena podría describirse como “six seven”: seis de siete meses con Imacec en rojo y, al mismo tiempo, una sensación de desempeño “más o menos”, decepcionante y algo desconcertante. La expresión podría parecer una licencia coloquial. Sin embargo, después de la Reunión de Política Monetaria de septiembre, quizás resulte menos frívola de lo que parece.

El Banco Central mantuvo la TPM en 4,5%, nivel que conserva desde diciembre de 2025. La decisión era ampliamente esperada, más aún después de conocerse una inflación de 0,6% en agosto, el doble de lo anticipado, que llevó la variación anual del IPC a 4,1%. Pero la parte más interesante del comunicado no estuvo en la tasa, sino en una advertencia: aunque se espera que la economía retome impulso hacia 2027, “no puede descartarse que su debilidad actual sea más persistente que lo previsto”.

Esa frase merece atención. El problema ya no es sólo que la actividad haya sido débil, sino que esa debilidad comience a adquirir persistencia. El segundo trimestre y el inicio del tercero estuvieron por debajo de lo proyectado en el IPoM de junio. Consumo e inversión se contrajeron en el trimestre, mientras el mercado laboral mostró destrucción de puestos de trabajo y un aumento del desempleo.

Los temporales de julio explican parte del retroceso, pero difícilmente todo. Las expectativas de crecimiento para 2026 ya se han ajustado a apenas 0,5%-1%. Con esta perspectiva de crecimiento, cualquier shock adicional puede bastar para que la economía vuelva a estancarse.

Aquí entra un elemento que suele subestimarse: las expectativas. Una familia que teme perder su empleo posterga consumo; una empresa que duda sobre la demanda futura aplaza contratación e inversión. Lo que inicialmente era una desaceleración puede entonces alimentarse a sí misma. La prudencia individual, perfectamente racional, termina produciendo un resultado macroeconómico más débil. Es la conocida paradoja de que, cuando todos esperan tiempos difíciles y actúan en consecuencia, pueden contribuir a hacerlos realidad.

El desafío para el Banco Central es especialmente incómodo. Una economía débil sugeriría espacio para una política monetaria menos restrictiva. Pero una inflación anual de 4,1%, combustibles al alza y un petróleo acercándose a US$100 por barril aconsejan cautela. De ahí la pausa: bajar la tasa demasiado pronto podría reavivar presiones inflacionarias –sobretodo ahora que la Fed acaba de decretar un incremento de 25 p.b. en su tasa–; mantenerla elevada por demasiado tiempo podría profundizar una desaceleración que ya muestra señales de persistencia.

Por eso el “six seven” comienza a tener una segunda lectura. No describe simplemente una economía que anda “más o menos”. Describe una economía atrapada entre inflación todavía incómoda y crecimiento insuficiente, con poco margen para errores de diagnóstico. Si la debilidad es efectivamente más persistente, la discusión dejará de ser cuándo llegará el rebote y pasará a ser qué está impidiendo que llegue.

Quizás, entonces, el verdadero riesgo no sea seguir seis de siete meses en rojo. El riesgo es acostumbrarnos a que crecer poco, invertir poco y crear poco empleo se convierta en la nueva normalidad. Y eso ya no tendría nada de “six seven”.