La memoria del Holodomor, antes un trauma silencioso, es hoy un motor de soberanía.
La agresión que hoy desangra a Ucrania no comenzó en febrero de 2022, sino en las fértiles tierras de 1932, cuando el pan se convirtió en el arma de exterminio más silenciosa y letal del siglo XX.
Daria Mattingly, investigadora de la Universidad de Cambridge y especialista en la historia social del Holodomor, nos entrega en el libro Descubriendo Ucrania una síntesis contundente que trasciende el análisis historiográfico para convertirse en una clave interpretativa de la agresión contemporánea del Kremlin.
Su artículo no solo reconstruye la hambruna artificial que segó la vida de cerca de cuatro millones de ucranianos, sino que la sitúa como el trauma fundacional que explica la resistencia actual frente al imperialismo ruso.
El marco editorial: Descolonizando la mirada sobre Ucrania
El proyecto editorial coordinado por Olena Palko y Manuel Férez Gil, Descubriendo Ucrania, es un esfuerzo pionero por presentar al lector hispanohablante una visión del país despojada de la lente “rusocéntrica” que ha dominado la academia occidental durante décadas. En este contexto, la contribución de Mattingly actúa como el corazón político del volumen, estableciendo que la identidad ucraniana moderna es inseparable del reconocimiento del Holodomor.
Mattingly propone una “descolonización” de la narrativa histórica, alejándose de la idea de Ucrania como una periferia pasiva de Rusia. Argumenta que el Holodomor no fue un desastre natural ni un error logístico de la URSS, sino una política deliberada para someter a una nación que Stalin percibía como una amenaza existencial al proyecto soviético que tiene en la agresión rusa actual su continuación. No se puede entender la Ucrania de 2026 sin comprender el intento de exterminio de 1932.
Microhistoria de la infamia: La banalidad del mal en la aldea
Uno de los aportes más originales y críticos de Mattingly es su enfoque en la “microhistoria” de los perpetradores. A diferencia de los estudios que se centran exclusivamente en las órdenes firmadas por Stalin en Moscú, Mattingly analiza cómo se ejecutó el hambre a nivel local. Su investigación revela un sistema de dominación y control social extremo donde el régimen soviético movilizó a activistas locales y brigadas de choque para asegurar que “ni una espiga” quedara en manos del campesinado.
Este análisis introduce una capa de complejidad moral: el Holodomor no fue ejecutado por un ejército invasor, sino mediante una red de colaboración impuesta. El régimen creó un sistema de incentivos y terror que obligó a una parte de la población a participar en las requisiciones, transformando a vecinos en verdugos a cambio de raciones de comida o ascensos en la jerarquía del partido.
Mattingly sugiere que esta participación local fue clave para desarticular la solidaridad comunal y quebrar la resistencia del campesinado ucraniano, que era visto como el custodio de las tradiciones nacionales. Esta “banalidad del mal” a escala rural explica por qué el silencio sobre la tragedia duró décadas, ya que el trauma estaba profundamente entrelazado con la complicidad forzada dentro de las propias aldeas.
Evidencia estadística y la técnica del exterminio
Frente a las narrativas negacionistas que atribuyen la hambruna a factores climáticos, Mattingly se apoya en una base de datos histórica robusta. Investigaciones econométricas recientes, como las de Andreĭ Markevich y Natalya Naumenko, han demostrado que la mortalidad masiva en Ucrania fue impulsada por políticas específicas y no por malas cosechas.
Mientras que otras regiones de la URSS sufrieron carestías, el sesgo anti-ucraniano es evidente al observar que la mortalidad excedente fue desproporcionadamente mayor en Ucrania debido a las cuotas de adquisición de grano que se mantuvieron elevadas incluso cuando la población moría de inanición.
La intencionalidad genocida se manifiesta en mecanismos técnicos que Mattingly describe con tres niveles:
– Las “Listas Negras” (Chorna doska): Pueblos enteros eran bloqueados comercialmente por no cumplir con las cuotas. Se les prohibía la entrada de bienes básicos como sal o queroseno y se les confiscaba cualquier reserva alimenticia procesada, convirtiendo a las aldeas en prisiones de hambre.
– La Ley de las Cinco Espigas: Un decreto de 1932 que castigaba con la muerte o diez años de trabajos forzados el simple acto de recoger granos caídos en un campo ya cosechado, criminalizando la supervivencia misma.
– El Cierre de Fronteras: En enero de 1933, Stalin prohibió explícitamente a los campesinos ucranianos abandonar la República para buscar pan en otras regiones, un confinamiento deliberado que garantizaba que la muerte ocurriera dentro de los límites territoriales de Ucrania.
El legado de Raphael Lemkin y los “Cuatro Frentes”
En su discurso de 1953, Lemkin, quien acuñó el concepto “genocidio”, identificó al Holodomor como el “ejemplo clásico” de genocidio, no limitándolo al hambre, sino viéndolo como un proceso coordinado para destruir a una nación entendida como una “familia de la mente”.
