No basta con defender ideas desde Santiago o desde espacios institucionales. Debemos volver al territorio, fortalecer el trabajo comunitario y reconectar con las necesidades reales de las personas.
La reciente reunión de la Internacional Socialista de América Latina y el Caribe, realizada en Chile, dejó una reflexión urgente: las fuerzas democráticas no podemos seguir observando desde la distancia cómo avanza la ultraderecha en distintos países del mundo, mientras la ciudadanía siente que la política ya no escucha ni resuelve sus problemas.
Tuve el honor de participar en representación del Partido Radical de Chile, junto a dirigentes del Partido por la Democracia y el Partido Socialista de Chile. En ese espacio compartimos diagnósticos comunes sobre el debilitamiento de las democracias, el avance de los discursos extremos y el peligro que representa la desinformación para nuestras instituciones.
Pero más allá de las discusiones internacionales, hay algo que tengo absolutamente claro: la política tiene que volver a pisar la calle.
Hace pocos días, conversando con vecinos y vecinas de Villa Fantuzzi, en la comuna de Cerrillos, durante la entrega de un importante proyecto de cámaras de seguridad, escuché una frase que resume el momento que estamos viviendo: “La gente siente que muchas veces está sola frente a sus problemas”.
Y esa sensación no puede seguir creciendo.
Porque cuando una vecina tiene miedo de salir de noche, cuando un adulto mayor siente inseguridad en su barrio o cuando una familia vive con incertidumbre económica, la política no puede responder únicamente con discursos o peleas ideológicas por televisión y redes sociales.
La ciudadanía quiere soluciones concretas, cercanía y presencia real.
Ahí está una de las principales lecciones que deja este encuentro internacional. No basta con defender ideas desde Santiago o desde espacios institucionales. Debemos volver al territorio, fortalecer el trabajo comunitario y reconectar con las necesidades reales de las personas.
También debemos reconocer algo con honestidad: durante demasiado tiempo, la política democrática se fue alejando de la vida cotidiana de la ciudadanía. Y cuando la política se desconecta de las personas, aparecen los populismos ofreciendo soluciones fáciles a problemas complejos.
Por eso hoy más que nunca necesitamos volver a las bases. Más trabajo territorial. Más formación política para los jóvenes. Más presencia en las poblaciones, en las regiones y en las organizaciones sociales.
Porque la democracia no se hereda; se construye todos los días.
En este escenario también debemos enfrentar con decisión lo que denomino la teoría de las “3P”: polarización extrema, populismo y post verdad.
La polarización destruye el diálogo. El populismo debilita las instituciones. Y la post verdad transforma la mentira en una herramienta política permanente. Las tres están dañando seriamente las democracias del mundo, y Chile no está inmune.
Por eso el desafío no es solamente electoral. Es social, cultural y profundamente humano. Necesitamos recuperar la confianza de la ciudadanía y volver a construir comunidad.
Porque la política no puede vivir encerrada entre cuatro paredes mientras las familias enfrentan solas la inseguridad, el abandono y la incertidumbre.
La democracia no se perderá de un día para otro. Se perderá el día en que la política deje definitivamente de escuchar a su pueblo. Y si las fuerzas democráticas abandonamos los territorios, otros ocuparán ese espacio con odio, mentira y división.
Por eso tengo una convicción clara: la política vale solamente cuando vuelve a mirar a las personas a los ojos y se atreve a caminar junto a ellas, no delante ni desde lejos.
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