La imagen que abre una era

Donde se alzaba la estatua de Vladimir Lenin en el centro de Kyiv —derribada durante la Revolución de la Dignidad en diciembre de 2013— se erigirá un monumento al hetmán Ivan Mazepa. La decisión anunciada por el presidente Volodymyr Zelenskyy condensa, en un solo gesto urbano, el cierre de un ciclo histórico de varios siglos.

“Donde Lenin cayó, Mazepa se levantará con firmeza”, declaró el mandatario. No se trata de un ajuste estético: es la recuperación de una figura clave del Estado cosaco y el rechazo explícito de la narrativa imperial rusa que durante generaciones lo condenó como traidor.

Una entrevista que reordena el mapa interpretativo

Es precisamente esta batalla por la memoria y la narrativa la que analiza con profundidad la historiadora Olena Palko, coeditora del libro Descubriendo Ucrania, en la entrevista “Ucrania: entre el imperialismo ruso y la autodeterminación nacional”, conducida por el historiador Manuel Férez Gil.

Palko es especialista en la Ucrania soviética temprana y en las políticas de identidad. Su tesis doctoral —convertida luego en el libro Making Ukraine Soviet: Literature and Cultural Politics under Lenin and Stalin— demostró que la sovietización cultural de Ucrania en los años 1920 y 1930 no fue una simple imposición moscovita, sino una síntesis tensa entre dos proyectos enfrentados dentro del propio Partido Comunista de Ucrania: uno de raíz socialista local y otro con orientación centralista hacia Moscú. Esa distinción es crucial: incluso “lo soviético” en Ucrania fue un campo de disputa, no una copia pasiva del centro.

Desmontar el mito de “las dos Ucranias”

Para Palko, gran parte de lo que se dice sobre Ucrania está contaminado por la actualidad. Después de 2014, muchos observadores internacionales cayeron en explicaciones fáciles: la idea de que existían “dos Ucranias” definidas por una división lingüística y regional —rusohablantes en el este y el sur, automáticamente prorrusos; ucranohablantes en el oeste, automáticamente proeuropeos—.

Esa narrativa fue desmentida por la invasión misma. Como observó Palko, al momento de redactar su entrevista, los territorios alrededor de Kyiv, Kharkiv, Sumy, Chernihiv y las ciudades de la costa del mar Negro estaban siendo bombardeados por aviones rusos, aun cuando esas zonas son predominantemente rusohablantes.

La intensidad de la resistencia demostró, según la historiadora, que el pueblo ucraniano —independientemente de su lengua cotidiana— está unido en el deseo de una Ucrania fuerte, libre y democrática. Palko concluye que la invasión rusa ayudará a consolidar aún más la nación ucraniana, conduciendo a una comprensión nueva e inclusiva de la identidad nacional.

Mazepa: un proyecto estatal anulado por la propaganda imperial

Ivan Mazepa (1639–1709) fue uno de los hetmanes más destacados del Hetmanato Cosaco: estadista, militar, mecenas de las artes y de la Iglesia. Educado en la corte polaca, familiarizado con las teorías del derecho natural y con la cultura política europea, mantuvo una relación inicial de cooperación con el zar Pedro I. Pero a medida que Moscú acentuó su centralismo y erosionó las autonomías cosacas, Mazepa concluyó —como ha documentado Marta Dyczok— que los cosacos debían ser sacados de la esfera de control de Moscú.

En octubre de 1708, al entrar el ejército del rey Carlos XII de Suecia en territorio del Hetmanato, Mazepa firmó una alianza con los suecos. El historiador A. M. Slisarenko ha mostrado que el objetivo era que una victoria sueca decisiva permitiera la aparición en el mapa de Europa oriental de un Estado cosaco ucraniano independiente bajo protectorado nominal sueco. La derrota en la Batalla de Poltava en julio de 1709 terminó con ese proyecto: fue, en palabras de la historiografía ucraniana, el primer intento moderno de “zafarse del collar imperial ruso”.

Y entonces vino la operación propagandística. Pedro I ordenó personalmente un anatema litúrgico contra el hetmán, una maldición que se leyó anualmente en las iglesias ucranianas hasta bien entrado el siglo XXI. La historiografía imperial rusa, desde Vasyl Ruban hasta los manuales soviéticos, construyó la imagen más oscura posible de Mazepa, presentándolo como arquetipo de la ingratitud y la traición. Esa operación de reescritura formaba parte de una estrategia más amplia de subordinación: rusificación lingüística, control cultural y negación de una identidad ucraniana diferenciada.

La rehabilitación fue lenta. Sólo tras la independencia de 1991 Mazepa comenzó a recuperar su lugar en la conciencia pública ucraniana, en un proceso que estudios recientes —como los de JiEun Sim— describen como la transformación de su “sombra política” en símbolo de soberanía nacional.

Leninopad: cuando el espacio público se reconfigura

Lina Klymenko ha documentado cómo, entre 2014 y 2016, la ciudad central de Poltava fue testigo de la demolición del monumento a Lenin y la construcción simultánea de un monumento al hetmán cosaco Ivan Mazepa. No fue un hecho excepcional: forma parte del proceso conocido como Leninopad (“la caída de Lenin”). Según Viktoriya Sukovata, en solo un año 504 estatuas de Lenin fueron retiradas de ciudades y pueblos ucranianos.

