Muy pocas veces el foco está puesto en discutir sus propias acciones para mejorar la productividad, aumentar la innovación, diversificar la matriz productiva o elevar la sofisticación tecnológica del país.
Mucho se habla, y en buena hora, de la crisis institucional de la política chilena. Se cuestiona la desconexión en la discusión, el cortoplacismo del debate público y la incapacidad de construir acuerdos. Todo ello merece discusión. Pero hay una pregunta que rara vez aparece en la conversación: ¿Por qué casi nunca sometemos al mismo escrutinio a la élite empresarial chilena?
En la conversación pública se asume que los problemas de crecimiento, productividad o innovación son consecuencia casi exclusiva de malas políticas públicas. Sin embargo, pocas veces se examina cuánto tiene que ver también la calidad de quienes han conducido buena parte de la economía chilena durante décadas.
Porque si algo caracteriza a una parte importante de nuestra dirigencia empresarial es la escasa autocrítica. Condenan el déficit fiscal como una amenaza existencial para el país, mientras existe mucha menos indignación frente a las extendidas prácticas de evasión y elusión tributaria que privan al Estado de recursos relevantes. Se denuncia el “pituto” en el sector público, pero se guarda silencio frente a redes empresariales donde demasiadas veces el acceso a posiciones de poder depende más del apellido o de los vínculos personales que del mérito.
Exigen mano dura contra la delincuencia común, mientras hacen la vista gorda respecto a la colusión y los delitos económicos que dañan severamente la confianza. Adoptan una posición punitivista cuando hablamos de delitos que son mayoritariamente cometidos por los más pobres, mientras son los más garantistas en la discusión sobre las atribuciones fiscalizadoras del SII y el Sernac o del tratamiento de delitos empresariales.
El arraigado discurso meritocrático contrasta con una élite económica profundamente endogámica. Una élite homogénea social y culturalmente, con escasa diversidad de trayectorias y miradas, y por lo mismo también con poco espacio para el pensamiento crítico y la renovación interna.
No es casualidad que buena parte de nuestras grandes empresas sigan estando controladas por los mismos grupos económicos de hace décadas, ni que muchas veces sus liderazgos recaigan en segundas o terceras generaciones familiares cuyo principal valor no necesariamente ha sido el talento ni el mérito.
Cuando uno escucha las intervenciones públicas de los principales dirigentes de gremios empresariales, resulta llamativo que casi todas ellas apuntan a lo mismo: bajar impuestos, flexibilizar normas laborales, reducir estándares regulatorios o debilitar sistemas de permisos. Muy pocas veces el foco está puesto en discutir sus propias acciones para mejorar la productividad, aumentar la innovación, diversificar la matriz productiva o elevar la sofisticación tecnológica del país. Como si el crecimiento dependiera únicamente de que el Estado retroceda y no también de la capacidad empresarial de modernizarse y competir.
Tras el estallido social pareció abrirse, por un momento, una reflexión más profunda sobre el rol social del empresariado chileno. Hubo diagnósticos sobre desigualdad, abusos y desconexión con la sociedad. Pero apenas pasó la crisis, gran parte de esa autocrítica fue archivada y reemplazada nuevamente por la comodidad de responsabilizar casi exclusivamente a la política de todos los problemas nacionales.
Existe, además, una idea muy instalada: que el mercado castiga naturalmente a las empresas mal gestionadas y por consecuencia, a quienes las gestionan. Pero eso supone niveles de competencia que muchas veces no existen. La alta concentración de la riqueza y los mercados, las barreras de entrada y la acumulación histórica de poder permiten que ciertos niveles de mediocridad sobrevivan mucho más tiempo del que cualquier teoría económica admitiría.
Como toda generalización, la crítica planteada en estas líneas puede no hacer justicia a muchas personas del mundo empresarial que sí intentan ejercer liderazgos modernos, responsables y comprometidos con el desarrollo del país. Pero precisamente por eso, también debiera entenderse como una invitación a que esas voces tengan un rol más activo en disputar las prácticas y culturas que durante demasiado tiempo se han normalizado en parte de la élite económica. Porque mientras aquello no ocurra, la desconfianza hacia el empresariado seguirá creciendo y Chile continuará desaprovechando parte importante de sus capacidades para desarrollarse.
Chile necesita crecimiento, inversión y dinamismo económico. Pero para eso también necesita una élite empresarial moderna, abierta y dispuesta a mirarse críticamente a sí misma. Porque el problema de nuestro estancamiento en buena parte viene de un empresariado incapaz de reinventarse, que se durmió en los laureles de las altas rentabilidades que obtienen en un país de ingreso medio, primario exportador y con mercados concentrados que no los someten a la exigencia de una real competencia.
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