Otra vez sube la luz.

La Comisión Nacional de Energía confirmó una nueva alza tarifaria que podría llegar a casi un 5% promedio nacional desde julio. La explicación oficial habla de generación eléctrica, transmisión y ajustes técnicos. Para la mayoría de las familias, la traducción es mucho más simple: pagar más.

Porque la gente no vive en fórmulas tarifarias. Vive con la cuenta que llega a fin de mes.

En comunas como Cerrillos eso se siente con fuerza. Mientras algunos discuten porcentajes y componentes del sistema eléctrico, muchas familias vuelven a hacer lo mismo de siempre: sacar cuentas, ajustar gastos y decidir qué puede esperar un mes más.

En Villa México, por ejemplo, una familia trabajadora que hace algunos años pagaba entre $45 mil y $50 mil hoy fácilmente puede enfrentarse a boletas que bordean los $80 mil o más en meses de mayor consumo. Y eso no es una estadística. Es menos margen para remedios, menos tranquilidad para organizar el presupuesto, más preocupación cuando llega el invierno.

En Desco y en Presidente Chile escuchamos la misma conversación: vecinos que trabajan, pagan, cumplen y sienten que cada semestre aparece una nueva explicación para justificar por qué el costo vuelve a caer sobre los mismos.

Y hay algo en todo esto que simplemente no calza. Chile produce más energía renovable que nunca. Hoy, cerca del 72% de la generación eléctrica del Sistema Eléctrico Nacional proviene de energías renovables y más del 68% de la capacidad instalada del país corresponde a estas tecnologías. La energía solar lidera el aporte, seguida por la hidroeléctrica y la eólica.

Entonces la pregunta es legítima: si producimos más energía limpia, ¿por qué las familias siguen pagando cuentas cada vez más caras?

Porque esa contradicción existe.

Chile se llenó de paneles solares, parques eólicos y discursos sobre transición energética. Pero cuando llega la boleta, muchas familias no ven energía limpia. Ven una cuenta más alta.

No tiene sentido. Y por eso esta discusión no puede seguir encerrada entre tecnicismos, informes y explicaciones de escritorio.

Chile necesita revisar y renegociar condiciones tarifarias y contratos energéticos para que la expansión de la energía solar, eólica e hidroeléctrica se traduzca en un beneficio concreto para las personas.

Si el país avanzó hacia una matriz energética más limpia, las familias también tienen derecho a avanzar hacia cuentas más justas. No puede ser que la transición energética termine celebrándose en balances empresariales y seminarios especializados mientras miles de hogares sienten que lo básico se vuelve cada vez más difícil de pagar.

Porque aquí ya no estamos hablando solamente de electricidad. Estamos hablando del costo de vivir en Chile. La comida sube. Los medicamentos suben. La bencina sube. Y la luz vuelve a subir.

Y cuando la electricidad y la movilidad empiezan a sentirse como bienes de lujo para la clase media, los adultos mayores y las familias trabajadoras, el problema dejó de ser técnico. Se volvió político.

Llenar el estanque para ir a trabajar no debería sentirse como una decisión financiera mayor. Prender una estufa en invierno no debería transformarse en un cálculo permanente. Mantener funcionando un refrigerador no debería convertirse en una fuente de ansiedad.

Pero para muchas familias esa ya es la realidad.

Lo dijimos antes y lo reiteramos ahora: Chile necesita transparencia tarifaria, revisión seria de contratos, mayor fiscalización y una política energética que deje de mirar solamente indicadores y empiece a mirar también la vida cotidiana de las personas.

Porque un país moderno no se mide únicamente por cuántos proyectos energéticos inaugura ni por cuántos paneles solares instala. También se mide por algo mucho más simple: si sus familias pueden vivir con un poco menos de angustia cuando llega la cuenta.

Chile no puede acostumbrarse a que la luz y la bencina empiecen a parecer privilegios. Porque un país no entra al desarrollo cuando instala más paneles solares. Entra al desarrollo cuando una familia deja de tener miedo de prender la estufa, andar en auto o encender la luz.