Propuestas para una estrategia de contención y resguardo del ecosistema escolar.

La violencia que hoy asedia a nuestras calles es un fenómeno social, no escolar, pero como tal, ha entrado en las aulas. Como país, hemos asistido con dolor a la interrupción de clases por balaceras, a simulacros de niños cuerpo a tierra y a comunidades educativas que viven bajo la sombra del crimen organizado; a lo que se suma la crisis de la salud mental.

Ante este escenario, la respuesta de “Escuelas Protegidas” puede parecer una salida lógica, pero desde la academia y la formación docente debemos advertir: el endurecimiento de penas a menores de edad y el blindaje de los colegios no es la solución.

La estrategia que hoy se plantea pone el foco en la reacción y la sanción. Se habla de perímetros de seguridad, de aumentar castigos y de fortalecer la presencia policial. El Estado debe garantizar la integridad física de quienes habitan la escuela, pero el Estado no puede renunciar al rol formador que tienen las escuelas y el sistema educativo en su conjunto.

La verdadera protección de la escuela no vendrá de un muro más alto, sino de una estrategia centrada en tres pilares que hoy parecen secundarios en la discusión pública: prevención, apoyo y contención.

Primero, la prevención no es policial, es social. La escuela protegida es aquella que está integrada a su barrio, que recupera el tejido social y que ofrece a niños, niñas y jóvenes un proyecto de vida.

Necesitamos que el Estado llegue antes que las armas: con deporte, con artes, con ciencia y con una presencia comunitaria que devuelva los barrios a sus habitantes.

Segundo, el apoyo debe ser estructural para quienes sostienen el sistema. Profesores y directivos están enfrentando una crisis de salud mental sin precedentes. No podemos pedirles que, además de pedagogos —con toda la complejidad que esta tarea conlleva— sean guardias o escudos humanos.

El apoyo real está en robustecer las duplas psicosociales, la dotación de orientadores y garantizar que cada escuela en zona de riesgo cuente con redes con otros servicios públicos, además de un equipo interdisciplinario permanente que no solo reaccione a la crisis, sino que trabaje en la convivencia diaria.

Tercero, la contención emocional es la única forma de sanar el trauma. Un niño que se debe tirar al suelo para evitar una bala loca no puede volver a estudiar matemáticas cinco minutos después como si nada hubiera pasado.

Es urgente discutir cómo ofrecer programas de reparación emocional a largo plazo para comunidades traumatizadas, y no solo cómo facilitar la suspensión de clases.

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Desde la UMCE, con nuestra valiosa historia del “Pedagógico de Chile”, reafirmamos que la educación es la herramienta más poderosa de transformación social. Pero para que esa herramienta funcione, la escuela debe seguir siendo un territorio de paz y de derechos. Blindar las paredes sin sanar el entorno es solo una ilusión de seguridad.

Necesitamos que la política comience a mirar a las escuelas a través de los ojos, los conocimientos y la experiencia de la pedagogía. Protejamos la escuela, pero hagámoslo devolviéndole su carácter de refugio, de comunidad, de transformación y de esperanza.