En Chile la democracia se debilita porque no hay organizaciones sólidas que la sostengan, porque los partidos parecen dejarse morir en el desencanto o las ilusiones, porque el discurso que deviene del modelo impuesto ha sido aceptado. El objetivo es ganar el poder sin importar cómo ni para qué: un candidato que integra una lista que apoya a una candidata presidencial, mientras él apoya a otro candidato

Una democracia restringida

Sin lugar a dudas el diseño de Guzmán y Pinochet para el futuro de Chile ha cumplido su principal propósito: construir una democracia restringida, débil, cupular y que se desacredita con facilidad y rapidez en la conciencia de los ciudadanos.

Tal propósito queda en evidencia en el texto mismo de la Constitución de 1980 que, aunque corregido en 1989 y años después, no ha contribuido a generar la confianza y adhesión popular que se requiere para que la democracia sea validada y respetada.

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El sistema electoral, las limitaciones a la creación y al funcionamiento de las organizaciones de la sociedad civil, las restricciones de representatividad, el aislamiento de los partidos políticos y los intentos reduccionistas de las expresiones ciudadanas, la desprotección de los derechos humanos, son algunas de las cuestiones que demuestran la falta de interés en el fortalecimiento democrático.

¿Otro sistema mejor?

En la práctica, la dramática alternancia de los extremos en los triunfos electorales –con la consiguiente falta de continuidad de las políticas públicas– revela una conducta pendular que deja en evidencia la falta de confianza hacia las personas que conducen la política y, de cierto modo, en las instituciones.

Más de una encuesta ha revelado altos porcentajes que creen que algún otro sistema puede ser mejor que la democracia y existen quienes miran con cierta atracción algunas dictaduras o gobernantes que, como los presidentes de Estados Unidos, Rusia, El Salvador, Cuba, China, Corea del Norte, pueden gobernar mediante decretos.

En alguna época en Chile se recurrió a lo que se llamó Decretos con Fuerza de Ley, mediante el expediente de la delegación de facultades en forma extraordinaria al Presidente de la República para dictar decretos que tenían el valor e imperio de una ley. Hoy existen algunos columnistas y políticos que los añoran.

Gobernar por decreto

Por supuesto que los que fueron partidarios de la dictadura de Pinochet ven en procedimientos no democráticos un deseable camino para la eficacia gubernamental. Es decir, lograr los propósitos del que ejerce el poder ejecutivo sin necesidad de someterlo a discusiones de personas que puedan pensar distinto.

Basta, dirán, con que los expertos opinen sobre cómo aplicar mejor las decisiones políticas tomadas en el interior del poder gubernamental. Algo así como lo que pasa en los municipios con el poder de los alcaldes.

Por eso rehúyen, desacreditan, desprecian o ridiculizan las intervenciones de diputados y senadores que quieren participar en los debates haciendo aportes desde sus propias miradas. Para ellos, especialmente cuando están en el gobierno, como ahora, toda discusión o propuesta distinta tiene por finalidad obstruir la acción del gobierno sin proponer nada a cambio.

En las formas y los estilos, debido a la mediocridad de muchas propuestas y la liviandad de los discursos, puede haber razón de que se trate de maniobras dilatorias, pero en lo global lo que se pretende es buscar acuerdos sobre la base de las miradas distintas, teniendo como objetivo la construcción de una mejor forma de vivir en sociedad.

El peligro de la política en Chile

Seré muy franco: las restricciones políticas jibarizaron a los partidos políticos y la falta de renovación en sus cuadros de poder llevaron a que la política fuera bajando su nivel.

Sin respaldo intelectual, sin ideas potentes, sin reflexión serena, sino sólo centrado en ganar poder y en mantener los espacios de poder de individuos, grupos, máquinas internas o del propio partido, el debate está disminuido, se vive de lemas y consignas, de mentiras y promesas en el aire (llamadas metáforas o hipérboles), de un debate sin peso real, provocando o acelerando cada vez un mayor desencanto con las instituciones democráticas.

De ahí a un modelo dictatorial disfrazado, hay un solo paso.

Ése es el peligro de la política en Chile: la democracia se debilita porque no hay organizaciones sólidas que la sostengan, porque los partidos parecen dejarse morir en el desencanto o las ilusiones, porque el discurso que deviene del modelo impuesto ha sido aceptado y cuando juran respetar la Constitución y las leyes, prefieren apegarse a lo existente y olvidan sus doctrinas, sus ideas, para quedarse en la defensa de intereses de clase, de grupos, individuales.

El caso de un candidato que integra una lista que apoya a una candidata presidencial mientras él apoya a otro candidato, es el ejemplo más claro de esta debilidad, en que lo importante está en ganar no importa cómo ni para qué. Al margen de que luego pierda el fuero y sea formalizado por delitos en perjuicio del Estado que juró defender, lo que no es más que la guinda de la torta.

La verdadera urgencia

Éste es el tema urgente de hoy: cómo fortalecer la democracia para evitar que los que la ven sólo como un instrumento para alcanzar objetivos que no son relevantes para la sociedad puedan seguir controlando el devenir político.

Cuando más del 50% de los encuestados dice rechazar al actual gobierno, está dejando de manifiesto que el 58% de los votantes que le permitió ser elegido fue sólo una aventura electoral, para el votante y para el que fue votado.

Todo esto me hace mirar con temor la continuidad democrática y me obliga a seguir haciendo esfuerzos por construir un gran acuerdo para hacer de Chile una sociedad sólida y profundamente democrática.