El escándalo de los torpes “chistes”, así, entre comillas, que vertieron los muchachos de La Cofradía y que los pusieron en la palestra social se ha vuelto una discusión muy cómoda. Por lo mismo, un debate inútil.

Que si los chistes sobre niños con TEA cruzaron una línea, que si Johannes Kaiser debió actuar antes, que si el humor tiene límites… todo eso es de respuesta más o menos predecible. Lo que ese video muestra no es solo un grupo de hombres que torpemente se pasaron de la raya, sino la cuenta pendiente de una herida que Chile ha decidido hacer como que no existe.

Conviene ordenar la cronología de la cancelación porque el relato fácil la desordena. Miss Reef se suspendió en enero de 2018. El Mayo Feminista y las tomas universitarias son de ese mismo año. Ni Una Menos Chile, surge en 2016. Cuando llegó octubre de 2019, la revisión moral de la cultura popular chilena llevaba años en marcha. Morandé con Compañía -que agonizó hasta abril de 2021, entre cuestionamientos y el derrumbe económico de la televisión abierta- fue el símbolo tardío de un proceso que ya venía andando.

El estallido, entonces, no abrió la grieta pero si la volvió pública, obligatoria y sin retorno. Antes, uno podía discrepar sobre el humor sexista de la TV y seguir almorzando con el primo o la cuñada. Después, la posición de cada cual sobre la dignidad, la violencia, la Constitución y el humor de los ochenta se convirtió en una credencial de identidad moral. Dejó de ser una opinión y pasó a ser una prueba de qué clase de persona eras.

Ese es el punto que la conversación pública chilena esquiva con una disciplina notable: la fractura sigue exactamente donde mismo. Hay familias en las que un hermano y otro no se hablan desde 2019. Grupos de WhatsApp abandonados. Almuerzos de domingo que dejaron de existir. Amistades de años que no resistieron una discusión sobre el Apruebo. Nadie ha hecho el recuento de ese daño porque admitirlo obliga a aceptar que ambos bandos perdieron algo.

Chile intentó dos veces convertir esa herida en un procedimiento. Los procesos constitucionales de 2022 y 2023 eran, entre otras cosas, un ritual de reparación: un lugar donde el conflicto se tramitara con reglas y terminara en un texto que todos pudieran firmar. Fracasaron los dos. Y cuando un ritual de reparación falla, la energía no desaparece: se va a otra parte.

Y en este caso se fue a exacerbar lo políticamente incorrecto. La Cofradía y toda la constelación de streaming libertario que la rodea no son ni un accidente ni una degeneración moral individual: es la forma que adoptó la rabia cuando se quedó sin cauce institucional. Su gramática es precisa: si durante cinco años se me dijo que ciertas cosas no se pueden decir, mi acto de libertad consiste en decirlas todas, sin excepción, partiendo por las peores, las más escandalosas. La crueldad no es un efecto colateral del formato, es el formato.

No somos tan creativos, este es un fenómeno global. En Corea del Sur, los foros masculinos alimentaron una candidatura presidencial que prometió eliminar el Ministerio de Igualdad de Género y ganó. En España, los videopodcasts de la manósfera funcionan como pasillo de entrada a Vox mediante el humor ofensivo y la cultura del zasca. En el Reino Unido, el informe Lost Boys del Centre for Social Justice encontró que más de cuatro de cada diez británicos creen que la igualdad de las mujeres los discrimina activamente, y que el 41% de los estudiantes de sixth form aprendió en clases que los varones son un problema para la sociedad. La medición de Ipsos con el King’s College, en treinta países, muestra que la Generación Z es la generación más dividida por género de la que se tenga registro. Chile no inventó nada: llegó a la cita no más.

Esa escalada tiene un destino conocido. Se acaba cuando toca a quien no puede defenderse: un niño autista, una actriz, una mujer por su físico. Y ahí no hay victoria política posible, porque el país entero recuerda de golpe que había una razón para los límites.

La tentación ahora será cancelar a los canceladores. Sería el cuarto round del mismo combate y produciría el mismo resultado: más leña, ninguna reparación. La pregunta incómoda es otra, y no la está haciendo nadie. ¿Quién se hace cargo de las mesas familiares vacías? ¿Qué institución, qué gesto, qué política reconstruye lo que se rompió entre 2019 y hoy?

Mientras esa pregunta no tenga dueño, la grieta va a seguir ahí. Expuesta, sin suturar, produciendo exactamente esto. Porque a nadie parece importarle repararla.