Michael Vernon Townley tuvo muchas vidas. Nació en Iowa, Estados Unidos; migró a Chile, se convirtió en un activo miembro del grupo juvenil de la Iglesia Metodista, trabajó como vendedor de acciones de fondos mutuos; y ya para comienzos de la dictadura se había convertido en un avezado sicario de la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional).
Su perfil técnico —tenía conocimientos de electrónica y explosivos— lo convirtió en una pieza valiosa para las operaciones más delicadas de la policía secreta de Pinochet, entre ellas atentar contra una de las figuras más prominentes del allendismo que para entonces no había sido neutralizada por el régimen: el excanciller Orlando Letelier.
Esta semana se cumplieron 50 años desde su ejecución.
De la DINA a Townley
El reclutamiento de Townley por parte de la DINA en 1973 no fue casual: para entonces mantenía estrechos vínculos con movimientos paramilitares de extrema derecha que buscaban impedir que Salvador Allende llegara al poder. Una vez ingresado al organismo represivo dirigido por Manuel Contreras, recibió una casa en Lo Curro, Vitacura. Allí montó su centro de operaciones donde, entre otras armas, comenzó la fabricación de gas sarín para eliminar oponentes del régimen.
Según consta en cartas de su puño y letra, publicadas por la National Security Archive, la decisión de asesinar al diplomático, quien estaba exiliado en Washington DC, fue tomada por Manuel Contreras. La conjura para eliminar a Letelier le fue comunicada por el brigadier Pedro Espinoza Bravo.
Townley, en una de las misivas, explica que él advirtió del problema que representaba ejecutar un atentado en la capital de EEUU. Se trata, hasta esa época, de uno de los principales aliados de la dictadura.
—Hice presente el problema del FBI pero la orden era firme —explica Townley en una de las misivas que en Chile fueron recogidas en 2023 por Ciper.
Hans Petersen, mucho gusto
De acuerdo con Townley, la respuesta a sus aprensiones fue simple:
—[Espinoza Bravo] me dijo que iba a ser bien planificado y que usaríamos (en este momento y por todo este relato refiero a nosotros como yo y el teniente Armando Fernández Larios) documentación de otro país. Me informó que había una agrupación de Servicios de Inteligencia “Red Condor” que incluía a Chile, Uruguay y Argentina y que los paraguayos nos iban a dar pasaportes oficiales y conseguir visas oficiales para entrar en U.S.A.
Townley al momento de escribir sus cartas en 1978, dos años después del atentado, no recordaba si ingresaron en julio o agosto de 1976 a Paraguay. También había olvidado si lo hizo bajo su chapa de Kenneth Enyart o Andrés Wilson. Lo que sí se le vino a la mente fue que se quedó en el Hotel Señorial, donde se reunió con agentes de inteligencia paraguayos. Tras algunos inconvenientes logísticos, le dieron los documentos y las visas expedidas por la embajada de EEUU y retornaron a Santiago a planificar el viaje.
Los problemas, sin embargo, comenzaron casi de manera inmediata. Al poco andar, los permisos obtenidos en Paraguay fueron cancelados por la oficialidad de Estados Unidos. Así, la idea mutó: consiguieron documentos falsos en Chile.
Townley pasó entonces a llamarse Hans Petersen Silva, un supuesto empleado de la Corfo.
De centro de operaciones a taller literario
Letelier era una figura incómoda para la dictadura. En 1971, Allende lo había nombrado como embajador extraordinario y plenipotenciario de Chile ante los Estados Unidos. El cargo era de la máxima sensibilidad para el gobierno de la Unidad Popular: debía representar las decisiones de Chile tras la nacionalización del Cobre. Llegó incluso a reunirse con el presidente Richard Nixon y con Henry Kissinger, diplomático norteamericano que jugó un rol central en la desestabilización del ejecutivo nacional y el auge de Pinochet.
—Las órdenes explícitas eran: ubicar la residencia y lugar de trabajo de Letelier y contactarse con el grupo cubano para que lo eliminaran en sarín, atropello, accidente o al final por cualquier método, pero a Letelier el gobierno de Chile lo quería muerto —escribió Townley en las cartas que entregó a su esposa, la chilena Mariana Callejas.