Mattingly actualiza este marco analítico describiendo el ataque simultáneo a los cuatro frentes de la identidad nacional:
– El ataque al “Cerebro”: La eliminación sistemática de la intelectualidad ucraniana. Entre 1930 y 1933, miles de escritores, artistas y académicos —el llamado “Renacimiento Fusilado”— fueron ejecutados o deportados para decapitar la memoria histórica de la nación.
– El ataque al “Alma”: La liquidación de la Iglesia Ortodoxa Autocéfala Ucraniana, destruyendo las instituciones que proporcionaban cohesión moral independiente del Estado soviético.
– El ataque al “Cuerpo”: El Holodomor propiamente dicho, dirigido contra el campesinado, considerado el depositario de la lengua y el folclore ucraniano.
– La fragmentación de la nación: La rusificación mediante deportaciones y el reasentamiento de colonos rusos en tierras despobladas por la muerte, un proceso de colonización interna diseñado para impedir cualquier resurgimiento nacionalista futuro.
El debate jurídico y la “Mutilación” de la Convención de 1948
Un punto de gran valor crítico en el texto de Mattingly es la reflexión sobre las limitaciones de la Convención de la ONU para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. Como han documentado expertos como Anton Weiss-Wendt, la definición final del tratado en 1948 fue “mutilada” por la presión de la delegación soviética para excluir el genocidio político y cultural. Esto se hizo para proteger al régimen de Stalin de futuras acusaciones sobre crímenes como el Holodomor.
Mattingly reivindica la visión original de Lemkin, argumentando que la destrucción de la cultura y la lengua es tan genocida como el exterminio físico. Al recuperar esta perspectiva, la autora desafía los marcos legales estrechos y posiciona el Holodomor no solo como una tragedia humanitaria, sino como un crimen colonial diseñado para borrar una cultura específica del mapa de Europa.
Colonización interna y desposesión campesina
Bajo una lente crítica, el artículo también aborda el Holodomor como un proceso de colonización interna del campo ucraniano. El régimen soviético utilizó la colectivización para desposeer al campesinado de sus tierras y convertirlos en mano de obra dependiente del Estado centralizado. Esta desposesión no fue solo económica; fue un acto de dominación política que buscaba subordinar los recursos de Ucrania a las necesidades industriales de Moscú.
Mattingly muestra cómo esta estructura colonial persiste en la retórica rusa actual, que sigue viendo a Ucrania como un “granero” subordinado y no como un Estado soberano con derecho a su propia historia.
Continuidad histórica: La guerra de 2022 y la resiliencia
El título del artículo vincula explícitamente el pasado con el presente. Mattingly sostiene que la invasión de Putin de 2022 es la continuación histórica de un patrón imperial que se niega a reconocer la existencia misma de Ucrania. Las tácticas rusas actuales —el robo de grano, el bombardeo de infraestructuras culturales y la deportación forzada de niños— son ecos modernos de los “cuatro frentes” identificados por Lemkin hace siete décadas.
Sin embargo, Mattingly concluye con un mensaje de resiliencia. La memoria del Holodomor, antes un trauma silencioso, es hoy un motor de soberanía. La resistencia feroz de la sociedad ucraniana se alimenta de la conciencia histórica de que el enemigo no busca solo territorio, sino la aniquilación de su identidad nacional. La memoria se ha convertido en el escudo que impide que se repita la fragmentación nacional del siglo pasado.
Conclusión: Un acto de justicia historiográfica
En conclusión, “La guerra de Rusia contra Ucrania: el Holodomor” es una pieza que enriquece el volumen Descubriendo Ucrania. Daria Mattingly logra unir el rigor de la investigación de archivos con una relevancia inmediata, demostrando que el reconocimiento del genocidio no es un ejercicio abstracto, sino un acto político y moral indispensable para la supervivencia de Ucrania.
Su análisis nos recuerda que el Holodomor fue un diseño criminal que buscaba un mundo sin ucranianos soberanos. Al conectar este trauma con la agresión actual, Mattingly nos ofrece una brújula indispensable para entender que lo que está en juego hoy en los campos de batalla no es solo la integridad territorial, sino el derecho a existir como pueblo con una memoria propia frente a la desinformación imperial. Es, en definitiva, una lectura obligatoria para cualquier académico interesado en las raíces profundas del conflicto más significativo del siglo XXI en suelo europeo.
Fuente y contexto editorial
Este artículo resume el capítulo “La guerra de Rusia contra Ucrania: el Holodomor”, de Daria Mattingly, incluido en el libro Descubriendo Ucrania: Su pueblo, su historia y su cultura (Editorial Poliedro, 2022), compilado y editado por Olena Palko y Manuel Férez Gil. Forma parte de una serie de publicaciones que recorrerán, capítulo a capítulo, los distintos aportes de la obra, con el objetivo de acercar sus contenidos a un público más amplio.
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