Una mañana de mediados de julio de 2026, Mykhailo Fedorov dejó el cargo de ministro de Defensa tras solo seis meses en el puesto. Pocas horas después, plazas de Kyiv y al menos otras 16 ciudades ucranianas se llenaron de carteles hechos a mano y manifestaciones pacíficas.
La gente no protestaba contra la guerra ni contra Zelensky en sí. Protestaba contra la opacidad con la que se había gestionado la salida de un funcionario percibido como uno de los modernizadores más efectivos del gobierno: impulsor de la guerra de drones, la transparencia en adquisiciones y la innovación tecnológica aplicada al campo de batalla.
Esa distinción importa. Y es precisamente el tipo de ciudadanía vigilante y exigente que la politóloga Maria Popova considera indispensable para que Ucrania gane la guerra sin perder su democracia.
En la entrevista que Popova, destacada profesora de Ciencias Políticas en la Universidad McGill, formada en Harvard, concedió para el libro Descubriendo Ucrania: su pueblo, su historia y su cultura, encontramos el marco analítico más completo para leer este episodio contemporáneo con profundidad.
Popova no idealiza la realidad ucraniana, pero tampoco la reduce a los estereotipos de corrupción y caos. Reconoce explícitamente los avances logrados desde el Euromaidán de 2013-2014. Tras la huida de Yanukovich, Ucrania inició una de las transformaciones institucionales más ambiciosas de Europa del Este: una ola masiva de reformas legislativas destinadas a alinear su sistema judicial y sus instituciones anticorrupción con los estándares europeos recomendados por la Comisión de Venecia del Consejo de Europa.
Se crearon nuevos órganos especializados (Oficina Nacional Anticorrupción, Tribunal Anticorrupción), se reformó el Consejo Superior de Justicia, se estableció una Comisión de Ética Judicial y se impulsaron mecanismos de selección de jueces con mayor transparencia e involucramiento de expertos internacionales y sociedad civil. Todo esto, subraya Popova, contó con “asesoramiento y participación sostenidos tanto de socios internacionales como de activistas de la sociedad civil”.
Estos cambios no fueron cosméticos. Representan un esfuerzo real por pasar de un sistema heredado de la era soviética —altamente politizado y vulnerable a presiones informales— hacia un Estado de derecho más consolidado. La guerra, paradójicamente, ha inyectado en algunos momentos la voluntad política necesaria para acelerar ciertos aspectos de estas reformas.
Sin embargo, Popova es igualmente clara al señalar las limitaciones y los riesgos persistentes. Tanto bajo Poroshenko como bajo Zelensky ha habido casos de presión informal desde la administración presidencial sobre el poder judicial. Algunos titulares políticos implementaron las medidas de reforma “a regañadientes y tratando de eludirlas a través de canales informales”. La famosa frase de Zelensky en una conversación con Trump, afirmando que el fiscal general era “su persona”, es, para Popova, un ejemplo descarnado de esa zona gris que aún persiste.
Es en este contexto donde las protestas por la no renovación de Fedorov adquieren todo su significado. Fedorov no era un general tradicional, sino un civil proveniente del mundo de la transformación digital. Como ministro de Transformación Digital había creado la plataforma “Diia”, que durante la guerra se convirtió en una herramienta esencial para la prestación de servicios públicos y la gestión de daños por bombardeos. En Defensa impulsó la “Army of Drones”, auditorías digitales y mayor transparencia en contrataciones. Su salida generó inquietud porque simboliza la tensión entre la necesidad de innovación acelerada y las lógicas más jerárquicas y opacas de la institución militar.
Popova ayuda a leer este conflicto no como una simple disputa de personas, sino como parte del desafío estructural que enfrenta Ucrania: cómo equilibrar las exigencias legítimas de seguridad nacional sin que ello erosione los avances en Estado de derecho. “El riesgo —advierte— es que las preocupaciones válidas de seguridad terminen justificando limitaciones desproporcionadas a derechos civiles y políticos”.
En este punto, el camino hacia la Unión Europea juega un rol fundamental. Tras el Maidán, la supervivencia y la legitimidad internacional de Ucrania dependieron cada vez más de su orientación proeuropea. La perspectiva de adhesión a la UE ha actuado como un ancla poderosa: obliga al país a mantener la agenda de reformas judiciales y anticorrupción como prioridad, incluso en tiempos de guerra. La apertura formal de negociaciones de adhesión ha reforzado esta presión externa, que se combina con la presión interna de una sociedad civil cada vez más organizada y consciente de sus derechos.
Mientras en Rusia el “Estado de derecho” es un instrumento al servicio del poder absoluto del Kremlin, en Ucrania la sociedad civil sale a las calles para exigir que incluso en guerra se respeten principios democráticos. Donde Moscú silencia cualquier disidencia, Kyiv demuestra que la discrepancia pacífica no solo es posible, sino que fortalece la nación.
Las protestas pacíficas por Fedorov son, vistas desde la lente de Popova, una manifestación saludable de esa sociedad civil. No desestabilizan al país frente al enemigo externo. Al contrario: fortalecen su resiliencia democrática. Demuestran que los ucranianos no están dispuestos a aceptar retrocesos en transparencia, aunque la guerra continúe. Son “infraestructura democrática” en acción, heredera directa de las tradiciones de 2004 y 2014.
Popova no presenta un panorama ingenuamente optimista. Reconoce que queda mucho camino por recorrer, especialmente en la independencia real del poder judicial y en la reducción de las influencias informales. Pero también destaca que Ucrania, a pesar de sufrir la mayor invasión en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, ha avanzado más en reformas de Estado de derecho en los últimos años que muchos países en tiempos de paz.
La conclusión que surge de su entrevista es potente: la guerra de resistencia a la invasión rusa no es solo una prueba militar para Ucrania, sino también —y sobre todo— una prueba democrática. La capacidad de mantener protestas pacíficas, exigir rendición de cuentas y seguir impulsando reformas mientras se defiende del invasor es lo que distinguirá para siempre el proyecto ucraniano del autoritarismo ruso. En las plazas de Kyiv en julio de 2026, esa prueba se está llevando a cabo en tiempo real. Y Ucrania, con sus instituciones imperfectas pero en construcción y una sociedad civil vibrante, cuenta con las herramientas para superarla.
Este artículo resume la entrevista “Ucrania: entre la seguridad nacional y Estado de derecho”, de Manuel Férez a Maria Popova, incluida en el libro Descubriendo Ucrania: Su pueblo, su historia y su cultura (Editorial Poliedro, 2022), compilado y editado por Olena Palko y Manuel Férez Gil. Forma parte de una serie de publicaciones que recorren, capítulo a capítulo, los distintos aportes de la obra con el objetivo de acercar sus contenidos a un público más amplio.
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