En diversos artículos he planteado que lo que sucede en los países en los que ha triunfado la ultraderecha es parte de un plan bien articulado para hacerse del poder total y, en la medida que se les permita, no volver a soltarlo manteniendo una apariencia democrática. Esto, que se quiere reproducir en muchos lugares ya se vivió durante el siglo XX en varios países. Es un plan que contempla la guerra donde gobiernan otras tendencias, con cualquier argumento. Es el predominio de la intolerancia y el irrespeto de los derechos humanos.

Posiciones extremas

Las posiciones más extremas se han ido abriendo paso en todo el mundo, una de cuyas manifestaciones más controvertidas y simbólicas es la del Perú actual. Una de ellas va a ganar, pero tendrá en contra a la otra mitad del país que votó en las elecciones, porque las diferencias entre los votos obtenidos por uno y otro candidato son bajísimas. Y habrá, además, casi un cuarenta por ciento del electorado que no participó en el proceso y que se sentirá con la libertad de ir inclinando la balanza política en los distintos momentos.

Es algo parecido a lo que pasará en Colombia, cuya segunda vuelta electoral es en pocos días. Desde mi punto de vista, cualquiera de los extremos representa la sutil aceptación de una ruptura democrática porque, lisa y llanamente, considera a la otra como indigna de gobernar.

Todo por el poder

Desprecio, faltas de respeto, mentiras y exageraciones (en Chile se le llamó metáfora o hipérbole) que van mostrando una opción de intolerancia por los pensamientos ajenos. Con un voto más, quienes asumen y ejercen el gobierno están dispuestos a imponer esa exiguas mayorías en las decisiones acerca de lo que ellos estiman mejor para el país. Lo que importa es ganar e imponer los criterios propios.

Así lo vemos hoy en Chile, donde la ley miscelánea puede ganar por muy poca diferencia en el Congreso Nacional y las autoridades han dicho que basta con ganar “por un voto”. No se entiende que una ley impuesta así por una mayoría electoral circunstancial pueda sostenerse en el tiempo y ser aceptada por las grandes mayorías del país. Porque ya está claro en el caso chileno que quienes ganaron con un sesenta por ciento de apoyo, a los noventa días ese porcentaje ha caído casi a la mitad, lo que por cierto no les preocupa: ya se hicieron del poder.

Modelo repetido

En estas páginas he planteado que lo que sucede en los países en los que ha triunfado la ultraderecha es parte de un plan bien articulado para hacerse del poder total y, en la medida que se les permita, no volver a soltarlo manteniendo una apariencia democrática.

Esto, que se quiere reproducir en muchos lugares ya se vivió durante el siglo XX en varios países. Es un plan que contempla la guerra donde gobiernan otras tendencias, con cualquier argumento.

Cuando fue la época del nazismo, hubo muchos argumentos, pero el principal era que el poder económico estaba en manos de grupos de judíos y ello socavaba la nacionalidad y fortaleza de los países. Había que exterminar esas redes al precio que fuera. En los países de la órbita comunista, la persecución era contra los agentes del capitalismo y enemigos del socialismo por el solo hecho de proponer reformas democráticas en las dictaduras.

Luego vino el argumento contra las inmigraciones de personas que salían de sus países de origen, ya fuese perseguidos por las dictaduras locales o, en muchos casos, víctimas de otros conflictos bélicos o de la precariedad económica y cultural. Las transnacionales del delito (armas, drogas, tráfico de personas y de órganos, entre otras modalidades) dan argumentos a los que se oponen a las migraciones desde los países más pobres, pues muchas veces se nutren de esas personas para que actúen como ejecutores de muchos de los delitos.

El argumento, los temas y fundamentos invocados puede ir variando, pero la idea de fondo es la misma: lograr controlar el poder total.

La intolerancia

Hace unos días, en un chat de amigos en el que participo, cuya mayoría de integrantes son partidarios entusiastas del actual gobierno de Chile, muchos de ellos hinchas casi fanáticos de Trump y una buena parte que expresa simpatías por el sionismo y por los que gobiernan el Estado de Israel, publicaron las fotos de algunos gobernantes europeos, teniendo en la base la siguiente leyenda: “Cuando estalle la guerra en toda Europa contra los invasores islamitas, no nos olvidaremos de los traidores que los defendían”.

Es decir, en esas mentes la guerra está prevista como un hecho inevitable. Aunque puede que siguiendo el modelo de Pinochet, lleguen a calificar de guerra “interna” cualquier disidencia o en este caso, toda adhesión a una religión que no les gusta (Islam), a los orígenes árabes (semitas, aunque en este caso no le llamarían “antisemitismo”), a los pueblos del norte de África, por lo menos.

No es un condicional (“Si hay guerra”) sino una afirmación categórica, propia de voluntades resueltas de ir por esa vía para exterminar al enemigo. Fue lo que intentaron los serbios en Bosnia y en Kosovo, los sionistas respecto del pueblo palestino, varios países respecto de los kurdos, Turquía en algún momento frente a los armenios. Es lo que llaman “limpieza étnica”.

Los enemigos

Racismo extremo, violencia como sistema, amenazas, intolerancia intelectual, religiosa y política.

Debemos recordar que los árabes, musulmanes mayoritariamente en aquella época, dominaron zonas de Europa durante 800 años, aportando un avance cultural de enormes proporciones, en un marco de tolerancia entre las religiones importantes.

La victoria de Castilla y sus aliados, significó la expulsión de los árabes de religión musulmana y de la religión judía o su conversión forzada y la imposición en el territorio peninsular de una sola religión permitida. Tal fue el auge de la inquisición y la dura persecución que llegó a afectar hasta a algunos religiosos católicos (que llegaron a ser considerados santos después de haber sido reprimidos).

Este odio o desprecio hacia los musulmanes sigue vigente en el ideario de las ultraderechas del mundo, atentando contra los derechos humanos más elementales, en un discurso que se ha generalizado.

Hay otras respuestas

“Cuando estalle la guerra”…es una amenaza, que cada vez tiene más asidero en los pensamientos extremos y puede llevarnos a seguir gastando en armamentos, porque los que pierden podrán algún día ser partidarios de caminos que están más allá de la democracia.

Cada vez se hace más urgente poner atención a voces como la de los dos últimos jefes de la Iglesia Católica, quienes han escrito con entusiasmo respecto de la necesidad de la paz, el respeto por las personas, la búsqueda de la justicia, la especial consideración de los migrantes, a partir de la convicción de que la humanidad está entrando en una nueva era. Muchos de los que se declaran parte de esa religión, que veneran a su pontífice, no siguen sus lineamientos y son parte activa y entusiasta de los modelos que las altas autoridades de su fe consideran opresivos e injustos.

Eso no se entiende con facilidad, salvo que la religión sea solamente un buen argumento para otros fines y que lo que en definitiva les importe no sean los principios que el magisterio eclesiástico proclama como los más relevantes emanados de los evangelios, de la filosofía y de la patrística, sino sus intereses económicos y de poder en el seno de la sociedad. Ellos se sienten llamados a dirigir el mundo y luego a imponer una mirada sobre este mundo que los justifique y lleve al pueblo a ser obediente para quienes son tocados por esa mano de Dios, de un dios tan ajeno al mensaje que da el papado actual.