Esta columna es un tributo a esa posta generacional que no se detiene, a la familia de estos héroes del lema orden y patria, a sus padres, esposas, hijos, abuelos y amigos.

Escribo estas líneas no solo desde la frialdad de quien ocupó el mando institucional, sino desde la profundidad de una vida entera ligada al uniforme. Soy General Director en retiro, pero antes que eso fui el hijo de un carabinero y hoy soy el padre de uno. En mi mesa, el café siempre tuvo aroma a servicio, y en mi hogar, el uniforme colgado en el closet fue siempre el símbolo de un compromiso sagrado con la Patria.

Mi historia es la de miles de chilenos. Crecí viendo a mi padre salir al servicio con la convicción de que su esfuerzo hacía de Chile un lugar mejor. Esa misma mística es la que vi en los ojos de mi hijo cuando decidió abrazar esta profesión, sabiendo que el camino es difícil, a menudo incomprendido, pero profundamente noble.

Esta columna es un tributo a esa posta generacional que no se detiene, a la familia de estos héroes del lema orden y patria, a sus padres, esposas, hijos, abuelos y amigos.

Mi reconocimiento eterno a quienes forjaron los cimientos de esta institución casi centenaria. Aquellos que, con menos recursos tecnológicos, pero con una voluntad de hierro, patrullaron las fronteras y las poblaciones cuando el país era otro. Ellos nos enseñaron que el honor no se negocia y que la disciplina es nuestra columna vertebral.

A los carabineros que hoy están en la calle: su labor es el sostén de nuestra democracia. Me tocó liderar en tiempos complejos y sé que la exigencia actual no tiene precedentes. Mi gratitud es para ustedes, que enfrentan la incertidumbre con valentía, modernizándose y adaptándose para proteger a cada ciudadano, sin importar el costo personal.

A los jóvenes que visten hoy el uniforme verde esperanza o aspiran a hacerlo: ustedes son la renovación. Son los encargados de llevar a Carabineros hacia su centenario con una vocación inquebrantable, integrando la tecnología y los derechos humanos como herramientas fundamentales para la paz y cohesión social.

No se puede hablar de gratitud sin detenerse ante el altar de la patria. En cada aniversario, los nombres de nuestros mártires resuenan con más fuerza. A aquellos que entregaron su vida en el cumplimiento del deber, les debemos la existencia misma de nuestra institución.

Su sacrificio no es solo una cifra en un memorial; es el recordatorio doloroso y heroico de que el carabinero está dispuesto a ofrecer lo más preciado por un desconocido. Como General, me tocó el honor y el dolor de despedir a valientes; como padre, rezo para que ningún carabinero falte en su hogar. A sus familias y seres queridos, nuestra gratitud eterna: su dolor es el dolor de todo Chile.

Un reconocimiento especial a nuestros amigos Alguaciles, personas invisibles que con un profundo sentimiento de empatía y valores patrios decidieron estar siempre, en las buenas y en las malas junto a sus Carabineros, mi gratitud por lo que hacen por la institución.

Finalmente les digo que ser carabinero es una forma de ser persona. Es una cadena de afectos y deberes que une nuestro pasado, presente y el futuro de la familia institucional. A todos quienes han portado, portan y portarán las carabinas cruzadas: gracias por su entrega. Chile descansa en su compromiso con los máximos valores del ser humano…rendir la vida por los demás en el cumplimiento del deber. Por lo mismo hay que cuidar a quienes nos cuidan.