El “general algoritmo”

En la conocida fábula apocalíptica Terminator (1984), lo que entonces genéricamente llamábamos “las máquinas” (aplicaciones de la evolución de la inteligencia artificial), envían desde el futuro a un androide de apariencia humana (y capacidades sobrehumanas) con la misión de asesinar a la futura madre del futuro líder humano que, en el siglo XXI, encabezará la rebelión contra “las máquinas” (que para entonces gobiernan la Tierra luego de una guerra nuclear generada, precisamente, por “las máquinas”).

En el contexto del “milenarismo” de la década de los 80 (proximidad del año 2000), la película de James Cameron pertenece al género de los apocalipsis (a los efectos fin del mundo), que, en la nomenclatura del Nuevo Testamento, es causado por un anticristo identificado con la rebelión de la inteligencia artificial.

Si bien el Terminator original data del periodo anterior a la masificación de la internet, del computador personal y, obviamente, la masificación del smartphone y las redes sociales, de todos modos, revela que -detrás de la entretención de la película- nuestra preocupación por los efectos negativos del avance tecnológico no es, ni mucho menos, “nueva”.

Mientras nuestra “fe en la ciencia” y sus “aplicaciones tecnológicas” se sostienen en el deseo de vivir mejor, de todas formas preocupan ciertos “potenciales usos” en, por ejemplo, el ámbito de la biología (clonación humana) y, muy especialmente, en el campo de la defensa. Es archisabido que este último sector concentra las aplicaciones de la inteligencia artificial en -directamente- “el arte de la guerra”.

Sobre esto (y como antecedente), baste anotar que en el último conflicto entre Armenia y Azerbaiyán (2016-2020) ganaron cierta notoriedad los drones-kamikaze del tipo “Harpía”, construidos para “cazar” defensas enemigas y dotados de autonomía para decidir, por ellos mismos, el blanco (material o humano). En dicho conflicto, drones azeríes fabricados en Israel causaron daños estratégicos sobre las defensas armenias (producidas en Rusia).

Si antes de la “Operación Militar Especial” rusa en Ucrania el uso de drones se había generalizado con fines de reconocimiento y destrucción selectiva de objetivos, la guerra en desarrollo comienza demostrar que el uso masivo de drones y otras aplicaciones de la inteligencia artificial (por ejemplo, sensores sísmicos capaces de georreferenciar aviones de combate para dirigir hacia ellos las defensas antiaéreas) están inaugurando la era del uso masivo de la “inteligencia artificial” en las guerra del siglo XXI. Desde el punto de vista ucraniano, esta es la manera de hacer cada vez más caro el esfuerzo de guerra ruso, tanto en términos económicos, como humanos.

Si en 1812 la tropas napoleónicas y en 1941 los ejércitos nazis, fueron derrotados por la profundidad estratégica de Rusia y por su “general invierno” (temperaturas de -30°C), los recientes bombardeos con drones sobre Moscú, San Petersburgo y otras ciudades lejanas del frente de batalla, demuestran que tales ventajas ya no son “el as de la balanza”. El empleo de miles de drones demuestra que es posible destruir objetivos antes protegidos por las distancias del frente, sin importar la estación del año. No solo eso, sino que “máquinas inteligentes” manejadas por el “general algoritmo” (programas e instrucciones) son capaces de burlar las defensas más sofisticadas para destruir objetivos que antes -en la mentalidad rusa- ningún ataque “desde el Oeste” pudo alcanzar.

Ucrania “moledora de carne”

Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS-Washington DC), en lo que va de la guerra (4 años y 5 meses), en combate han perecido no menos de 450 mil soldados rusos (equivalente a todos los habitantes de la conurbación La Serena-Coquimbo). Eso, además de no menos de 1,4 millón de heridos y desaparecidos. En total, casi 2 millones de bajas.

Hoy, mientras la población rusa se dedica a filmar drones ucranianos que, con extrema precisión, se dirigen hacia blancos estratégicos en zonas urbanas y carreteras, la idea de que la guerra de Putin sería una “campaña de un par de semanas” (para permitir que el autócrata viajara a Kiev para la respectiva “foto oficial”) ha sido relegada a un baúl de recuerdos lleno de los cuerpos de jóvenes reclutas arrebatados -desde el campo y los barrios más pobres- a sus familias.

Estamos en presencia de “la versión rusa” de la memorable Fortunate Son de Creedence Clearwater Revival, un himno de la guerra de Vietnam en que el que cantor lamenta no ser hijo de un senador: los ricos no van a la guerra.

En Rusia esto es cada vez más evidente, pues si hace cuatro años la maquinaria estatal logró que el conjunto de la población celebrara “la recuperación de Ucrania”, en la medida que los hijos adolescentes de las familias sin influencia económica o política se acercan a la edad de conscripción, cientos de miles de madres y padres rusos entienden que la prolongación de la guerra es “un problema familiar”.

Ocurre que, a pesar del triunfalismo y la censura del gobierno, a través de las plataformas sociales a gran velocidad circulan videos de pequeños drones ucranianos persiguiendo camiones llenos de soldados rusos, o “eliminado” soldados individuales ocultos en el paisaje. Videos de no más de 30 segundos de duración muestran soldados perseguidos y eliminados por pequeños Terminator, manejados a distancia por jóvenes ucranianos ocultos bajo tierra (que los ubican con toda precisión usando las cámaras multiespectrales del dron). Los jóvenes ucranianos han desarrollado games semejantes a los usados por adolescentes chilenos, pero que en este caso sirven en operaciones “en tiempo real”, muy sofisticadas y tremendamente efectivas.