En Kyiv, donde la estatua cayó en diciembre de 2013, el pedestal fue ocupado sucesivamente por un inodoro dorado, luego por una estatua de la Virgen, y finalmente —en 2018— por una gigantesca mano azul. Teatro involuntario de la transición política.

Para Mykola Riabchuk, este proceso es parte de una lucha más profunda: la desconstrucción del “conocimiento imperial”, ese sistema de narrativas que Rusia institucionalizó durante dos siglos para despojar a los pueblos sojuzgados de toda agencia y hacerlos invisibles ante el resto del mundo.

El imperialismo como lógica estructural, no como episodio

Una de las tesis centrales de Palko es que el imperialismo ruso no es un régimen político particular, sino una lógica estructural que se ha expresado en tres formas —zarista, soviética y Rusia contemporánea— con un denominador común: la negación sistemática de la subjetividad política y cultural ucraniana. Esta continuidad ha sido subrayada también por Carlos Alberto Patiño Villa y Óscar Almario García: Rusia no solo disputa territorio, sino que busca impedir que Ucrania exista como nación soberana con su propia narrativa histórica.

En la misma dirección, Ostap Kushnir ha argumentado que el comportamiento expansionista y centralista de Rusia es independiente de la época y del régimen: es su modus operandi geopolítico, probado con éxito a lo largo de la historia. Esto implica que la confrontación no es coyuntural, sino estructural; y que el examen del pasado no es un ejercicio arqueológico, sino una herramienta para entender el presente.

Por qué Mazepa vuelve a ocupar el centro

Recuperar a Mazepa, restituirlo en el espacio público, no es un capricho conmemorativo. Lina Klymenko ha mostrado cómo la sustitución de Lenin por Mazepa en Poltava no fue solo un acto simbólico: marcó un cambio efectivo en el orden político de la Ucrania post-Maidan, con dimensiones etnonacionales, religiosas y de género que aún se estudian. En Kyiv, la sustitución tendrá una resonancia aún mayor: el corazón político del país dejará de rendir homenaje al símbolo del centralismo autoritario para honrar a un líder que encarnó un proyecto estatal autónomo.

Mazepa, además, tenía ecos europeos. Voltaire, Byron, Victor Hugo, el poeta polaco Jan Chryzostom Pasek y los dramaturgos alemanes lo convirtieron —en lo que la crítica literaria ha denominado la Leyenda de Mazeppa en el Romanticismo Europeo— en una figura heroica asociada a la rebeldía juvenil, la libertad y el exotismo oriental. Aunque esa recepción europea tendía a romantizar al líder fuera de su contexto, también contribuyó a crear una tradición cultural en la que Mazepa representaba la lucha de un pueblo periférico contra un imperio autocrático. La narrativa histórica ucraniana actual recoge ese eco y le da una lectura explícitamente política.

Conclusión: escribir la propia historia

Al final de la entrevista, queda clara la importancia de la descolonización del espacio público, la educación y la historia como parte esencial de la construcción de una Ucrania soberana y segura. La advertencia de Palko sobre la heterogeneidad identitaria —las tierras ucranianas siempre han sido un punto de encuentro de diferentes culturas, tradiciones y religiones— recuerda que la identidad nacional no es un esencialismo étnico sino una construcción plural y abierta.

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En un momento en que Rusia intenta nuevamente imponer su versión de los hechos —desde la negación de la estatalidad ucraniana hasta la minimización de tragedias históricas como el Holodomor, pasando por la reinterpretación imperial del Hetmanato—, recuperar figuras como Mazepa significa reafirmar que los ucranianos han decidido escribir su propia historia.

Para los lectores en América Latina, esta perspectiva resulta doblemente necesaria. Por un lado, la región ha tenido experiencias coloniales propias que hacen particularmente sensibles los procesos de descolonización cultural. Por otro lado, muchos países latinoamericanos han ocupado posiciones matizadas frente a la invasión rusa de 2022 —apoyo retórico a la integridad territorial pero reticencia al envío de armas. Comprender las raíces profundas del conflicto, como lo hace Palko, ayuda a superar lecturas simplistas o sesgadas y entender que lo que está en juego no es solo el territorio europeo, sino el derecho de cualquier pueblo a tener su propia narrativa histórica.

Donde antes se imponían los símbolos del imperio, hoy se levantan los de una nación que recupera su pasado para construir su futuro. La figura de Ivan Mazepa, rehabilitada en el corazón de Kyiv, simboliza precisamente eso: la victoria de la autodeterminación sobre el imperialismo.

Este artículo resume la entrevista “Ucrania: entre el imperialismo ruso y la autodeterminación nacional”, de Manuel Férez a Olena Palko, incluida en el libro Descubriendo Ucrania: Su pueblo, su historia y su cultura (Editorial Poliedro, 2022), compilado y editado por Olena Palko y Manuel Férez Gil. Forma parte de una serie de publicaciones que recorren, capítulo a capítulo, los distintos aportes de la obra con el objetivo de acercar sus contenidos a un público más amplio.