Como el Yin y Yang Estados Unidos y China, aunque representan fuerzas opuestas, mantienen una conexión de complementariedad.
“El mundo observa mientras hacemos historia”, habría dicho el presidente estadounidense, Richard Nixon, al estrechar la mano del primer ministro chino, Zhou Enlai, después de descender del Air Force One, que aterrizó en Beijing 21 de febrero de 1972. Atrás quedaban dos décadas de querellas y enfrentamientos marcados por la Guerra de Corea -donde apoyaron a bandos distintos- mediante un gesto que alteró el (des)equilibrio bipolar, según el recetario de Kissinger. Como se dijo en el momento, sería “la semana que cambió al mundo”.
Nueve viajes de mandatarios estadounidenses a la capital china (y 54 años) después, la sensación de déjà vu se instaló cuando el presidente Trump recibió una bienvenida del vicepresidente chino Han Zheng. Un alto nivel de acogida complementada por cientos de personas portando flores y ondeando banderas de ambos países. Una calculada coreografía que escenificaba la intención de distender el eje clave de las relaciones internacionales contemporáneas: la rivalidad sino-estadounidense.
El jefe del salón oval fue escoltado por algunos de sus más insignes asesores, el secretario de Estado Marco Rubio -antaño detractor chino que más tarde contempló embelesado el cielo del paquidérmico edificio que congrega los congresos del Partido Comunista de ese país-, y el líder del Pentágono, Pete Hegseth.
También estuvo una delegación empresarial de lo más granado de los Tech Bro –la broligarquía de directores ejecutivos y operacionales de colosos tecnológicos con enorme influencia en Washington- capitaneados por Elon Musk (Tesla, SpaceX), Tim Cook (Apple), Kelly Ortberg (Boeing), Jensen Huang (Nvidia) por citar sólo a algunos.
No era para menos, el discurso oficial de Trump era pedir a China se abriera a dichos “talentos” -respondida favorablemente por el gobierno chino-, tal como en la “edad dorada” de fines del siglo XIX lo hicieran los dirigentes estadounidenses al promocionar la política de “puertas abiertas” en China (en tiempos de predominio británico). Hoy, sin embargo, quiere decir que, en una época de atomización globalizadora la interdependencia no cesa en áreas de la tecnología e industria.
Sin embargo, el ceremonial y protocolo desplegado en la caminata inaugural en la Plaza de Tiananmén, la recepción en el Gran Salón del Pueblo, así como la visita del matrimonio Trump al Templo del Cielo y las bilaterales de conclusión en la sede gubernamental de Zhongnanhai, rebasaron las expectativas.
China intentó exorcizar la desconfianza instalada a partir de la creciente rivalidad estratégica, tensiones comerciales y divergencias en la seguridad global con Estados Unidos. Después de todo, la dirigencia china sabe hace miles de años que sus visitantes extranjeros (particularmente aquellos inclinados a la opulencia) les deslumbra y fascina la pompa oriental.
No fueron pocos quienes recordaron la distensión o deshielo entre Estados Unidos y la Unión Soviética en la Guerra Fría a fines de los sesentas, aunque el presidente Xi Jinping empleó el término “convivencia”, que sin duda supera la tolerancia típica de una coexistencia pacífica, apostando por la cooperación y el intercambio. Incluso fue más allá cuando sugirió “ser socios y no rivales, para lograr beneficios mutuos y prosperidad compartida”.
Después de un 2025 en el que la confrontación arancelaría alcanzó el 145% por parte de Washington -ánimo antagonista recién aparcado en el encuentro de Busan de octubre del año pasado-, la cita de estos días apuntó a un eventual giro copernicano desde una interpretación optimista, que se debe matizar con la línea roja subrayada por el mandatario chino: la cuestión de Taiwán.
Su homólogo estadounidense no se refirió públicamente al respecto durante su visita, aunque sí lo hizo tras despegar de China, asegurando que “no se comprometió en ningún sentido”. Actualmente en el estrecho de Formosa opera la VII Flota estadounidense, y Washington había ofrecido vender armas por 14 mil millones de dólares a la isla, un asunto espinoso para Beijing sobre el cual Trump afirmó que pronto decidiría. Para Xi Jinping la reunión fue otra oportunidad directa para medir hasta donde llegaría Estados Unidos en casos de choque entre China y Taiwán, y la respuesta no fue otra que la tradicional ambigüedad estratégica en el tema.
Casi “en reciprocidad”, el anfitrión tampoco se explayó demasiado en el conflicto bélico entre Estados Unidos e Israel con Irán, que daña el abastecimiento chino de petróleo. Sólo el comunicado de Washington anunció coincidencia en la exigencia de libertad de navegación en el Estrecho de Ormuz y la no nuclearización de Irán.
La posición oficial de Beijing, en un tono notoriamente más cauto, fue: “esta guerra, que nunca debió ocurrir, no tiene ninguna necesidad de continuar”, concluyendo: “una vez abierta la puerta del diálogo, no debería volver a cerrarse”.
Sin duda el telón de fondo de la cumbre –Taiwán e Irán- serán cruciales si se quiere edificar la relación estratégica estable y constructiva que aspiró la declaración final conjunta. Mientras, sí parece haberse “desbloqueado” la venta de chips de última generación a empresas chinas, artilugio clave del nuevo campo de competencia: la inteligencia artificial. Así, China seguirá permitiendo la exportación a Estados Unidos de insumos críticos para la revolución tecnológica en curso. De tal manera, como el Yin y Yang Estados Unidos y China, aunque representan fuerzas opuestas, mantienen una conexión de complementariedad.
Si esta fue apenas una pausa de una competencia cerrada o si se reinician las relaciones bajo otra dinámica está por verse. Una cosa si es segura: en el encuentro de los dos colosos económicos, mujeres no figuraron en los equipos negociadores. Como en el Yin Yang los opuestos tienen algo en común. Tampoco hay que olvidar que el próximo visitante a la capital china sería el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin.
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