Cálculos occidentales estiman que, al mes, Rusia pierde cerca de 35 mil soldados (muertos y heridos). Esa cifra indica que “la tasa de reemplazo” es de los mismos 35 mil efectivos, que debe completarse, principalmente, con conscriptos adolescentes. Ya no hay suficientes reos en las cárceles rusas dispuestos a “ir al frente para conmutar condenas”.

Es más, habida cuenta del éxito de sus drones y otras “aplicaciones”, Ucrania rápidamente se convirtió en un desarrollador y productor de estas “nuevas armas” para, incluso, ofrecer transferencia de know how a países de la OTAN. Notable.

Otro aspecto de importancia estratégica tiene que ver con la producción masiva de esos “nuevos sistemas armas”, a saber, más de cinco millones de drones anuales. Esa gigantesca producción está destinada para alcanzar dos objetivos estratégicos: primero, profundizar la asimetría económica en el “costo de la guerra” (armas relativamente baratas destruyen o consumen sistemas de armas de altísimo valor económico(misiles)), y; segundo, a obligar al enemigo a superar la “tasa de reemplazo” indicada.

Empleando miles de drones al mes, Ucrania pretende causar unas 50 mil bajas mensuales en el bando ruso, para así hacer inefectivo el esfuerzo de conscripción voluntaria y terminar -y esto es igualmente importante- obligando al gobierno de Putin a decretar la conscripción obligatoria. En el cálculo ucraniano, eso gatillará la resistencia de la población.

La trampa de Crimea

La invasión rusa de Crimea (febrero 2014) tuvo por propósito no solo “recuperar” ese territorio, sino que, como quedó demostrado con la invasión de febrero de 2022, propiciar la anexión del resto de Ucrania (por lo menos desde la región de Kiev hacia el Oriente). En 2022 se entendía que, desde un punto de vista estratégico, Crimea actuaría como un “portaviones ruso” que, incluso con ayuda occidental, haría inútil la defensa ucraniana.

Si al comienzo de la guerra la decisión ucraniana de “luchar hasta el fin” (transformando sus estrechos caminos en cementerios de miles de vehículos blindados y artillería rusa convertidos en chatarra quemada), a mediano plazo, el ingenio y la paciencia han terminado por transformar a Crimea en una trampa.

Luego de estabilizar el frente, la estrategia ucraniana apuntó hacia la flota rusa del Mar Negro, empleando drones aéreos y navales para destruir buques de guerra (incluido el buque insignia “Moskva” (“Moscú”, nada menos) y hacer inoperativas las bases navales de la península. Ello obligó a Rusia a retirar sus buques hacia el Este, alejando la posibilidad de un bombardeo a mansalva sobre Odesa y otras poblaciones costeras.

Enseguida, el esfuerzo ucraniano se concentró en las vías de comunicación usadas por las divisiones rusas, usando sistemas de artillería de precisión de largo alcance aportados por países occidentales. Más recientemente, el objetivo es la larga cadena logística que nutre el esfuerzo de guerra ruso, a la fecha sometida a ataques masivos con drones usados para volar puentes y otras instalaciones estratégicas.

El resultado es una Crimea prácticamente aislada, sometida a la escasez de alimentos y gasolina, bajo la permanente amenaza de los drones ucranianos.

Incluso más: en el curso de las últimas semanas el estrangulamiento de la logística rusa se extendió a depósitos de armas e instalaciones esenciales del aparato militar-industrial ruso y, como sabemos, a una diversidad de refinerías lejanas del frente. Por ejemplo, la refinería de petróleo de Kapotnya, situada dentro del área urbana de Moscú, a unos 9 kilómetros del sitio en el que en 1990 Chile situó su embajada ante la ex URSS.

El ataque sobre la refinería de Kapotnya ocurrió a plena luz del día, “a vista y paciencia de la población”, que enseguida comprendió que la promesa de Putin de hacer de Moscú una “fortaleza inexpugnable”, es (el tiempo verbal presente es importante) “falsa”.

Lecciones

La guerra en Ucrania se ha convertido en la primera guerra de drones de la historia (Rusia también los usa profusamente). Esta “nueva forma de hacer la guerra” está impactando no solo políticas y doctrinas de defensa, sino que también el desarrollo de la industria del ramo: todo parece indicar que los productores de armas ya se volcaron al desarrollo de “nuevas formas de inteligencia artificial para la guerra” (incluidos sistemas “antidrones” del más diverso tipo).

Se trata de un asunto relativamente nuevo, y progresivamente complejo.

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Para países como el nuestro (que adolecen de un crónico racionalismo jurídico que confunde “el deber ser” con el “ser” en “tiempo presente”) la tentación de concentrar el análisis en cuestiones legales y éticas es enorme. Especialmente entre grupos que siguen pensando que “el derecho y el multilateralismo son nuestras mejores armas” y que, interesadamente, estarían incluso dispuestos a propiciar una convención de Naciones Unidas para “prohibir los drones…”. Plop!

Estamos en presencia de un desafío global del que, transversalmente, el gobierno, las FF.AA., la política y la academia, deberían hacerse cargo, para al menos intentar asegurar que Chile será parte activa de esta “nueva revolución tecnológica”. Ésta, de muchas maneras, con toda seguridad afectará nuestro desarrollo y nuestra seguridad interior y exterior.

Ucrania ha demostrado que, al final, el que triunfa no es necesariamente “el más fuerte”, sino el que más rápido y mejor se adapta a los nuevos desafíos y las nuevas circunstancias. Aprendamos de ella.