Mientras él fabricaba armas químicas y complotaba en el subterráneo de la casa de Lo Curro, ella, en los niveles superiores, organizaba concurridos talleres literarios para la escena cultural de la época. Callejas no solo encubrió las actividades de su esposo, sino que participó directamente en operaciones terroristas. La justicia determinó que ella viajó junto a Townley a Buenos Aires y detonó a control remoto la bomba que asesinó al ex general chileno Carlos Prats y a su esposa Sofía Cuthbert en 1974.
Los cubanos anticastristas
De vuelta a Townley. Según explicó en su carta, el plan —pese a los inconvenientes— seguía vigente.
—Se seguía con el operativo originalmente ordenado pero con mecánica de llegada diferente. Se mandó a Armando Fernández Larios a Washington utilizando un nombre que desconozco para hacer la labor de inteligencia previa a Orlando Letelier. Mientras él estuvo en Washington estuvo alojado un tiempo en la casa de su hermana —lanzó.
Una vez efectuada la entrega de información que incluía domicilio, lugar de trabajo, bosquejo de zonas, horarios y otros datos pertinentes, Townley alquiló un automóvil y se trasladó hasta un motel amplio, cerca de Unión City en New Jersey, donde tomó contacto con un grupo de cubanos anticastristas que “podían hacer el trabajo”.
—Yo mismo les había enseñado en el pasado cómo convertir el equipo de radio (…) para explosivos, más otras cosas como relojes electrónicos, etc. Mi contacto con ellos fue mucho más difícil de lo que suponía porque estaban bastante desilusionados con la DINA por la falta de cooperación recibida en el apoyo en la lucha antimarxista y anticastrista.
Según contó Townley, le costó “varios días convencerlos” y pusieron como condición que él los acompañaría a Washington y que estuviera en la ciudad cuando colocaban el artefacto.
—Esto fue un sábado en la noche y el domingo en la mañana siguiente yo partí de inmediato a Miami, donde me encontraba el día del atentado, volviendo a Santiago a los pocos días después.
TNT
El atentado que mató a Letelier y su secretaria, la ciudadana estadounidense Ronni Moffitt, ocurrió la mañana del 21 de septiembre de 1976, en el sector de Sheridan Circle, en pleno centro de Washington D.C., y a solo pocos metros de la Casa Blanca.
Los informes periciales indicaron que para el atentado se utilizó explosivo plástico C-4 combinado con componentes de TNT que fueron colocados en la parte inferior del automóvil de Letelier. El artefacto fue justamente activado a distancia mediante un sistema de control remoto por radiofrecuencia.
Documentos de los servicios de inteligencia de Estados Unidos desclasificados recientemente apuntan que la acción fue ordenada directamente por Augusto Pinochet.
—Creo importante dejar constancia que este trabajo [de los cubanos] no fue hecho por dinero. Fue hecho por motivo de ideales políticos y rehusaron aceptar dinero.
Los condenados
Por el atentado a Letelier fueron condenados en Chile Manuel Contreras (7 años de prisión efectiva) y Pedro Espinoza (6 años por Letelier más 15 por Ronni Moffitt). En Estados Unidos, Michael Townley recibió una pena reducida tras acogerse a delación compensada y colaborar con la justicia. Pasó poco más de cinco años en la cárcel y actualmente se encuentra bajo el Programa Federal de Protección de Testigos de EE. UU. con una identidad falsa, si es que sigue vivo.
Armando Fernández Larios, exoficial del ejército y agente de la DINA, también fue condenado en EE.UU. tras entregarse y confesar su participación. Fue sentenciado a siete meses de prisión. Este último también es requerido actualmente por su participación en la Caravana de la Muerte. Fue detenido recientemente por el ICE, el servicio antimigrantes de Donald Trump.
A ellos se suman los cubanos anticastristas Virgilio Paz Romero y José Dionisio Suárez, quienes fueron condenados a 12 años de prisión cada uno, pero salieron en libertad condicional al cumplir la mitad de sus condenas.