Hay momentos en que un país debe decidir qué tipo de futuro quiere construir. Chile enfrenta una crisis de empleo, miles de familias viven con la incertidumbre de no saber cuándo llegará una nueva oportunidad laboral. Frente a esa realidad, algunos proponen una solución aparentemente simple: crear contratos de trabajo por horas.
La pregunta no es si una persona puede trabajar cuatro, seis u ocho horas. Eso ya ocurre en muchas actividades y nuestro ordenamiento jurídico contempla jornadas parciales. La verdadera pregunta es otra: ¿queremos que el empleo del futuro sea más estable o más incierto?
No confundamos flexibilidad con resignación. Un contrato por horas puede terminar fragmentando empleos que hoy permiten sostener una familia. Donde antes existía un trabajador con una jornada completa, mañana podrían existir dos o tres personas disputando las mismas horas de trabajo y el mismo ingreso. La estadística podrá mostrar más personas ocupadas, pero muchas de ellas seguirán sin poder construir un proyecto de vida.
Porque el trabajo no solo paga una remuneración. Es el mecanismo que permite acceder a un crédito hipotecario, planificar la educación de los hijos, ahorrar para la jubilación y enfrentar el futuro con cierta tranquilidad. Cuando el ingreso depende de las horas que una empresa decida asignar cada semana, también desaparece esa certeza.
Y cuando desaparece la certeza, la economía tampoco crece. Quien no sabe cuánto ganará el próximo mes consume menos, invierte menos y posterga decisiones. La familia retrasa la compra de una vivienda. El pequeño comerciante vende menos. La empresa invierte menos. Así comienza un círculo que termina debilitando el mercado interno y frenando el desarrollo.
Algunos sostienen que esta modalidad permitirá crear empleo. Tal vez aumente el número de contratos firmados. Pero Chile no necesita más contratos; necesita más trabajo. Son cosas distintas.
El verdadero problema no está en la legislación laboral. Está en la visión económica que inspira esta propuesta. El gobierno del presidente Kast parece convencido de que la competitividad del país se recupera reduciendo el costo del trabajo, flexibilizando las relaciones laborales y trasladando la incertidumbre económica hacia quienes viven de su sueldo.
Esa es una receta conocida. Es la misma lógica neoliberal que durante décadas sostuvo que, si el mercado tenía cada vez más libertad y los trabajadores aceptaban cada vez menos certezas, la prosperidad terminaría llegando para todos. Sin embargo, la experiencia demuestra exactamente lo contrario: los países que lideran el desarrollo no compiten porque pagan menos o porque ofrecen empleos más inestables. Compiten porque invierten más, innovan más, producen más y generan mayor valor agregado.
No resolveremos una crisis de crecimiento cambiando la forma del contrato, la resolveremos cambiando la forma de entender el desarrollo, eso significa acelerar la inversión pública. Cada hospital detenido, cada camino sin construir, cada puente postergado y cada proyecto habitacional paralizado representa cientos de empleos que nunca llegaron.
Es necesario recuperar una verdadera política industrial para Chile. No podemos seguir conformándonos con exportar materias primas mientras importamos bienes con alto valor agregado. Debemos fortalecer la industria forestal, pesquera, manufacturera, alimentaria, tecnológica y la construcción naval, especialmente en regiones como el Biobío, donde el trabajo siempre ha sido sinónimo de producción.
Esto significa entregar incentivos tributarios a las empresas que creen empleo permanente y de calidad, reducir la burocracia que frena la inversión (lo que no se debe confundir con el liberalismo de incumplimiento de normas) fortalecer la capacitación laboral y apoyar decididamente a las pequeñas y medianas empresas, que son las verdaderas generadoras de empleo.
Y si hablamos de flexibilidad, hagámoslo con inteligencia. Promovamos el teletrabajo cuando sea posible, jornadas parciales voluntarias, distribución moderna de horarios y mecanismos que permitan compatibilizar trabajo y familia. Pero nunca haciendo que toda la incertidumbre recaiga sobre el trabajador. Porque una economía sana distribuye oportunidades; no distribuye el riesgo.
Las grandes naciones no crecieron porque encontraron la manera de pagar menos por el trabajo. Crecieron porque encontraron la manera de producir más, innovar más y confiar más en las capacidades de su gente. Chile debe aspirar a eso.
No aceptemos que la única respuesta frente al desempleo sea pedirles a los trabajadores que acepten menos estabilidad. Exijamos una política económica que genere inversión, fortalezca la producción y vuelva a convertir el empleo en el principal motor del desarrollo.
El futuro de un país no se construye sumando horas de trabajo. Se construye multiplicando oportunidades para que cada persona pueda desarrollar su talento, sostener a su familia y mirar el mañana con confianza.
Ese es el país que vale la pena construir. Uno donde el empleo no sea un parche para las estadísticas, sino el motor del crecimiento, de la movilidad social y de la esperanza compartida.
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